“Her” y el imperio de las máquinas

blogeditor · 23 de enero de 2014

“Her” y el imperio de las máquinas

Mi hijo Alejandro está por cumplir un año de edad. Como muchos niños, tiene un pequeño baúl lleno de juguetes. Ahí, Alejandro y su hermano Santiago guardan animales de peluche, rompecabezas, cubos para comenzar a reconocer formas, un pequeño xilófono. A regañadientes, su hermano mayor ha sumado a la colección uno que otro avión. En suma, Alejandro tiene de todo. Aun así, su atención está casi siempre puesta en otra cosa. Vive hipnotizado por el teléfono celular. Cuando lo ve en manos de sus padres o tirado en la alfombra, gatea hacia él, lo toma y lo mira fascinado. Sabe apretar el botón central y espera con ansia el sonido de la voz de Siri, ese primer experimento de inteligencia artificial que es parte del sistema operativo de Apple. Cuando Siri contesta, Alejandro sonríe y, a su manera y desde su edad, le responde también: un “bah” por acá, un “meh” por allá. Es innegable: mi hijo de un año tiene un apego casi romántico a un pedazo de metal, video y circuitos que, a su manera, interactúa con él.

No pude dejar de pensar en Alejandro cuando vi la nueva película de Spike Jonze: Her. Comienzo diciéndole al lector que Her es, por mucho, la mejor película que he visto entre el 2013 y el 2014. Ninguna cinta me reveló más sobre la condición humana moderna ni me ofreció lecturas tan diversas: desde la ternura hasta la soledad y, sobre todo, un retrato magistral de esa amenaza pasiva pero terrible que representa, desde los tiempos de Asimov, la inteligencia artificial.

[contextly_sidebar id=”7363ed9b0031f12776c21e18813dc3ed”]Her cuenta la historia de Theodore, un tipo solitario que vive en un futuro cercano. Parte de la magia de la película radica en el origen de la soledad de Theodore. En parte, el personaje, interpretado por Joaquín Phoenix, está solo por sus propias carencias, todas eminentemente humanas. Deprimido tras perder a la mujer de su vida, parece egoísta, frío, inconforme pero no ambicioso. Pero la soledad del personaje tiene también otro origen: Theodore está solo porque todo mundo está solo en el mundo que Jonze lleva a la pantalla, un mundo no tan distante del nuestro. Jonze tiene la inteligencia suficiente como para modificar solo levemente nuestra propia realidad, exacerbando los vicios que hoy nos pasan desapercibidos, cuando deberían ser alarmantes. Los personajes en Her se involucran no con el prójimo sino con sus celulares, computadoras, juegos de vídeo. Se les ve riendo, paseando y platicando con una maquinita que llevan al oído conectada a otra máquina que cargan en el bolsillo. Su interacción humana no es con otro ser humano: es con un sistema operativo, con una serie binaria de números. En el fondo, su interacción -es decir, su vida- es con la nada. Y así está Theodore: solo porque no puede relacionarse sanamente con alguien, pero también porque se ha creído el cuento de que estar acompañado por la nada es de verdad estar acompañado.

Nada de esto debería sorprendernos, claro. Nosotros mismos somos ya una versión de esa especie ligada íntimamente con el éter a través de una tecnología que simula humanidad. Pero el ingenio de Spike Jonze es llevar la premisa al extremo. Así, Theodore comienza –no hay otra manera de explicarlo– una relación amorosa con su teléfono celular. Contrata un sistema operativo que se anuncia como intuitivo y comienza poco a poco a relacionarse con la “mujer” que está del otro lado (lo que quiera que sea ese “lado”). No tarda en enamorarse. Y tiene toda la razón. Después de todo, el sistema operativo está diseñado para responder siempre servicial, atender las necesidades humanas: profesionales, espirituales, afectivas, sexuales. Pero, sobre todo, el sistema operativo está diseñado para aprender.

Y es aquí donde la película da un giro a la vez extraordinario y espeluznante. Poco a poco, la máquina empieza a ver a su dueño como un experimento. Lo que comienza como una relación de servicio humano-máquina termina convirtiéndose exactamente en lo contrario. Al final, Theodore termina enseñándole a su sistema operativo a comportarse como lo haría un ser humano en el “amor”. Suena tierno y romántico, pero no lo es. El momento en el que Theodore se da cuenta de que la computadora, con todo y su angelical voz, lo ha usado, es absolutamente memorable. No creo exagerar si lo comparo, como retrato cinematográfico de sometimiento y esclavitud, con filmes magistrales como “El Ángel Azul”. Pero la escena es memorable también porque hace eco de una de las premisas científicas más apasionantes de los últimos tiempos. La idea de que las máquinas -la inteligencia artificial, para ser más preciso- se acercan paso a paso, para algunos de manera inexorable, a lo que John von Neumann llamó “la singularidad”: la híper inteligencia de las máquinas que da pie, de manera quizá inevitable, a su toma de conciencia plena. Una de las consecuencias posibles de la singularidad es que las máquinas comiencen a ver al ser humano como un objeto, como un experimento, como una base de datos de la cual nutrirse para luego desechar. Her retrata ese instante como ninguna otra película que yo recuerde. El lector llegará al final de la cinta conmovido pero también potencialmente aterrado: la escena final es, desde mi lectura de aficionado irredento a la ciencia ficción, el principio del fin de la humanidad.

Así de claro.

Y mientras tanto, Alejandro sigue jugando con el celular…