blogeditor · 23 de abril de 2013
Por: José Luis Pozos (@JOSELPOZOS)
El ser humano es dicotómico. Como especie, tendemos a reducir el mundo a elementos básicos, simples y manejables; usualmente lo dividimos en dos: en lo bueno y lo malo. Esta necesidad de economía cognitiva se refleja tanto en la vida cotidiana como en la opinión pública.
En el plano político, un personaje que nos permite observar esta economía dicotómica es Hugo Chávez. Un estudio cuantitativo encontró que el 40% de los mexicanos veían al ex presidente venezolano con buenos ojos, mientras que un 38% tenía una muy mala/mala percepción de él —el restante 21% no expresó opinión al respecto—. Estos datos, reportados por Parametría, concuerdan con los estudios cualitativos sobre opinión política que constantemente llevamos a cabo en LEXIA.
En nuestros análisis observamos que el ex mandatario constantemente se movía entre lo lógico y lo ilógico. De aquí surge un primer insight: Chávez, a través de sus métodos disruptivos de comunicación política generaba disonancia. Por un lado, estaba el Chávez nacionalista que ponía en primer plano a los pobres; por el otro, estaba el presidente poco ortodoxo en el discurso y en la práctica. Había un Chávez divinizado y uno satanizado. Lo paradójico de su comunicación dejaba al público en una disyuntiva constante. Al final, entre “si eran peras o manzanas”, la mayoría decidió creer en Chávez y, para librar la disonancia, tanto seguidores como detractores radicalizaron su posición.
Nicolás Maduro es consciente de ello, fue así que ni tardo ni perezoso utilizó, de manera poco creíble, el mismo modo de comunicación que su antecesor. La simpleza de la metáfora del pajarito apenas le alcanzó para ganar. Apostó por la emoción que el recuerdo revive. Maduro intentó resucitar a Chávez de una manera burda y rudimentaria y remarcó la línea divisoria entre la certeza de lo que fue un país con Chávez y la incertidumbre sobre lo que será Venezuela con Maduro.
Lo anterior se refleja en la diferencia entre los votos obtenidos por el ganador y perdedor en los comicios de diciembre de 2012 y los de abril de este año. En diciembre, Chávez derrotó a Capriles por una diferencia de 10 puntos porcentuales. Hace unos días, Maduro superó al mismo contrincante con apenas medio punto. De aquí surge otro insight: Capriles no contendió contra Maduro, su lucha fue nuevamente contra Chávez, sólo que esta vez en un plano metafísico. Henrique Capriles compitió contra el fantasma de Hugo Chávez. El nuevamente perdedor no pudo en esta segunda oportunidad capitalizar de manera efectiva el enorme rechazo que existe hacia Chávez y su modelo político. Como dicen los clásicos: “más vale malo por conocido, que bueno por conocer”.
A partir de los dos insights anteriores, ¿cómo entendemos que un sistema tan contrastante no haya generado el rechazo suficiente en el pueblo venezolano como para darle la victoria a Capriles? La explicación plausible se da a partir de la misma resolución de la disonancia. Si tomamos partido cuando nos encontramos en una encrucijada, esta decisión es muy difícil de cambiar debido a que psicológicamente se enraíza y se hace propia del individuo, ya que éste le da atribuciones personales —de ahí la radicalización—. Por ello, si cambiamos la decisión tomada (aceptar y luego rechazar o rechazar y luego aceptar), ello implicaría reconocer que cometimos un error de apreciación, y el reconocimiento del error no suma a nuestro equilibrio psíquico y nuestra autovaloración. Es así que el pueblo venezolano, con la figura de Maduro, encontró el inclusive para seguir sobre la línea chavista, porque si no lo hicieran así ¿cómo justificarían 14 años de un gobierno que no gustaba? Recordando la transición en el caso de México, la segunda oportunidad que se le brindó al PAN en la figura de Calderón y el miedo sembrado a Andrés Manuel López Obrador, sería un símil.
Para finalizar, como un último insight, el reto para Maduro no está en igualar a Chávez. La cerradísima contienda lo demuestra. El reto para Maduro se encuentra en aceptar que él no es Chávez, que no puede recurrir a su fantasma y que no puede compararse con él. Chávez fue, es y será Chávez. Si Nicolás quiere silbar con voz propia, tiene que dejar a los muertos con los muertos. En este sentido, Maduro tiene que madurar y entender que si quiere formar un vínculo con Venezuela, tendrá que hacerlo bajo nuevas estrategias de comunicación que no evidencien su falta de carisma. Debe comprender que ya no conduce un autobús; conduce los sueños, aspiraciones y anhelos de un país con fuertes problemas económicos, con desigualdades bajo la alfombra, con un gran fantasma que vuela en forma de pajarito y con una sociedad que seguramente no aceptará tan fácilmente la dicotomía bueno-malo—aunque al final la utilizará para aceptarlo o rechazarlo—. La sociedad venezolana evaluará además los datos duros y fríos: la realidad social inmediata y perceptible. ¿Seremos testigos lejanos de un cambio en Venezuela o veremos la continuidad fantasmal de Chávez? A la distancia, me inclino por lo primero. ¿Y tú?
* José Luis Pozos Gutiérrez es Doctor en Psicología por la UNAM, gusta del ejercicio, la emoción y la vida, como todos. Corre por las mañanas con el Chato, su fiel perro Boxer. Trabaja en LEXIA Insigths Solutions como ¿Estratega/Insighter?