¿Y cómo nos vamos a cuidar?

Claudia Ramos · 1 de marzo de 2026

“Las celebraciones familiares nunca volverán a ser como antes. Mi padre ha conseguido dividir a la familia. Ha dañado lo que más quiero: nosotros. El equilibrio del clan, mis raíces”, escribe en una entrada de un diario Caroline Darian. Un diario del horror, se podría decir.

Darian no se apellida así, las circunstancias que han sucedido en torno a su vida la llevaron a cambiar el suyo. El nuevo es una mezcla de los nombres de sus hermanos David y Florian. También ha cambiado uno de los nombres de su único hijo, además de vivir episodios de pánico y ansiedad que han requerido acompañamiento médico y judicial.

El personaje al que responsabiliza de la división de su familia no es el padre golpeador o el villano de fórmula que hemos normalizado encontrar en crónicas periodísticas o melodramas de alto consumo en plataformas. No es el alcohólico o el caso mítico de quien salió de casa para nunca volver. El padre en cuestión es un “hombre de familia”, abuelo y esposo comprometido que escribe hermosos votos para celebrar el aniversario nupcial, un hombre que en 2024 se convirtió en uno de los protagonistas de acaso, el juicio más controversial de -esperemos- esta década: Dominique Pelicot.

Pelicot junto a más de 50 individuos fue acusado de haber violado a una misma mujer: su esposa. Se cree que fue durante un periodo de aproximadamente nueve años y que los responsables son más de 70 hombres.

El diario del que escribo es “Y dejé de llamarte papá” (Planeta, 2025) de Caroline Darian. No quería leerlo. Pensé que con todo lo que hemos sabido hasta el momento en que me crucé con él era más que suficiente. Que el caso Pélicot pasará a la historia. Que el reconocimiento como una de las mujeres del año por la revista TIME implicaba que la reflexión se había extendido y que, de menos, teníamos claro que la vergüenza ahora comienza a quedar en otro lugar. “La vergüenza debe cambiar de bando”, dijo la histórica Gisèle Pélicot, y con ello nos dio una lección al mundo entero.

Pero el libro volvía a cruzarse en mi camino. En las mesas de novedades o con las actualizaciones y comentarios con respecto al caso en diferentes pláticas o en medios de comunicación. Finalmente en un envío por parte de la editorial (gracias, MP). El relato en voz de Caroline Darian es en efecto un golpe directo al estómago. Nadie que sienta amor por su madre puede leer esto y salir libre de un malestar. Habiendo escrito esto, me aventuro: esta es una recomendación. Hay que leerlo. Hay que hablarlo. Hay que compartirlo. Hay que pensarlo más allá de escándalo y del morbo. Más allá de las portadas por necesarias que sean éstas.

Entre las muchas razones que se vienen a la mente mientras leo esta confesión de Caroline Darian, no deja de sonar la idea del cuidado que brindamos a las personas que son víctimas de abuso. Y es que la conversación sobre los cuidados está más presente que nunca desde hace unos años y, sin embargo, el desafío es inmenso, como demuestra un libro como “Y dejé de llamarte papá”.

¿Cómo nos vamos a cuidar? Me lo pregunto con todas las letras que puedo, luego de conocer un relato escrito desde ese constructo que conocemos como “país desarrollado” por la integrante de una “familia promedio”. ¿Cómo la acompañaron? ¿Cómo se le acompañará? ¿Cuáles son las obligaciones y posibilidades de acompañamiento desde el Estado, la sociedad y nosotros mismos y mismas hacia cualquier persona víctima de una situación dentro de la escala de la violencia?

Pienso en mi país y en todos esos casos que nos han aturdido en los últimos años, acaso porque son los que puedo recordar. En Debanhi Escobar o en Lesvy Berlín Osorio. ¿Quién acompañó a sus madres? ¿Cómo fueron tratadas sus amigas cercanas, sus primas, las mujeres con las que tenían confidencias diarias, con las que tejían el inicio de sus vidas? ¿Lo pensamos siquiera? ¿Alguna vez lo preguntamos?

Pienso en mujeres como Mariel Albarran y su lucha frontal por sus hijas, para que algún día haya justicia para ellas. ¿Quién la acompaña? ¿Cómo se le ayuda para reconstruir una vida destruida por la violencia sexual intrafamiliar? Pienso en Ceci Flores y todas las madres buscadoras. ¿Cómo las tomamos de la mano si ni siquiera son escuchadas por el Estado? Pienso en las mujeres olvidadas en los reclusorios femeniles. ¿Cómo se les contiene?

Las preguntas son muchas y es la sociedad entera la que requiere de cuidados, de empatía real que pueda aspirar a generar paz, a volver a brindar espacios seguros. Todxs estamos ahí porque la violencia es una realidad de la que no escapa ni la presidenta misma. Las preguntas son muchas, pero una me queda a partir de este libro: ¿Qué haremos ahora que Gisele Pelicot dijo que la responsabilidad debe de cambiar de bando para repartirnos la posibilidad de ser quien acompañe y así acompañarnos?