Redacción Animal Político · 18 de enero de 2023
Posiblemente, cuando el profesor insistía con demasiado énfasis sobre la inferioridad de las mujeres, no era la inferioridad de éstas lo que le preocupaba, sino su propia superioridad.
Virginia Woolf, La habitación propia
Hace algunos días, escuchando el episodio “Mujeres científicas. Ciencia y epistemología feminista”, de un podcast de Filosofía de las Ciencias llamado “Inaplicables”, tuve un primer acercamiento al documental Picture a Scientist (Mujeres en la ciencia). En este escrito me gustaría abordar algunos elementos importantes tanto del podcast como del documental, con los que me identifiqué claramente. Sobre todo, me gustaría preguntarles a algunas de mis colegas: ¿qué te costó a ti llegar a ser científica?
De forma general, el documental narra las historias de tres destacadas investigadoras estadounidenses en momentos diferentes de sus carreras: la bióloga Nancy Hopkins, la química Raychelle Burks y la geóloga Jane Willenbring. A través de sus testimonios se muestran las vicisitudes a las que se han enfrentado: diferentes formas de abusos, hostigamientos, violencias y desigualdades a lo largo de su trayecto y consolidación profesional, sin dejar de lado el acoso sexual de Francis Crick a Nancy Hopkins.
Si bien todas comparten el hecho de ser mujeres y científicas, cada una de ellas sufre desigualdades diferentes, de acuerdo con su momento histórico, su condición racial y el estado de vulnerabilidad propia de su quehacer científico. No obstante, otras categorías sociales, como estado civil, raza, maternidad, etnicidad, clase, religión, culturalidad, espiritualidad o discapacidad, no son abordadas en este documental, y también se intersecan e impactan en las experiencias, estructuras de poder, privilegios y opresiones. La ciencia, como cualquier otra forma de conocimiento, y al ser una institución heteropatrialcal falogocéntrica, adolece de diferencias y sesgos de género, lo cual genera desigualdad e inequidad, afectando principalmente a las mujeres. En el podcast arriba mencionado, Isabel Gamero explica que no existe ninguna institución académica y científica en el planeta donde haya igualdad de género, sobre todo en cuanto a representación, pues siempre hay más hombres que mujeres ocupando puestos científicos, y, paralelamente, en los puestos más altos hay más hombres que mujeres. Lo anterior sugiere que a las mujeres nos cuesta más trabajo generar publicaciones, ser reconocidas como pioneras del conocimiento o volvernos referentes en nuestras áreas.
Este fenómeno, conocido en su denominación sociológica como el “efecto Mateo”, explica por qué los que más tienen son los que más puntos logran, los que consiguen mejor currículo y, finalmente, los que tienen más posibilidades de consolidarse en la investigación y la ciencia. Así, el éxito y el reconocimiento quedan reservados siempre a la misma minoría privilegiada. La epistemología feminista llama al mismo fenómeno “techos de cristal” para referirse a las normas no escritas (de orden moral) que dificultan a las mujeres tener acceso a los puestos de alta dirección o avanzar en la escala laboral: es una metáfora para visibilizar el “tope” que tenemos las mujeres para poder realizarnos en la vida pública, fundamentado en los estereotipos de género. Estos efectos ocasionan que la mitad de la población, las mujeres, no tengamos acceso a ciertas realidades, y que muchas de nosotras tengamos que realizar trabajo de alta especialidad por un menor salario, con categorías menores o en puestos no reconocidos, mientras que otras deben renunciar al sueño de ser investigadoras o científicas.
Los testimonios de las científicas en Mujeres en la ciencia podrían parecer aislados e individuales, pero no es así, pues reflejan las diferentes formas de violencia sistematizada, que van desde las más sutiles hasta las físicas, afectando la dignidad de las mujeres (sobre todo en el caso del acoso sexual) y terminando en discriminación y violación de derechos. En primera persona, podría dar testimonio de que, en nuestro país, todas estas formas de violencia e inequidad de género existen. Muchas mujeres que opositan para obtener becas son rechazadas, compitiendo contra hombres que han gozado de muchos privilegios y tienen una trayectoria curricular prolífica. En innumerables ocasiones nos niegan posibilidades para hacer posdoctorados, ya sea por ser mujeres, por ser madres, trabajadoras o esposas, o por carecer de experiencia en las áreas de mayor actualidad, revictimizándonos y condenándonos a no desarrollarnos en el ámbito científico. Esto redunda en un tope económico y de reconocimiento.
También considero que muchas profesionales de la salud de mi gremio, químicas o biólogas dedicadas al ámbito del diagnóstico clínico, vivimos diferentes formas de opresión y violencia. No sólo las relacionadas con nuestro género, sino también la invisivilización y desvalorización de nuestro trabajo por la jerarquía y falsa superioridad del gremio médico. Tal como el testimonio de la bióloga Nancy Hopkins lo externa, “no me veían ni reconocían como científica, pues era tratada como técnica altamente calificada”. Muchos de los resultados obtenidos con nuestro trabajo son expuestos en congresos, foros o artículos sin que se reconozca nuestra autoría; también esto se debe a que el sistema de salud y el gremio médico son entidades altamente jerarquizadas y patriarcales, y se nos confina al laboratorio así como en la esfera de lo político y lo social a las mujeres se las ha confinado a la cocina, desdibujando de la misma forma la importancia y el valor de nuestras aportaciones; en este caso, aportaciones científicas.
Sin duda, todas estas experiencias biográficas muestran que la construcción del conocimiento científico también está relacionada con las experiencias de los agentes generadores de los mismos. A todas nos ha costado sufrimiento, dolor, humillaciones, discriminaciones y hasta vejaciones llegar a ser lo que somos. Sin embargo, rescato tanto del podcast como del documental la idea de levantar la voz, visibilizar estos problemas y fomentar cambios, pues las mujeres que allí aparecen, además de científicas reconocidas, se volvieron activistas y pioneras de movimientos sociales para fomentar la igualdad y la equidad en la ciencia. Por lo tanto, esa deberá ser nuestra tarea.
* Wendy B. Pérez-Báez es química bacterióloga parasitóloga graduada con mención honorífica por el Instituto Politécnico Nacional (IPN), maestra en Ciencias Bioquímicas por la UNAM y doctora en Ciencias Químico-biológicas por el IPN. Adscrita al laboratorio de Patología Molecular del Departamento de Patología del Instituto Nacional de Cancerología. Es estudiante de Doctorado en Humanidades en Salud (Bioética) en el Posgrado en Ciencias Médicas, Odontológicas y de la Salud de la UNAM.
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