Redacción Animal Político · 22 de mayo de 2025
Los mataron en la mañana. Con saña y con estilo. No a cualquiera. A dos personas que estaban pegadas al hueso del poder. A Ximena Guzmán y a José Muñoz, parte del círculo íntimo de Clara Brugada. Pero el tiro —vamos entendiendo— no era contra ellos. Era para que todos viéramos.
Para que Claudia viera.
Un tipo con casco de motociclista, chamarra blanca, diez tiros bien puestos, y fuga con coreografía. Una moto negra. Un coche azul. Una camioneta gris. Tres cambios. Ni en “Misión Imposible”. ¿Y me van a decir que fue un crimen pasional, un asalto, un pleito de vecindad? No chinguen.
Esto fue un mensaje envuelto en plomo. Y no es la primera vez. Ya sabemos cómo se mueve el poder en este país. Te matan a un colaborador no para eliminarlo, sino para que sientas el filo en la nuca. Para que sepas que te están mirando. Que pueden.
¿Quién fue? Nadie sabe (y si sabe, se hace pendejo). ¿Quién lo ordenó? Silencio. Pero a estas alturas, que no nos quieran ver la cara. El crimen organizado no mata sin permiso. No se mueve sin cálculo. Y cuando lo hace así, tan pulcro, tan quirúrgico, tan sin error, es porque alguien con corbata dio luz verde.
¿Querían mandar un mensaje a Clara? Tal vez. ¿Querían joder la campaña? Puede ser. ¿Pero de fondo? Querían bajarle dos rayitas al discurso de poder de Sheinbaum. Recordarle que, aunque va arriba en las encuestas, el verdadero control sigue en manos de otros. De los que no salen en la tele. De los que operan desde la sombra.
Y esto pasa en plena Ciudad de México, a plena luz del día. No en Tamaulipas. No en Guerrero. Aquí, donde se supone que el Estado manda. Aquí donde Morena dice que la cosa está bajo control. Pues no. El mensaje es claro: ni aquí están seguros.
Y ojo: no estoy diciendo que la oposición mandó matar a nadie. No es tan simple. Aquí no se trata de partidos. Se trata de poder. De billete. De plazas. De estructuras podridas que se sienten amenazadas por cualquier cabrona que les quiera poner reglas. Y eso es lo que Sheinbaum representa para muchos: la amenaza de un orden que no les conviene.
Mataron a Ximena y a José no solo para callarlos. Los mataron para hacer ruido. Para meter miedo. Para que cuando votes el 1 de junio tengas la duda sembrada. “¿Y si Brugada no puede con la inseguridad?”. “¿Y si a Claudia le tiemblan las piernas?”.
Eso quieren.
Y si nosotros, como sociedad, nos tragamos esa narrativa sin cuestionar quién la sembró, entonces les funcionó.
No podemos permitir que este crimen se diluya entre cifras y promesas. No eran números. Eran personas. Y sus muertes fueron simbólicas. Certeras. Dolorosas.
Así que no, no fue un atentado cualquiera. Fue un golpe en seco al tablero político, con el mensaje claro: “No olviden quién sigue teniendo el dedo en el gatillo”. Y la próxima vez, puede que el disparo no sea simbólico. Puede que vaya directo al corazón.