blogeditor · 30 de abril de 2021
“There seemed to be three choices: to give up trying to love anyone, to stop being selfish, or to learn to love a person while continuing to be selfish”.
Lydia Davis
En abril de 1986 un accidente nuclear convirtió a Chernóbil en un lugar inhóspito, desierto, pausado en el tiempo y sin posibilidad de prosperar. Debido a la radioactividad, se predijo que la zona no podría volver a ser habitada por lo menos durante 20 mil años. La oscuridad y la desolación invadieron una ciudad y su futuro. Más de 350 mil personas salieron de allí para no regresar jamás.
Los caballos Przewalski son una subespecie salvaje originaria de Mongolia, que desde 1969 se consideraba en vías de extinción. Hace algunos años, la Universidad de Georgia publicó un informe donde detalla que varios ejemplares de esta especie han sido observados en las estructuras abandonadas de Chernóbil. Los caballos encontraron en las ruinas el lugar ideal para protegerse, alimentarse y reproducirse.
A 35 años de la catástrofe -y contra todo pronóstico-, es evidente que existe más resistencia a la radiación de lo que se creía; pero, más allá de eso, lo que queda claro es que la resiliencia de los seres vivos es tan grande que los caballos de Przewalski hicieron de un territorio contaminado su ecosistema.
Ninguna sentencia humana, por brutal que sea, alberga el destino o la verdad. La generosidad de la vida siempre halla su espacio.
No son pocas las veces que se me ha roto el corazón. Tampoco ha sido en vano: amar es un acto de valentía, de arrojo, de osadía, de pasión y de inocencia. Es una pulsión de vida que, así como llega, se va y arrasa con todo lo que se encuentra: deshace cada una de nuestras creencias, remueve historias que nos fundaron y que permanecían ocultas, cuestiona de qué estamos hechos y, especialmente, de qué no estamos hechos. Nos hace pensar en lo que nos falta y en lo que no fuimos capaces de entregar.
El amor es un accidente nuclear: una destrucción que nos deja inhóspitos, desérticos y pausados en el tiempo; que nos abandona con pronósticos sombríos, daños irreparables, habitaciones vacías y fantasías huérfanas. Solo el amor es capaz de despedazarnos, triturarnos, pulverizarnos y escupirnos. Y solo el amor puede abrirnos, de nuevo, camino.
Siento, en la boca del estómago, la desolación de una ciudad. ¿Es mi corazón roto? ¿La melancolía? ¿La añoranza? ¿O es porque cuando miro hacia atrás mis omisiones son tan claras como mis errores, descuidos y remordimientos? ¿Tengo posibilidad de prosperar? ¿O soy un territorio contaminado?
A lo mejor los caballos de Przewalski existen en Chernóbil porque no se enteraron de los presagios y fueron capaces de apropiarse de un lugar que no tenía futuro. Quizá ser adulto se trate de tener el corazón roto y al mismo tiempo entender que la vida cabe hasta en la grieta más pequeña, y que la tristeza y la nostalgia son compatibles con la esperanza. Ser madre, por otro lado, significa que, a pesar de tener el corazón roto, estás dispuesta a abrirle paso a la vida, como los caballos de Przewalski.
Finalmente, ¿no son los accidentes nuevos inicios? Tal vez solo hace falta hacer de las ruinas el lugar ideal para protegerse.