blogeditor · 19 de febrero de 2021
Son tantas las historias que quiero contarle a mi hijo, que no sé si tiene sentido adelantarme o esperar a que él las descubra en su espacio y en su tiempo. ¿Cuántas veces necesito contarme la misma historia para que deje de ser mía o yo deje de ser de ella? ¿Cuánta distancia debo tomar entre una historia y otra para que no se trate de mí o de él? El asunto es que muchas veces la historia del mundo comienza con su nacimiento. Ahí se encuentra uno de mis puntos de partida. Pero, vuelvo al principio, la historia no se trata de mí ni de él.
Falta un mes para que Nicolás cumpla tres años. A mis treinta y cinco, se me antoja tomar un alfiler y reventar las burbujas que le impidan ver la hostilidad de este mundo. Se siente incómodo pensarlo, decirlo, escribirlo, pero necesito que mi hijo sepa, cuanto antes, que llegó a un mundo que se parece más a un campo de batalla que a un jardín de juegos.
Entre las historias que quiero contarle está la de las abejas y sus sociedades organizadas, compuestas por ejércitos de hembras que trabajan juntas para mantener sus colmenas. Quiero hacerle saber que los insectos más inteligentes son los que forman lazos entre ellos, como la abeja melífera, que cuando encuentra una fuente de néctar informa a toda la colmena, con bailes y vibraciones, dónde están las flores que van a nutrirles.
¿A qué edad entenderá mi hijo que el mundo es una flor y nosotros las abejas? Que el néctar es lo que sentimos y que los sentimientos no se encuentran dentro de nosotros, sino entre nosotros y que son un intercambio constante y permanente, volátil y voluble. Vulnerable.
Voy a contarle, dentro de esa pequeña historia, que en Mozambique existe un ave llamada indicador grande, que ayuda a la tribu Yao a encontrar miel y que se cree que esta relación tiene casi dos millones de años, cuando el Homo erectus era quien caminaba sobre esta tierra. Porque esta tierra tiene una historia y esa historia nos incluye a quienes nos nutrimos de ella, incluso antes de nacer y antes de parir. Antes de cualquier punto de partida.
Quiero contarle a mi hijo tantas cosas que no sé por dónde empezar. Quizá la próxima vez que la vida nos ponga un tarro de miel en frente sea el momento adecuado para decirle que este campo de batalla también es tierra fértil, a pesar de nosotros y con nosotros. Porque nos hemos equivocado, pero tenemos la libertad de romper la burbuja y contar otra historia.