blogeditor · 29 de enero de 2021
Un hombre es lo que ama. Por eso lo ama: porque él forma parte de ello.
Joseph Brodsky
Para nadie es un secreto que los elefantes africanos tienen una memoria e inteligencia extraordinarias: lo fascinante es que, gracias a ellas, son capaces de sentir compasión y desarrollar rituales, especialmente ante la muerte. Cuando un elefante muere, toda la manada, encabezada por su matriarca, se altera. Si se trata de una cría, la madre permanece junto al cadáver mientras el resto de la familia reduce su paso. Cuando muere un adulto, no se alejan de él hasta que su cuerpo se pudre. Cuando muere la matriarca, la manada corre el riesgo de disgregarse. Algunas familias tardan hasta 20 años en reconstruirse, otras no lo logran jamás.
Sobre la muerte también existe deseo: que no sea lenta ni dolorosa. Nos negamos a verla a los ojos por temor a confirmar, en su mirada, su irreversibilidad. La vida es efímera si la contrastamos con el estado permanente y absoluto de la muerte. Varias veces escuché a mi abuela decir que moriría el día que no pudiera valerse por sí misma. Le parecía una situación intolerable. Pero el tiempo no se detiene y las palabras no garantizan.
Hace siete años, mi abuela y matriarca partió. Durante sus últimos días volvió a su origen infantil a través de los cuidados que le brindamos. El ritual comienza allí: con una sutil y breve despedida a la persona que fue y que no existe más, aunque todavía respire. Sé que haberse permitido cuidar por nosotros fue su mayor manifestación de amor. Un arrebato de deseo hacia la vida. Un último gesto de apego hacia su manada.
Los humanos, a diferencia de los demás seres vivos, pensamos constantemente en diferentes circunstancias que no toleraríamos, pero tengo buenas noticias. O pésimas: somos más tolerantes de lo que creemos. O de lo que nos gustaría. Toleramos horas y horas de angustia, desesperación y fastidio. Toleramos cantidades industriales de apatía y rechazo. Toleramos cualquier tipo de dolor: físico, espiritual, emocional y mental. Incluso toleramos el dolor ajeno, el de los nuestros, el que más punza. Toleramos perderlo todo: el amor, la confianza, el movimiento, la salud y las ganas de vivir. Toleramos perdernos a nosotros mismos. Toleramos perder la esperanza.
Somos seres diseñados para sobrevivir, para aguantar, para resistir. No frenamos. Hasta que todo se esfuma y nos convertimos en el centro de un ritual de las personas que nos amaron y acompañaron, y a quienes les dejamos nuestros restos: nuestro cuerpo putrefacto. Un día la muerte nos mirará a los ojos y nos recordará quienes fuimos con nosotros mismos y, sobre todo, quienes fuimos con nuestra manada.
Ya no sé bien quién era antes de convertirme en madre. Cuando parí, dimensioné mi estancia en este mundo. Ya no le rindo tributo a la ausencia, es más grande la gratitud por haber compartido un pedazo de espacio con quienes ya no están, y por tener el privilegio de acompañar, hasta el final —ya sea el mío o el de él— a mi hijo. Porque, además, toleramos a la madre de todos los dolores: la posible pérdida de los hijos.
Los elefantes son los únicos animales, junto con los humanos, capaces de reconocer los huesos de otro ejemplar de la misma especie. En la memoria se cimbra el dolor y la gloria. Desde los elefantes hasta nosotros, desde el nacimiento hasta el último día, mientras haya vida habrá rituales que nos unan, a los que nos quedamos con los que ya no están.