blogeditor · 9 de julio de 2012
“Cuando creíamos
que teníamos todas las respuestas,
de pronto,
cambiaron todas las preguntas”.
Mario Benedetti.
El hecho de que no estemos dispuestos a reconocer que cada voto tiene un precio no significa que no lo tenga. Parece que la democracia se ha vuelto una rama del marketing político que entiende cómo usar temporalmente el precio de nuestras aspiraciones para modificar permanentemente -y en un instante- los costos de la realidad a la que aspiramos.
La democracia parece haberse apropiado del mundo. Al final del siglo XX el 63% de la población mundial vivía en regímenes democráticos mientras que a finales del siglo XIX sólo era el 12%.
La relación costo-beneficio y el precio de la democracia, hace de su marketing, una especie de esclavitud creativa con capacidad de transformar hábitos individuales en creencias de dependencia colectiva.
Y es que los precios están en todas partes.
La democracia no subraya que los ricos cuentan con más oportunidades que los pobres, sino deja patente que a la hora de escoger nuestro futuro colectivo, los pobres escogen sus opciones del mismo modo que los ricos: calculando el precio de sus alternativas.
Estos valores para unos y otros, quedan determinados por las oportunidades de que disponen y por las restricciones a que se enfrentan. El precio que damos a las cosas – lo que pagaremos por lo que escogemos y por lo que renunciamos- dice mucho acerca de quiénes somos.
Y en esa identidad que construimos, puede entenderse que la esclavitud de hoy, no radica en impedir ejercer lo que se desea, sino en crear suficientes deseos previos que pongan en deuda nuestros actos.
Muchos podrían afirmar que el precio que tienen los votantes es el valor que dan a su voto, y que los países más corruptos son aquellos en los que votantes son más baratos. Sin embargo, estoy cierto que el precio subliminal pero real de los votos radica en el grado de eficacia que posee quien elegimos para alcanzar un mayor nivel de prosperidad individual. La historia y los valores pasan a segundo término.
Sólo alguien capaz de dirigir y crear un Estado eficaz puede materializar esa prosperidad.
Considero que hay 2 lecciones centrales que nos han dejado esta elección. La primera es que las victorias con conciencia y eficacia se empiezan a construir desde saber entender y dimensionar las derrotas temporales, y la segunda es que muchas veces para entender cómo se toma una decisión, hay que identificar el sentimiento que la provoca y no la necesidad que la vuelve evidente.
Otra conclusión que nos evidencia la realidad es que, al menos en México, las decisiones en democracia se deciden con base en una canasta de necesidades materiales de corto plazo y no en un árbol de valores morales de largo plazo.
Entonces, ¿cuánto vale el voto de un mexicano frente a la canasta de sus necesidades materiales? ¿Cuánto tiene que trabajar un obrero para que a través de su trabajo le haga recuperar al Estado el costo de su voto?
Partiendo de ello, cómo los partidos políticos asumen ese costo de ventas reponiendo los bienes a los que temporalmente cada votante está dispuesto a renunciar para conseguir un voto y crear así, beneficios rentables.
Para responder estas preguntas, simplifiquemos la realidad por un momento. Pensemos que en México los mexicanos consumen dos canastas de bienes: una canasta electoral a la que llamaremos democracia y otra canasta básica – compuesta, digamos, por tortillas, leche y salarios–.
Dado que los mexicanos estamos – al igual que en todos los países – sujetos a las limitantes de la escasez de recursos, solo podremos consumir más democracia en tanto consumamos menos de la canasta básica y viceversa. Aunque este ejercicio parezca trivial, resulta interesante analizar – aunque en un ejercicio ilusorio – a cuántas unidades de leche y tortillas renuncia México por el voto de un ciudadano más.
El presupuesto general, -en millones de pesos. para las elecciones de Presidente de la República en México fue en el año 2000, $6,932.5; en 2006, $12,920.6 y en 2012, $15,953.9 millones.
Al 1° de julio de 2012, el padrón electoral fue de 79,454,813 ciudadanos (IFE 2012), si se divide el presupuesto electoral 2012 entre ésta cantidad, obtenemos que el costo nominal de cada voto fue de 200.8 pesos.
Sin embargo, en estas elecciones, votaron 50,323,185 mexicanos (según el computo distrital IFE 2012), por lo que cada voto realmente nos costó, aproximadamente 317 pesos.
Un voto, ¿Cuántos kilos de tortillas?
El precio de un kilo de tortillas en junio de este año era de 11 pesos, por lo que el costo de un voto mexicano equivale a 28.8 kilos de tortilla; si cada kilo contiene, más o menos, 30 tortillas, el que un mexicano votara le costó a México 864 tortillas por persona.
Un litro de leche en junio de 2012, costaba promedio 12 pesos, entonces, un voto costó 27.13 litros de leche, o a 23.25 kg de arroz ($14/kg junio 2012).
¿Un voto por cuánto trabajo?
En términos del salario mínimo en una “Zona A” del país éste equivale a $62.33; por lo que un voto cuesta 5.22 días de salario mínimo o 41.8 horas de trabajo.
Para que el gobierno pueda recuperar el costo de un voto vía impuestos, podríamos decir que en términos de ISR a una tasa de 30%, un votante que percibe un salario mínimo en la Zona “A” del país, tendría que trabajar 16.95 días para generar un ingreso gravable de 1,056 pesos para que así el gobierno pudiera recuperar los 317 pesos que costó un voto.
¿Quién es más rentable por cada voto obtenido?
Por otra parte, se observa que el financiamiento electoral a los partidos políticos solamente para las elecciones de Presidente de la República, continúa siendo un lastre para el país. Prueba de ello es que este proceso electoral, nos costó financiar a los partidos políticos a los mexicanos que pagamos impuestos $5,292.5 millones de pesos, comparados con los $4,926 millones que costó en 2006 (IFE 2012).
Con estas cifras también es posible medir la eficacia de las campañas políticas, exclusivamente comparándola con presupuestos públicos y no con ningún tipo de financiamiento privado que cambiaría absolutamente los resultados aquí presentados.
Así, en 2006, el PAN logró atraer el voto de 15 millones 284 mil personas, con un presupuesto de $1,146.8 millones, lo cual significa que este partido invirtió 136 pesos para ganar un voto.
El PRI, con $1,265 millones logró ganar 9, 301,441 votos, invirtiendo también 136 pesos por cada votante obtenido.
Por último, el PRD recibió $744.2 millones de presupuesto y logró atraer, supuestamente, 14, 756,350 mil votos; por lo que cada voto le costó 50.43 pesos.
En resumen, el PRD fue casi dos veces más eficiente que el PAN atrayendo votos, porque cada uno le costó la mitad y esto habla también de qué tipo de elector vota por cada partido.
En cambio, en 2012, fueron destinados 3 mil 361 millones 120 mil pesos para las actividades ordinarias permanentes de los partidos políticos, el PRI tuvo 1,074 millones 539 mil pesos; el PAN 849,568 mil pesos, y el PRD 451,490 mil pesos.
Por su lado, el Verde tuvo 313 millones 14 mil pesos; el Partido del Trabajo, 236 millones 196 mil pesos, Nueva Alianza se llevó 230 millones 191 mil y Movimiento Ciudadano, antes Convergencia, obtuvo 206 millones 120 mil.
En relación con el financiamiento público destinado para gastos de campaña en 2012, el dictamen estableció que de mil 680 millones 560 mil pesos, el PRI tuvo 537 millones 269 mil pesos; el PAN 424 millones 784 mil pesos y el PRD 225 millones 745 mil.
Para hacer entendibles los costos exorbitantes que financian la elección de nuestros gobernantes, creo que al menos, teóricamente, el móvil que nos lleva a consumir más democracia con las opciones que tenemos y nos merecemos, es hacer de esa toma de decisión colectiva altamente costosa, una plataforma para hacer alcanzable nuestra prosperidad individual.
Lejos de cualquier asunto valorativo, al final de cuentas son las necesidades de corto y mediano plazo y no las aspiraciones y valores de largo plazo lo que al menos el 39% de la sociedad mexicana ha decidido para escoger a nuestro próximo Presidente.
Y mucho de esa decisión, está en una parte del electorado que concluyó que era necesario escoger no a quien poseía solamente la visión de un proyecto-país de largo plazo, sino alguien eficaz que supo como leer y enviar un mensaje de certeza y rumbo para resolver las necesidades permanentes y básicas de corto plazo para luego alcanzar las aspiraciones relativas del largo plazo.