Corrupción y cultura: volver a nombrar la realidad

blogeditor · 6 de octubre de 2014

Corrupción y cultura: volver a nombrar la realidad

Por: Alberto Borbolla

Hace uno días, el presidente Enrique Peña Nieto sostuvo “que para combatir la corrupción se debe partir de reconocer que es un asunto de orden cultural; por ello, llamó a construir una nueva cultura ética en la sociedad mexicana”[1]. Lo dicho por EPN es una idea que si la separamos de la típica discusión ideológica, acaso nos podríamos topar con algunos hallazgos interesantes. Sin embargo, y por lo general, una afirmación de esta magnitud, tiende a seguir el mismo camino de otras similares en lo relativo a su significado: politización y fragmentación en intereses partidistas. Sin embargo, si es cierto que cuando hablamos de corrupción, lo que en realidad se disputa es el tema de la cultura, entonces inevitablemente nos lleva a preguntar: ¿qué entendemos por cultura? Al respecto, y como señalamos anteriormente, responder esta interrogante trae implícito el riesgo de atascarnos en la discusión política y por tanto ideológica, lo cual, para nosotros, en nada contribuye al entendimiento sobre la corrupción y la cultura y, sí en su distorsión y dispersión. De ahí que preferimos suprimir las afirmaciones, y sustituirlas por preguntas, es decir optamos por la duda en lugar de la manida certeza.

Entonces, ante lo señalado por EPN, queremos plantear las siguientes preguntas: ¿Si combatimos la corrupción y ésta es de orden cultural, entonces podemos inferir que hay que luchar contra la cultura? Ante la construcción de una nueva cultura ética, cuestionamos lo siguiente: ¿Al mismo tiempo que se ejecuta la pelea contra la cultura, es posible erigir otra nueva, ésta de orden ético? ¿Quizás la corrupción es la expresión de nuevas formas éticas dentro de otro orden cultural? ¿Responder a todo aquello nos hace una sociedad más o menos moral? ¿La cultura es ajena a lo que hacemos y somos en un momento determinado? En ese sentido, ¿se puede construir y aplicar la cultura e imponerla de específicas poblaciones? Si es cierto, ¿entonces las políticas públicas que fomentan la cultura en el fondo estimulan la corrupción? ¿Acaso todas estas interrogantes, al ser parte de mi expresión cultural lo que en verdad suscribe es una forma de corrupción ante un determinado orden institucional?

Por todo lo anterior, lo que en realidad quiso decir EPN es que todo acto cultural, en formas diversas, estimula la corrupción y nos pone a todos en peligro. En ese sentido, ¿se pueden fortalecer las instituciones que nacieron bajo el manto de un específico orden cultural, que incentiva una determinada corrupción, y al mismo tiempo se puede combatir a ésta a partir de ellas? ¿Es posible? ¿Acaso es probable? ¿Quizás paradójico? Al respecto, es factible contestar algunas de tales preguntas, sin tener claro lo que entendemos por cultura y por culturas, cómo se produce o se producen y si cada una de ellas genera su propio orden institucional y ético, o bien si acaso se inscriben a una mayor con una capacidad totalizadora.

El Paradigma de la complejidad – Edgar Morin

En todo caso, para definir lo que entendemos como sociedad por cultura y corrupción y sus posibles ligas, primero tendríamos que comprendernos a nosotros mismos, por lo menos en las siguientes cuestiones: ¿Cómo somos? ¿Qué valoramos? ¿En qué creemos? ¿Qué nos gusta? Así como, ¿qué nos disgusta? ¿Dónde ponemos nuestros límites en términos de moral? De esta forma, podríamos desplegar posibles respuestas a las anteriores preguntas y quizás reconocer que lo que llamamos corrupción no es tanto un problema de fortalecer las sanciones y recompensas, y sí comprensión de una nueva realidad social en el país.

Así llegamos a la siguiente convicción: es un hecho que la realidad existe, y para responder a todas las anteriores preguntas, lo primero que se tiene que hacer es tener contacto con ella para luego entenderla e interpretarla. En cualquier caso, lo que señala EPN es una oportunidad para superar la estrechez de las disputas ideológicas que tienen enjaulada a la opinión pública en temas no sólo de corrupción, sino de lo que somos y hacemos hoy los mexicanos. Averiguar lo que dicen otras voces ajenas al ámbito político, nos puede ayudar a conseguir una comprensión más compleja y amplia de lo que representa ser mexicano en nuestros días, y a partir de ahí iniciar el proceso de volver a ponerle nombres a nuestro alrededor y evaluar la pertinencia de los conceptos en tanto su relación con la realidad.

[contextly_sidebar id=”bGkI4TtpbLNVcILXXshArVu97f1tVYd4″]El reto es descentralizar la opinión pública del espacio político, y a partir de ello reconocer que otros espacios sociales también se encuentran construyendo entendimientos y significados valiosos sobre nosotros mismos. Por ejemplo reconocer las aportaciones que surgen de la academia, de la investigación de mercados o bien de las prescripciones que realizan tanto los organismos nacionales e internacionales, etc. Este conjunto de interpretaciones sobre lo que somos y hacemos es también parte de nuestra expresión cultural. El problema aquí es que el diagnóstico que hace EPN sobre la corrupción, por todo lo anterior, es limitado y sesgado y situado alrededor de la exclusiva opinión pública de un determinado ámbito, en este caso político, por lo cual no tiene mayores pretensiones que la de posicionarse como una frase efectivista y politizada. No obstante, opiniones como la vertida por el presidente también pueden generar diagnósticos adecuados a la realidad diversa y por ello compleja que registra el país, si en efecto integramos las múltiples dimensiones representadas por la variedad voces e interpretaciones que se erigen desde la realidad social y sistematizarlas en una particular comprensión.

De este modo, si la cultura se alimenta de lo que somos, hablamos y hacemos, es decir de lo que hacemos significativo y no de nuestro entorno, entonces esfuerzos como los que hacen los diversos espacios por definir nuestros tiempos, por ejemplo, LEXIA y su base de sindicados, nos proporcionan formas alternativas para nombrar nuestra realidad y así mejorar nuestro discernimiento sobre ella. Esta plataforma de significados registra numerosos acercamientos a la realidad en forma de investigaciones, ya sea sobre específicos temas, ya sea entorno a los significados y atribuciones que hacemos sobre las cosas o bien al entendimiento de lo que nos motiva o no a ser lo que somos y hacemos. A partir de un sistemático proceso de indagación, excava en las múltiples capas de la realidad en busca de nuevos hallazgos.

Profundizar en las dimensiones de sentido sin duda es benéfico para avanzar junto a la realidad, pero también es un riesgo a lo estable, es decir tiene efecto desestabilizador de la realidad, ya que el análisis de nuestros motivos y barreras implica el constante cuestionamiento de un sentido común que domina nuestras acciones y percepciones. De este modo, generar estudios rigurosos y profundos nos permiten desplegar miradas alternativas, más complejas y amplias sobre nosotros y nuestros nombres. Considerar la variedad de interpretaciones de la realidad sin duda contribuye a “construir” una cultura, que incorpore la diversidad de dimensiones de significado que existen sobre nosotros mismos y lo que hacemos, nos obliga por supuesto a volver a nombrar la realidad a partir de conceptos amplios y complejos.

 

* Alberto Borbolla es sociólogo con estudios de posgrado. Ha sido colaborador en diversas investigaciones académicas y transitado por varias universidades como profesor de cursos y clases en temas sociales y de investigación. Actualmente imparte clases de metodología de la investigación en la Universidad Anáhuac del Sur. Ejerció por varios años como consultor de una compañía internacional. Al día de hoy, forma parte del equipo interdisciplinario de LEXIA. Tiene en el tintero dos libros, uno de ellos en colaboración con el Dr. Abraham Nosnik.

 

 

 

[1] “La corrupción es un asunto cultural”: Peña Nieto, en Animal Político, 9 de septiembre de 2014.