blogeditor · 7 de abril de 2020
Escucho a muchas personas hablar de “cómo será la vida cuándo volvamos a la normalidad” y no puedo dejar de preguntarme qué significará eso.
¿Seremos las mismas personas una vez que esto concluya? No lo creo.
Lo que estamos viviendo nos está transformando, lo sepamos a no. Tal vez podamos regresar a las mismas rutinas, pero algo será distinto. ¿Sinceramente crees que después de lo que has vivido, experimentado, reflexionado, sentido, hecho o dejado de hacer, escuchado o dejado de escuchar, serás la misma persona?
Tendremos las mismas caras, tal vez más arrugas y canas, con más o menos kilos, pero de algo estoy segura: nada será igual.
Muchas cosas serán parecidas en apariencia: caminaremos por las calles, nos abrazaremos, saldremos a comer, a juntas y reuniones, seguramente volveremos a quejarnos del tráfico y de las personas que nos rodean en la oficina, en la fila del cine, en el mercado y seguiremos discutiendo en redes sociales.
Pero, y esto es lo importante, ¿cómo nos habrán transformado el miedo y la angustia en lo personal y en lo colectivo? ¿Cómo nos habrá impactado como ciudadanía el cinismo, la indiferencia, la sordera y la displicencia de los gobernantes (sobre todo aquellos que han demostrado que siempre han sido así)? ¿En quién nos habremos convertido después de vivir la solidaridad y la empatía que también nos ha rodeado? ¿Cómo exigiremos rendición de cuentas a quienes nos gobiernan y manejan nuestros recursos y dinero? ¿Cómo agradeceremos a las grandes heroínas y héroes de esta realidad, las y los trabajadores de la salud, haber expuesto sus vidas para salvar a miles de personas y a cada uno y una de nosotras? ¿Cómo veremos y daremos su lugar a quienes no tuvieron el privilegio de hacer cuarentena y tuvieron que salir a trabajar para mantener en pie lo que necesitaba de su presencia? ¿Con qué pegamento vamos a pegar las piezas de lo que se rompió en este proceso? ¿En dónde vamos a poner lo nuevo que se ha creado en este trayecto?
¿Cómo vamos a volver a “la normalidad” después de que aprendimos “a ir” a juntas descalzas o en sandalias, de shorts, y pudimos hablar de lo importante sin que la vestimenta fuera lo relevante? ¿Volveremos a usar lo de siempre después de habernos dado cuenta de la cantidad de cosas innecesarias con las que hemos decorado nuestra vida cotidiana? ¿Volveremos a dedicarle tiempo a los chats y a las amistades de la infancia con quienes el aislamiento nos acercó? ¿Volveremos a tener cenas virtuales en las que todas y todos nos prestemos atención sin estar viendo nuestros celulares para hacerle caso a quien no está frente a nosotras? ¿Volveremos a dar conferencias en las que si tu hija o hijo de cuatro años se para en tu cabeza a nadie le molesta, o si tu gato camina sobre el teclado de tu computadora, el perro ladra o los bebés lloran, quienes participan lo aceptan?
Tenemos mucho que hacer, y ser, a todos los niveles.
En lo individual, este proceso nos habrá hecho enfrentarnos a nuestros demonios internos y también a nuestros grandes protagonistas. Estamos aprendiendo a deletrear día con día la palabra resiliencia.
Muchas cosas que no querían reconocerse hoy están siendo evidentes: la violencia en el hogar -la violencia feminicida, esa sí no se fue de cuarentena- y a nivel global las denuncias sobre violencia en casa no han desaparecido, de hecho, han aumentado; la distribución desigual del trabajo en la casa y en la oficina; la falta de diversidad e inclusión en la toma de decisiones en las esferas pública y privada. ¡Las oficinas se mudaron a la casa, y la carga de trabajo no remunerado y no reconocido ha aumentado para muchas mujeres! En un mundo de roles tradicionales, ¿acaso los señores tienen más derecho a establecer las reglas porque están “trabajando desde casa” que las señoras y los hijos e hijas, porque “no hacen nada”, o “sólo estudian” o “sólo limpian y organizan la vida en el hogar”? El confinamiento nos está enseñando que esa división del trabajo no sólo es injusta, sino poco productiva y redituable: todas y todos perdemos con ella. El trabajo en casa es una realidad que está poniendo en evidencia su efecto en la vida laboral de las personas. La panacea del trabajo a distancia no lo está siendo en estas circunstancias para muchas personas, principalmente para las mujeres.
El confinamiento también está poniendo en evidencia realidades que no se han querido priorizar y que hoy demuestran que no podemos “volver a la normalidad” sin tomarlas en cuenta: la desigualdad, la brecha digital de género, las horas dedicadas al trabajo no remunerado entre hombres y mujeres, el efecto de los estereotipos en las relaciones familiares, sociales y políticas, la falta de igualdad en la toma de decisiones pública, política, comunicativa, empresarial, educativa.
Lo que estamos viviendo está aumentando las brechas para muchas personas: la desigualdad se multiplica para quienes no tienen acceso a internet o lo tienen limitado; el riesgo incrementa para quienes no tienen recursos para acceder al sistema de salud o hacerse escuchar en el aislamiento; para quienes no pueden ahorrar, para quienes viven al día, para quienes viven de las dádivas gubernamentales a cambio de su voto; para quienes no tienen voz y no son tomadas ni tomados en cuenta porque no se les escucha. La sordera gubernamental está poniendo en riesgo a las personas más vulnerables.
Por otro lado, esta crisis está poniendo claro, también, que la creatividad, la solidaridad y la empatía tienen cabida y que hay miles de personas dispuestas a ayudar y a poner su grano de arena a favor del bienestar común. Se está fortaleciendo un mercado solidario que crece día con día. Se está construyendo una nueva forma de convivencia entre las personas.
Como toda crisis, está poniendo en evidencia lo mejor y lo peor de las personas, del sistema y de las organizaciones e instituciones que formamos parte de él.
Por eso me pregunto, ¿cuál será “la normalidad” de la que hablamos? Espero que no sea esa que dejamos antes de la cuarentena, que por habitual nos parecía normal y vivimos como aceptable, esa en la que normalizamos la violencia (sutil y extrema), la indiferencia y esa en la que los liderazgos sordos podían salirse con la suya.
¿Tú, a cuál te refieres?