Redacción Animal Político · 28 de abril de 2023
Todavía le tengo miedo al dolor. Sabe a metal, huele a materiales esterilizados, quirúrgicos. Lo siento punzante, helado, invasivo y solitario. Necesito abandonar la idea de que un día amaneceré y él ya no estará aquí.
Retomar la vida me está costando más trabajo del que pensaba. Pronto cumplo dos años de sentir que no me adapto a mi cuerpo. Abro los ojos, lo recorro y lo primero que pienso es que quiero volver a dormir para atraparme en el paréntesis donde no siento nada.
Cuando hablamos de empezar de nuevo, generalmente nos referimos a un cambio de casa o de trabajo, a haberlo perdido todo, a haber terminado una relación o salido de una situación que nos consumía. Es raro pensar en empezar de nuevo y permanecer en el mismo sitio, con los mismos síntomas, siguiendo la misma rutina y siendo la misma persona.
Necesito volver a empezar.
Hace un año, convencida del camino que tenía por delante, renuncié a un neuroestimulador que me colocaron en la columna para hacer de mi dolor algo menos doloroso, pero que tenía implicaciones severas en mi estilo de vida. Durante mi estancia hospitalaria, valoré mi capacidad de movimiento y la fortaleza de mis piernas, mis brazos, mis músculos. Valoré la libertad.
Después de nueve días de hospitalización, sedantes, intervenciones quirúrgicas, mucho llanto y poca compañía, porque no sé sanarme si no es en soledad, detecté mis malos hábitos, mi manera de evadir lo que me duele, mi anhelo repetido de esconderme, de desaparecer, de no vivir.
Me di cuenta, también, que Nicolás es el estímulo más grande que tengo, del que he aprendido a amar la vida. Salí heroica y decidida a tener una nueva vida que me permitiera rehabilitarme y hacerme amiga del dolor crónico que me acompañaría todos los días, cada minuto, cada segundo. El dolor parecía irrelevante comparado con la luz que tenía mi futuro. Un futuro junto a mi hijo, junto a mi madre, conmigo.
Comencé a nadar, a hacer yoga, a disfrutar mi sexualidad, a enfocarme en mi trabajo y, sobre todo, a disfrutar a mi hijo tanto como podía. Y, sin que me diera cuenta, el motor se fue apagando. El dolor me venció, dejé de nadar, abracé los analgésicos como si tuviesen el poder de sanarme. Los médicos fueron claros conmigo cuando tomé la decisión de salir adelante: no se va a ir. Tal vez sigo en negación.
Estos días he volteado a ver a mi yo de hace un año y me parece una desconocida. La valentía y la determinación con la que salí del hospital parece un oasis al que no logro llegar. A veces lo veo, pero en un instante desaparece.
Aceptar lo que la vida nos da y nos quita es una decisión que se toma todos los días. No hay ninguna revelación que con solo mirarla nos cambie. Pensé que sí. Pensé que sería más fácil vivir con una sensación que me recuerda que no todo está bien, que me tengo que mover, que si me rindo duele más. Pero la verdad es que estoy rendida.
Escribo con un síndrome de abstinencia después de semanas de consumir opioides y de haberme dado una pausa del dolor. Sentía que lo merecía. Retomo la natación y vuelvo, como hace un año, a asumir que el dolor es parte de mí, pero que también es ajeno: el dolor no soy yo.
Cómo me gustaría un exorcismo de lo que he vivido. En este momento, en el que no soy la mujer valiente que canta victoria, ni la heroína de su propia historia, vuelvo a empezar porque no me queda de otra. Porque lo que no quiero es que la debilidad se me escurra tanto que toque a las personas que amo. No quiero que el dolor determine mi vida. Me siento perdida. El único deseo que tengo es el de encontrar la fórmula en la que pueda rendirme sin darme por vencida, en la que pueda dolerme sin frenar el autocuidado.
Quiero volver a encontrar dicha en un rayito de sol, en una plática casual, en la comida y en el amor. Quiero que el dolor no me gane. Quiero volver a empezar.
