El volátil tema del fracking: entrevista con un robot que no se hace el gaseoso

Joel Aguirre · 18 de agosto de 2026

El volátil tema del fracking: entrevista con un robot que no se hace el gaseoso

Por Miriam Grunstein Dickter*

Esta vez no llamé a un experto. Busqué a un robot lenguaraz, llamado Claudio, para conversar sobre el tema del fracking. Y no lo hice por moda ni por flojera, sino porque cada especialista en energía que conozco en este país tiene, aunque sea del tamaño de un alfiler, un interés en el asunto. Unos cobran de Pemex, otros de las trasnacionales, otros del gobierno que los convocó y, los más honestos, cargan al menos con una convicción que ya no sueltan. 

Claudio —así, castellanizado, para que suene a compadre— no tiene ducto que defender, cuenca que vender, ni sexenio al que quedarle bien. Le pregunté sobre el dictamen del gas no convencional sin decirle qué quería oír. No es que sea imparcial, pues Claudio también tiene sus mañas, pero al menos no cobra nómina aquí.

Un apunte para ubicarnos: el 6 de agosto, el Comité Científico sobre Soberanía Energética y Yacimientos de Gas Natural no Convencional —medio centenar de académicos convocados por la Presidencia de México— presentó sus primeras conclusiones sobre el fracking en México. No fue un “sí” a secas: fue una ruta de evaluación condicionada, con diez recomendaciones y estudios que arrancarían en la Cuenca de Burgos y Coahuila. Le solté la primera sin rodeos.  He aquí la entrevista con Claudio.

—¿Era necesario reunir a 54 sabios para llegar a semejante conclusión?

—Depende de para qué los reuniste. Si era para el titular —”exploremos con cuidado, protejamos el agua, consulten a las comunidades”—, no: eso lo firma cualquier estudiante de ingeniería ambiental. Pero el comité no estaba ahí para producir una conclusión, sino dos cosas que un decreto no da solo: legitimidad y condiciones. No reuniste a 54 personas para saber si se puede. Las reuniste para poner las condiciones y para tener quién responda.

¿Todo se justifica con la palabra “soberanía”?

Le confieso que la respuesta me parece brillante, pero Claudio se resiste a mis inquisiciones.  Le insisto de todos modos.

—¿Y qué podía esperarse de ese grupo que no vimos en el dictamen?

—Números. El documento es de procedimiento cuando el tema exigía magnitudes. Todo se justifica con la palabra “soberanía”, pero soberanía es una cantidad, no un adjetivo: ¿cuánto gas, a qué costo, en cuántos años, desplazando qué fracción de ese 70 % que hoy le compramos a Estados Unidos? Cincuenta y cuatro cabezas podían entregarte esa curva. No la entregaron.

Faltó también la viabilidad económica, que es la pregunta que un lector de negocios estaba esperando. El comité contestó “¿se puede explotar rentablemente? Pero omitió cuadrar los números. El shale estadounidense funciona dentro de un ecosistema —ductos, agua, industria de servicios, capital— que México no tiene.

Me arriesgo entonces con la difícil para Claudio.

—Descríbeme el dictamen que a ti sí te habría gustado leer.

—Uno que cambiara la pregunta de portada. No “¿se puede hacer fracking?”, sino “¿bajo qué condiciones la molécula nacional le gana a la importada, y a cambio de cuánto riesgo?”. Con eso ya pierdes la inocencia: dejas de preguntar si es posible y empiezas a preguntar si conviene.

¿La “soberanía” es un subsidio disfrazado?

De ahí, tres capítulos que el dictamen real no escribió. El de la soberanía con calculadora: la curva de producción año por año, para que “reducir la dependencia” sea una meta auditable y no una consigna. El del dinero: a qué precio internacional se paga esto solo, cuál es el punto de equilibrio y quién pone el capital: ¿un Pemex endeudado hasta las cejas o privados que exigirán reglas que hoy no existen? Porque si el gas del otro lado sigue barato, producirlo aquí puede salir más caro que comprarlo, y entonces la “soberanía” es un subsidio disfrazado. Y el del riesgo operacionalizado: umbrales de sismicidad con paro automático, presupuesto de agua por pozo, plan para el agua producida. Ojo con el dato que están celebrando —que la lista de químicos bajó de unas 920 sustancias a 40 moléculas. Este es un número que baja tanto que merece auditoría, no aplauso. ¿Quién lo reporta, es obligatorio, lo verifica alguien independiente?

Y un último capítulo, el que más extraño: el que enseña las costuras. Con 178 científicos gritando afuera, un dictamen sobre algo tan peleado no puede salir sin una sola arruga. Faltan los rangos de incertidumbre y los votos minoritarios. La honestidad científica no es llegar a un acuerdo: es mostrar dónde no la hubo. Cuando un documento sale demasiado limpio, no es que todos pensaran igual; es que peinaron el desacuerdo antes de publicar. Y eso, para quien reportea, es la nota.

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*Miriam Grunstein Dickter es abogada y experta en energía. Es académica afiliada del Mexico Center de James Baker III de Rice University, donde desarrolla trabajos de investigación sobre energías renovables, transición energética, desarrollo de nuevas tecnologías, sustentabilidad y compromisos internacionales para la reducción de emisiones y combate al cambio climático.

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