Joel Aguirre · 12 de agosto de 2026
Por Norma Alicia Ordóñez Vázquez*
La Asociación Internacional para el Estudio del Dolor (IASP, por sus siglas en inglés) define el dolor como una “experiencia sensorial y emocional desagradable asociada a daño tisular real o potencial” y enfatiza que es una experiencia personal influenciada por factores biológicos, psicológicos y sociales; por lo cual, debe ser tratado por un equipo interdisciplinario que atienda de forma integral al paciente.
En México, de acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía, 27 por ciento de los habitantes; es decir, 40 millones de personas, sufren dolor. Además, se ha encontrado que las mujeres presentan una carga mayor de dolor que limita sus actividades en comparación con los hombres. A pesar de ello, el alivio del dolor es limitado en México y otros países de ingresos bajos y medianos, debido a la falta de atención a los cuidados paliativos, las regulaciones excesivas de los opioides y la estigmatización, lo que resulta en un manejo subóptimo.
La observación etnográfica hospitalaria que se realizó en un instituto de salud en la Ciudad de México me ha conducido a reflexionar sobre el dolor que experimentan los pacientes por años. Varios de ellos llegan a consulta de cuidados paliativos con dolores intensos que han soportado por varios años sin que los médicos les hayan proporcionado el tratamiento adecuado. Por ejemplo, una paciente de la tercera edad manifestó que el dolor debajo de la espalda era insoportable, no podía dormir recostada, duerme sentada, lo cual se evidenció en la consulta al no poder recostarse en la camilla para la revisión. Así, su vida se ve afectada porque ya no puede realizar sus actividades diarias, aunado a las carencias económicas y a que apenas puede solventar sus gastos con la pensión del gobierno federal.
Este es un ejemplo de lo que viven las personas al experimentar dolor que no es atendido adecuadamente, ya sea por falta de médicos especialistas capacitados o por la carencia de medicamentos. Es bien sabido que en México existen muy pocos hospitales con un área de cuidados paliativos, lo que limita que personas de todas las edades sean atendidas para controlar el dolor por enfermedades crónicas como el cáncer, la diabetes y síndromes lumbares, entre otros.
El alivio del dolor es un derecho en el país, el no atenderlo representa una transgresión a los derechos humanos fundamentales y para hacerlo es necesario contar con personal especializado y con los medicamentos pertinentes para lograr ese objetivo.
Desde la postura bioética, el principio de beneficencia señala la obligación de prevenir o aliviar el malestar de los enfermos, así como obrar en función del mayor beneficio posible. De esta forma, es importante que desde la bioética se visibilice el derecho al alivio del dolor en las instituciones de salud para que sea un tema prioritario.
Para lograr este cometido es necesario la formación de profesionales de la salud en el manejo del dolor; crear más áreas de cuidados paliativos en los hospitales; diseñar políticas públicas centradas en el control del dolor; citas médicas periódicas; y, respecto a los pacientes, que los médicos expliquen detalladamente los diversos tipos de dolor para identificar lo que sienten y, con base en el diagnóstico, planear un esquema de tratamiento centrado en el paciente; además de proporcionar especificaciones muy claras del uso de opioides y no hacer mención al mito de la dependencia, ya que muchas personas tienen miedo de consumir estos medicamentos. Sin embargo, es necesario dejar muy claro que hay más ventajas al controlar el dolor y mejorar la calidad de vida de las personas.
Existen varios problemas prioritarios en el área de la salud debido a la transición epidemiológica y demográfica, pero es importante centrar la mirada en el dolor y en el sufrimiento que provoca en las personas. Se ha visto que los pacientes aprenden a vivir con dolor, a modificar su estilo de vida, y lo más injusto es que son, principalmente, un sector de la población vulnerable (personas de la tercera edad, baja escolaridad, bajos recursos económicos) que no encuentran alternativas para aliviarlo, ya que los envían de un servicio a otro sin alcanzar un tratamiento adecuado para sus malestares; por lo tanto, es necesario considerar que ayudar a vivir sin dolor es un asunto que le compete a la bioética.
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*Norma Alicia Ordóñez Vázquez es doctora y maestra en Ciencias de la Salud en Salud Mental Pública por el posgrado de la Facultad de Medicina, y licenciada en Psicología por la Facultad de Psicología, ambas de la UNAM.
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