Vivir en la verdad

blogdanielgershenson · 27 de diciembre de 2010

Vivir en la verdad

La frase es de Vaclav Havel, quien la utiliza en uno sus ensayos más célebres. La recuerdo porque-en vísperas de que cierre este año- Marcelo Ebrard tuvo a bien machacarnos la inevitabilidad de su nuevo proyecto para secuestrar el futuro de la otrora gran ciudad de México.

De cumplirse los vaticinios del campeón mundial de los alcaldes y amigo incondicional de la Naturaleza -según la organización City Mayors Foundation- habrá múltiples carreteras elevadas surcando el DF, para goce y disfrute de miles de automovilistas eternamente agradecidos (según la visión cortoplacista del jefe de Gobierno y su estrechísimo círculo de porristas en el gabinete que despacha en las oficinas del gobierno local). Esta infructuosa obsesión tan suya por intentar destapar calles y avenidas sólo cuando se expresan ciudadanos que no le son afines o controlables, se manifestó asimismo cuando un grupo de tuiter@s e integrantes de distintas Asociaciones Civiles que reclamaban díalogo y justicia después del asesinato de Marisela Escobedo en Chihuahua -jóvenes sin partido y representantes de colectivos feministas- fueron recibidas por cientos de granaderos a golpes y patadas en pleno Paseo de la Reforma hace algunos días.

Para el ex-secretario de Gobierno en la administración de Manuel Camacho Solís, nuestra urbe es un gigantesco lienzo o página en blanco. Molde descomunal que debe colmarse con los delirios desarrollistas sesenteros, que ya no se estilan en ciudades que respetan el entorno ambiental -y se embarcan en soluciones de transporte público a largo plazo- porque ya estaban pasados de moda hace cuarenta o cincuenta años. Sitios que incluso demuelen estos engendros asociados al progreso mal entendido. Contra toda lógica, Ebrard quiere imponer su visión paleopriísta en un entorno en donde la transparencia, la búsqueda de consenso y los mecanismos de rendición de cuentas parecen ser aspiraciones anacrónicas. Porque la terca visión excluyente que él privilegia es pragmática, y su gran beneficiario es él mismo. También ganarán empresas constructoras como OHL (cuestionadas y sumidas en múltiples irregularidades en países como España: pero seguro ‘sacarán la casta’ en México) y los especuladores inmobiliarios que ampliarán el caos e intensificarán el desabasto de bienes tan vitales como el agua, y a quienes estas minucias les tiene sin cuidado. Ya vendrá otra autoridad a administrar el chiquero, y a heredar las broncas. Para esas fechas Ebrard y su corte habrán transitado hacia otras altas esferas de responsabilidad.

No es motivo de sorpresa el viraje: capitulación absoluta de todos y cada uno de los compromisos con la sustentabilidad y el Medio Ambiente que asumió la presente administración local, y que fueron abundantemente plasmados en sus planes de gobierno y el pésimo chiste en el que se ha convertido su cacareado Plan Verde. Él quiere ser candidato a presidente, y nadie va a enmendarle la plana. La residencia de Los Pinos bien vale tumbar incontables árboles, desertificar áreas verdes y romper algunos compromisos. Sobre todo, si los amigos empresarios encargadas de cauterizar heridas infligidas a la capital con cemento, varilla y asfalto estarán en posición de corresponder favores recibidos con creces, a la hora de promoverlo quizá como ‘el candidato de unidad que el país necesita’.

El disparate vial de la Supervía es apenas una probadita de lo que se cierne sobre los habitantes de una ciudad que se merece mejor destino, y que apostó por la alternancia en 1997 pensando que el PRD iba a desmarcarse de los métodos clientelares de antaño.

Por lo menos, eso es lo que pensé, hasta que fui testigo de primera mano en un evento que organizó (con demasiado estruendo y nulos resultados) el mismísmo GDF para ‘meter en cintura’ y ‘ordenar’ a las empresas cercenan árboles, bosques y jardines e instalan anuncios espectaculares,gigantografías, vallas, tapiales y otros adefesios ante la complicidad de autoridades que no meten la mano a favor de especies arbóreas gigantes que se interponen en la mirada de millones de automovilistas (los presuntos beneficiarios de estas obras inútiles), en 2008.

El convenio no contenía nada que garantizara la integridad de nuestro Patrimonio Ambiental. Puras buenas intenciones. Los anuncios iluminarían las calles, y no le caerían encima a los peatones o conductores. A eso se reducía el documento.

Algunos activistas le reprocharon al alcalde su abierto desprecio en la aplicación de medidas ejemplares contra estos delincuentes, quienes al amparo de la madrugada (y la corrupción, en todos los niveles) cometían sus fechorías acompañados por patrullas que escoltaban a los ‘castores’ en sus operativos. Decenas o cientos: miles, cientos de miles de árboles en camellones, vías públicas y hasta en escuelas, asilos y oficinas de gobierno. Delitos que, cometidos por el común de los mortales (hasta para cortar una rama), podrían recluirlo a uno a varios años en la cárcel.

‘Se equivocan. Lean bien lo que firmamos. El Medio Ambiente está más que protegido’, fue la escueta respuesta de Ebrard a estos cuestionamientos, y apenas se modificó un ápice el rictus adusto y republicano que adoptó para las cámaras. Por supuesto que sus palabras eran un embuste y todos lo sabíamos, pero nadie le preguntaría que abundara en sutilezas. El cónclave llegaba a su fin. No se tolerarían más interrupciones. Había que cerrar con broche de oro, y los participantes en la Mesa de Negociación (que incluía al presidente de la Asociación Mexicana de Publicidad Exterior o AMPE y Arturo Aispuro, titular en ese momento de Seduvi) fueron abriéndose paso entre elementos de seguridad y el gran silencio de la concurrencia. El oráculo se había pronunciado. No había más que decir.

Lo que sucedió después, puede constatarlo cualquier habitante de la ciudad. Devastación total a favor de los coches, pero eso sí: mucho cinismo. Un negocio redondo. La picaresca de taladores a destajo y funcionarios que tienen su lugar garantizado en anuncios estratégicamente ubicados, cuando sean candidatos durante las próximas elecciones en distintas ciudades pueblos y carreteras del país. Y el DF, que pudo haber sido ejemplo, a la vanguardia de estas deleznables prácticas ecocidas.

Así entendí (y me lo ha confirmado la vergonzosa historia de la Supervía, y la Cumbre de Alcaldes, y el posicionamiento mercadológico de su persona), que para Ebrard y sus valedores los Árboles son excrecencias: tumores urbanos, que se interponen en su camino.

Lo constato cada vez que deambulo por calles cada vez menos ajardinadas o camellones, en donde hay cámaras de vigilancia a granel (para eso las instalaron, ¿o no?) y Árboles colosales que están siendo envenenados y repuestos por flores, arrayanes, agaves o varitas enjutas.

También ahora comprendo por qué el área jurídica del GDF frenó en seco un proyecto de Acciones Colectivas que ya se había dictaminado en la Legislatura anterior de la ALDF en 2009, y que hubiera significado un cambio radical a favor de causas de interés público.

Fichas electoreras de trueque, como la defensa efectiva de los Derechos Humanos para grupos vulnerables. La plena y adecuada protección del Patrimonio Histórico, Ecológico o Cultural. O por qué no decirlo: el Medio Ambiente, tan redituable en su discurso pero que con tanto método y saña quiere destrozar la presente administración. Ésa que ha impulsado, junto con los diputados locales, causas sociales de avanzada. Contradicción manifiesta.

Ni modo. La realidad es mucho más mezquina. Había que pavimentarle al jefe de gobierno, a toda costa, su acelerada carretera multinivel por la presidencia.

Con ‘amigos’ como el que administra los destinos del DF, tendremos que seguir trabajando juntos para efectuar su rescate. Siempre, desde la Sociedad Civil.