blogeditor · 30 de marzo de 2020
La vivienda es elemental para enfrentar la pandemia que vivimos. No solo porque la primera gran indicación, enfatizada hace unos días por Hugo López-Gatell, sea quedarse en casa. Además de nuestra posición geográfica, el lugar en el que habitamos determina nuestra posición social, política, simbólica y económica. Implica, además, las posibilidades que tenemos para acceder a un bien tan escaso como lo es el suelo. Resguardarse del riesgo sanitario depende en gran parte del alcance con el que ejercíamos nuestro derecho a la vivienda adecuada antes de iniciada la contingencia. Por eso la crisis real no es en sí la pandemia, sino las condiciones de desigualdad y falta de acceso a los derechos en la que nos encontramos para recibirla. Y la situación de las personas trans es un claro ejemplo de ello.
El asunto de la vivienda trans apenas ha recibido atención académica, si bien existen ya algunos esfuerzos por atenderlo. En Argentina, por ejemplo, Daniela Botto y Rocío Rodríguez han abordado los obstáculos de este sector de la población para acceder a habitaciones en hoteles y pensiones como alternativa de vivienda.1 Por su parte, el National Center for Transgender Equality en Estados Unidos ha sistematizado información sobre los principales problemas de las personas trans para acceder a una vivienda (y permanecer en ella), promoviendo ante el gobierno federal de dicho país la adopción de políticas públicas en la materia.2
En el caso de México, el tema es aún invisibilizado y ha ocupado muy pocos espacios, destacando como una de las excepciones el informe “La situación de acceso a derechos de las personas trans en México” de la organización Almas Cautivas A.C.3 Si bien no se tiene estadísticas oficiales sobre el rezago de vivienda entre la población trans, sí se tienen algunos datos que nos ayuda a entender las limitadas opciones que posee ese sector para ejercer ese derecho.
Por ejemplo, sabemos que de acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Discriminación 2017 (ENADIS) cerca del 36.4% de la población en México mayor de 18 años afirma que no le rentaría un cuarto de su vivienda a personas trans.4 Asimismo, de acuerdo con datos de la RED LACTRANS, cerca del 90% de las mujeres trans se dedican al trabajo sexual.5 También se ha documentado que la gran mayoría de personas trans se sostiene de la economía informal,6 sin acceso a servicios de salud y sin perfil para acceder a créditos de vivienda públicos (como el INFONAVIT) o privados.
Otra cosa que también sabemos es que para las personas trans el aislamiento social es un asunto cotidiano. Los espacios públicos, aquellos que desde siempre nos han enseñado son parte del común, les han sido negados por no ser consideradas parte de la sociedad en la que nacieron. Los espacios privados no son menos hostiles, siendo frecuente que las juventudes trans se vean obligadas a abandonar sus hogares por discriminación –como sucedió hace años con Naomi Nicole García, recientemente asesinada en Ciudad de México–7. Muchas personas trans habitan ciudades en las cuales para sobrevivir deben temerle a los peatones, a la policía, a los militares e incluso a sus propias familias.
En la informalidad laboral, discriminadas al interior de su familia y en el exterior social, privadas de sentirse seguras en espacios del común, excluidas de posibilidades laborales más allá de ciertas actividades, expuestas a situaciones insalubres y de inseguridad, las personas trans son vistas como elementos prescindibles en un sistema capitalista, patriarcal, heteronormativo, alonormativo, clasista, racista y xenófobo. Tal y como ocurría durante las últimas horas del Titanic, se encuentran en la parte más oculta e ignorada del navío, lejos de los botes salvavidas.
La situación de la vivienda de las personas trans, sobre todo aquellas que se dedican al trabajo sexual, difiere en poco con la descrita hace casi un siglo por Emma Goldman sobre las mujeres que ejercían el trabajo sexual en su época.
“La mayoría de ellas carece de las mínimas condiciones de comodidad, o ni siquiera tiene un hogar; así, la calle o los lugares baratos de diversión le brindan la única forma de olvidar por un momento la fatigante rutina diaria. […] La joven se siente como un paria a quien la sociedad y su hogar le han cerrado las puertas. Pero como la tradición y la educación han sido tan fuertes, la joven misma se siente depravada y culpable, la tierra se tambalea bajo sus pies, no hay nada en que pueda apoyarse para superar su situación y no caer definitivamente. Es la propia sociedad quien crea las víctimas de las que después quiere desembarazarse.”8
La situación de la vivienda de grupos como la población trans no es una casualidad sino el reflejo de una discriminación estructural, sostenida por discursos que justifican o plantean falsos nexos causales entre su identidad y su contexto de exclusión. Todo este contexto permite que en situaciones que podríamos llamar cúspides (como lo es la presente pandemia) resulte “natural” para muchos que el lugar de las personas trans sea al final de la fila, en el subterráneo cuarto de máquinas diseñado para hundirse primero.
No son pocos quienes suelen afirmar que la caída del Muro de Berlín fue la enseñanza histórica de la inviabilidad del comunismo. Bien podría responderse que los tiempos que corren ante la emergencia mundial por el COVID-19 están haciendo un diagnóstico similar con el capitalismo. La mano invisible, que según se nos dijo resolvería poco a poco la desigualdad, brilla por su ausencia en la inmediatez del momento: los recortes a los sistemas de salud de varios países, o el desinterés por fortalecerlos, cobran una alarmante factura. La pregunta es si, eventualmente, la enseñanza llevará a un cambio estructural. Aunque lógico, no necesariamente será un escenario consecuente.
Más allá de las indudables medidas emergentes que deben adoptarse para proteger de la pandemia a la población trans en situaciones más precarias (como lo es el garantizar opciones de vivienda alternativa y/o refugios temporales), las personas trans –al igual que todas las mujeres, las personas indígenas, inmigrantes, seropositivas, entre otros grupos históricamente excluidos- siempre vivirán un riesgo mayor ante contingencias de este tipo mientras nuestra organización social, política y económica esté diseñada para que no sean prioridad cuando de salvar la vida se trata. Sobre todo cuando ese esquema se sostiene de discursos que justifican la imposibilidad de ejercer derechos humanos como un castigo para las personas trans por la “inmoralidad” de querer ser quienes son.
1 Botto, Daniela; y Rodríguez, Rocío. “El acceso a la vivienda para las mujeres trans: la precariedad habitacional como principal alternativa”, Ab-Revista de Abogacía, Año II, Número 3, Noviembre de 2018. Disponible en formato digital a través de este enlace.
2 National Center for Transgender Equality. “Blueprint For Equality: A Transgender Federal Agenda”, Junio 2015. Disponible en format digital a través de este enlace.
3 Almas Cautivas A.C. “La situación de acceso a derechos de las personas trans en México: problemáticas y propuestas”, enero 2019. Disponible en formato digital a través de este enlace.
4 INEGI. Encuesta Nacional sobre Discriminación 2017, Principales Resultados, pág. 15. Disponible en formato digital a través de este enlace.
5 RED LACTRANS. “Informe sobre el acceso a los derechos económicos, sociales y culturales de la población trans en América Latina y el Caribe”, Diciembre 2014, pág. 20. Disponible en formato digital a través de este enlace.
6 RED LACTRANS. “Informe sobre el acceso a los derechos económicos, sociales y culturales de la población trans en América Latina y el Caribe”, Diciembre 2014, págs. 9, 21 y 41. Almas Cautivas A.C. “La situación de acceso a derechos de las personas trans en México: problemáticas y propuestas”, enero 2019, págs. 114-118.
7 Animal Político. “Naomi, mujer trans, fue asesinada en CDMX; hay dos militares ligados al caso”, 29 de marzo de 2020. Disponible en formato digital a través de este enlace.
8 Goldman, Emma. “Tráfico de mujeres”, incluido en Tráfico de mujeres y otros ensayos sobre feminismo, Ana Becciú. Editorial Anagrama, 1977.