Jorge Avila · 31 de marzo de 2026
Una mujer de 78 años vive sola en un departamento en un tercer piso sin elevador. Ha vivido ahí durante más de 40 años. Su vida está ahí: sus recuerdos, su red, su historia. Hace meses, salir de casa se ha vuelto un riesgo. Bajar las escaleras implica dolor, cansancio y la posibilidad real de una caída. No quiere irse. No puede quedarse en las mismas condiciones. Su principal problema no es la edad, es el lugar en el que está envejeciendo.
Ese desfase, que suele pasar desapercibido, es uno de los problemas más importantes en sociedades que viven más años. La esperanza de vida global supera hoy los 73 años y las mujeres, en promedio, vivirán al menos cinco años más. Este cambio implica que millones de personas pasarán 20 o incluso 30 años en una etapa de vida para la cual ni nuestras ciudades ni nuestras viviendas fueron diseñadas.
La vivienda sigue respondiendo a una lógica distinta: cuerpos jóvenes, movilidad plena, estructuras familiares estables y tradicionales. El diseño de las viviendas no responde a trayectorias largas, diversas y muchas veces solitarias. Envejecer en casa se asocia con autonomía y dignidad, pero esa posibilidad depende de condiciones materiales concretas que muchas viviendas no cumplen hoy en día, tales como escaleras, baños sin adaptaciones, espacios reducidos y entornos poco accesibles que se convierten en una carrera de obstáculos. La OCDE ha advertido que una parte importante del parque habitacional no está adaptado al envejecimiento, lo que limita la posibilidad de sostener la independencia en el hogar. No estamos hablando aquí de fallas individuales, sino de decisiones de diseño que hoy empiezan a cobrar factura.
El problema se agrava cuando se observa un cambio demográfico que transforma por completo el significado de “vivir en casa”: cada vez más personas mayores viven solas. En varios países de la OCDE, más del 30% de las personas de 65 años o más habita en hogares unipersonales. Vivir más años implica, con frecuencia, vivir más años en soledad. En ese contexto, una vivienda no adaptada deja de ser un espacio de protección y se convierte en un factor de riesgo: caídas, deterioro de la salud, aislamiento. La autonomía desaparece poco a poco y se transforma en fragilidad.
Cuando la vivienda no funciona, el sistema de cuidados se traslada al ámbito privado. En algunos contextos, esto implica la institucionalización de las personas mayores en residencias; en otros, más frecuentes en América Latina, la reorganización familiar. La persona mayor se muda a casa de sus hijas o hijos y, más comúnmente, una hija asume el cuidado de la madre o el padre. Esto, hay que decirlo, no cambia el problema estructural. Las casas no están diseñadas para cuidar ni para la movilidad limitada, la atención cotidiana o el acompañamiento prolongado. El sistema de cuidados termina descansando en espacios que no están diseñados para ello y en el trabajo no remunerado de las mujeres, que representan el 75% de las cuidadoras a nivel mundial.
Esta realidad pone sobre la mesa una realidad más profunda: el cuidado ha sido privatizado y llevado al ámbito doméstico, como si el ámbito de lo público y quienes toman decisiones en él no tuvieran nada que ver. Esto ocurre dentro del hogar, pero sin que el hogar tenga una infraestructura material, financiera, arquitectónica, emocional y humana que lo sostenga digna y justamente. Esto tiene consecuencias concretas en la calidad de vida de quienes requieren apoyo y de quienes lo proveen. Mientras el sistema de cuidados no se diseñe como tal, la vivienda seguirá siendo un punto ciego en el ecosistema de la longevidad.
A esto se suma una dimensión económica que suele quedar fuera de la conversación. Muchas personas mayores tienen patrimonio, principalmente en forma de vivienda, pero eso no se traduce necesariamente en liquidez. La OCDE ha documentado que la riqueza en la vejez se concentra en activos no líquidos, lo que limita la capacidad de enfrentar gastos cotidianos, de salud o de cuidado. Tener casa no significa poder vivir bien en ella. La vivienda puede ser, al mismo tiempo, un activo y una limitación para las personas longevas.
Aun así, este escenario parte de una premisa que no aplica para todas las personas ni en todo el mundo: tener una vivienda. Para millones, la vejez transcurre en condiciones de precariedad, sobre todo para las mujeres. La pobreza sigue teniendo rostro de mujer. En los países de la OCDE, una proporción relevante de personas mayores vive en alquiler y enfrenta una carga financiera significativa para sostenerlo, en algunos casos destinando más del 40% de su ingreso disponible a la vivienda. En contextos como América Latina, donde predominan la informalidad y la falta de sistemas de protección sólidos, la situación es aún más frágil. Para muchas personas, el problema no es cómo envejecer en casa, sino simplemente saber si tendrán una.
En el caso de las mujeres, este escenario es más complejo. Viven, en promedio, alrededor de cinco años más que los hombres, tienen trayectorias laborales más fragmentadas y llegan a la vejez con menos recursos acumulados. Esto incrementa la probabilidad de vivir solas y de enfrentar mayores dificultades para adaptar o cambiar su vivienda, en caso de tener una. La longevidad, en estas condiciones, amplifica desigualdades previas en lugar de corregirlas.
Existen alternativas: modelos de vivienda colaborativa, esquemas intergeneracionales, soluciones que combinan autonomía con redes de apoyo. Sin embargo, siguen siendo marginales y no forman parte del diseño estructural de las ciudades ni de las políticas públicas. Sabemos hacia dónde avanzar, pero no lo estamos haciendo a escala.
La longevidad nos obliga a replantear no solo cuánto vivimos, sino dónde y en qué condiciones lo hacemos, tanto como hombres y como mujeres. Mientras la vivienda no se piense como parte del ecosistema de la longevidad y de la infraestructura de cuidado, el hogar seguirá siendo un espacio ambiguo: promesa de autonomía y, al mismo tiempo, riesgo cotidiano.
Envejecer en casa no debería ser una apuesta incierta. Sin embargo, para muchas personas, hoy lo es.