blogeditor · 7 de marzo de 2022
La vivienda y la ciudad son territorios. Como el cuerpo, como la tierra. Hay que recuperarlos y defenderlos. De ellos depende lo íntimo, pero también lo común –que quizá no son sino las dos partes de una misma cosa. Esta semana del 8 de marzo debemos recordar que la especulación inmobiliaria, los diseños cochistas, la arquitectura hostil y la concentración del suelo en unas cuantas manos también alimentan el sistema patriarcal. Y se alimentan de él.
Mucho se ha escrito sobre cómo las ciudades han sido negadas a las mujeres y acaparadas por los hombres. Pero en realidad han sido negadas a un sinfín de realidades que no se ajustan a aquel hombre blanco, cisgénero, heterosexual y sin discapacidad que Le Corbusier tomó como estándar arquitectónico para diseñar casas. Incluso, se han cedido permisos a algunas mujeres bajo la condición de ser blancas, cisgénero, heterosexuales y sin discapacidad.
Por eso la marcha del 8 de marzo es un acto radical contra la ciudad excluyente. Hay quienes no se enteran de lo diversas que son las mujeres y las realidades de sus ciudades sino hasta que ven los contingentes arrebatando los espacios que comúnmente les son negados. Incluso muchas de nosotras no caemos en la cuenta hasta ese momento.
Las mujeres habitan las ciudades con libertad condicionada. Pero más aún cuando son racializadas, trans, inmigrantes, indígenas, afromexicanas, con discapacidad, trabajadoras sexuales, madres o simplemente cuando son lo que son sin encajar en lo que deberían ser. Las marchas siempre son una postura política sobre los espacios. Aunque es una la causa que nos convoca, la diversidad en ella siempre se impone para dimensionarla.
Siendo congruentes con ese territorio negado, al marchar debemos también reivindicar el derecho a la vivienda como un pilar indispensable para alcanzar esa habitación propia de la que hablaba Virginia Woolf. La política de vivienda en México aún reproduce lógicas patriarcales en su diseño. Quienes digan que exageramos debieran verla a detalle: desde su redacción constitucional hasta las reglas de operación de sus programas, encontramos obstáculos que cuando no son exclusivos de las mujeres sí les afectan de manera diferenciada.
La política de vivienda ha sido además asimilacionista, condicionándola a la adopción de materiales, diseños y dinámicas del hogar propios de la mujer blanca, occidental y no racializada. Indígenas y afromexicanas se ven en la disyuntiva de tener que acceder al blaqueamiento de sus espacios a cambio de poder adquirir, ampliar o mejorar las condiciones en las que viven. Lejos de ser un mecanismo para su liberación –para esa habitación propia- les obliga a ellas, sus familias y sus comunidades a ser huéspedes en sus propios hogares.
También en México seguimos creyendo que la política de vivienda no debe incluir un programa de refugios para mujeres víctimas de violencia y para población LGBT+. Seguimos creyendo que se trata de asuntos privados. Seguimos responsabilizándoles de su suerte.
Luchar por el derecho a la vivienda y a la ciudad es tener que posicionarse contra el sistema patriarcal, racista y capacitista, así como contra la cisheteronorma. Lo personal, lo íntimo, es la raíz de los colectivo. Vivienda y ciudad son dos perspectivas para entender ese mismo territorio al que tenemos derecho. La lucha es para que entremos todas en él, no para conseguir canonjías para unas cuantas.
@kalycho