blogeditor · 22 de julio de 2014
Por: Jaime Ruiz (@JaimeRuizFdez)
“Se quiere demoler Saint-Germain-l’Auxerrois para un trazado de plaza o de calle; algún día destruirán Notre-Dame para agrandar la plaza; otro día arrasarán París para agrandar la explanada de los Sablons”
Victor Hugo, 1831
Esta ciudad no para de crecer, lo volvió a comprobar la ONU hace apenas una semana situando al Distrito Federal como la cuarta más poblada del mundo. Las proyecciones a futuro indican que crecerá a un ritmo menor al acostumbrado, debido, entre otras cosas, al nacimiento de lo que ahora llaman “las nuevas clases medias”; algo que no se observa todavía en las megalópolis orientales, que al parecer seguirán liderando este ranking para el año 2030. No sabemos si esta gente de la ONU acertará con sus predicciones estadísticas, en este tema de ciudades lo único que parece claro es que… cuanto más grandes, más jodidas.
Superposición de una imagen satelital de la Tierra de noche sobre un mapa de la Ciudad de México (Google Earth& NASA, 2014)
La condición de las ciudades actuales demuestra que vivimos una transformación equiparable al surgimiento de las sociedades industriales y, por tanto, una crisis de las ideas modernas de urbanidad, ciudadanía, vivienda y espacios públicos. No es sorprendente que estos términos y algunos otros empiecen a estar cada vez más de moda.
[contextly_sidebar id=”LdOaKWARcpgytvEw1FBFomnf5RIPiZuT”]Entender la ciudad más allá de la aglomeración de personas, edificios y carros no es tarea fácil. Necesitamos comprenderla como un lugar ocupado por infinidad de actores sociales y como construcción simbólica producida por las relaciones entre las instituciones y personas que vivimos en ella. Las características de la actual economía neoliberal y los cambios tecnológicos provocan una ruptura radical con las configuraciones urbanas tradicionales. Hoy las ciudades asumen un abanico de posibilidades tanto a nivel geográfico, demográfico y en un amplio sentido cualitativo.
Un rasgo ejemplificador sobre este fenómeno es lo que se conoce como gentrificación, término usado por primera vez en Inglaterra durante los años 60 para referirse al proceso por el cual un barrio habitado por población de bajos ingresos es modificado y ocupado por población de clases medias y altas, quienes a su vez renuevan las viviendas así como la estética y la dinámica de la zona. Hay quienes para hablar de lo mismo utilizan palabras como recualificación, renovación urbana o reurbanización… Yo, personalmente, prefiero definirlo como el proceso por el cual “gente bonita y de vanguardia” se instala en un barrio de “gente fea, anticuada y fuera de lugar”, expulsándolas gradualmente mediante una gestión urbana “empresarialista”. Date una vuelta por La Roma o La Condesa, paga 40 pesos por un taco y sabrás de qué hablo.
Paseantes por una de las calles de la Colonia La Roma en el Distrito Federal (Wikimedia Commos, 2014)
Más allá del precio de los tacos o del incremento de lentes de pasta (directamente proporcional a la expansión de galerías de arte underground), la gentrificación no siempre hay que verla desde la crítica y el escepticismo, el DF no sería la ciudad que es hoy sin estas zonas atractivas no sólo para hípsters y modernos, sino para turistas, paseantes y todo tipo de inversores. Sería una incongruencia por mi parte posicionarme totalmente en contra. Vivo en La Roma, no pocas veces he pagado el taco a precio de langosta tras una exposición de arte conceptual que, si te soy sincero, nunca llegué a entender.
Reconozco que me preocupa la expansión de este proceso, por experiencia en otras ciudades que conozco en Europa, donde comenzó principalmente en sus centros históricos y cuyos nefastos efectos se siguen sufriendo actualmente: véase el fracaso urbano de Barcelona, una ciudad museo con un centro obsoleto y la población segregada en las periferias… Bonita, sí, pero inútil.
Imagen tomada del post “Berliners are waging a war against gentrification”, abril, 2013, de Matt Shea
Me preocupa, repito, porque ya es visible su expansión hacia al centro urbano del Distrito Federal, una zona no exenta de problemas de toda índole. La gentrificación en un centro histórico como éste puede traernos graves consecuencias con sus tendencias de transformación de la imagen urbana. Por un lado, el “embellecimiento” de la zona con el alto costo social que supone lo que en políticas públicas se entiende como “limpieza”: la eliminación radical de la venta ambulante y la expulsión de demás personas non gratas en su nuevo concepto de ciudad (indigentes, prostitutas o niños de la calle). Por otro lado, las intervenciones en el propio patrimonio histórico para su explotación comercial, en una suerte de marketing urbano en búsqueda de turismo e inversión sin una planeación consecuente y responsable con el conjunto de la sociedad civil, suele dejar en un segundo o tercer plano la calidad y condiciones de vida de sus habitantes.
Aunque el aumento de las clases medias es siempre algo positivo en una ciudad caracterizada por la desigualdad y la polarización social, el panorama no es tan prometedor si consideramos hacia dónde vamos en el sentido territorial y de planeación urbanística.
En LEXIA, no son pocos los proyectos desarrollados en cuestión de vivienda y estilos de vida no sólo en DF sino en otros puntos de la República. Los últimos estudios muestran que el aumento de las clases medias viene acompañado también de nuevas formas de entender la vivienda, de vivir y habitar la ciudad. Observamos que tras la elección de compra de una nueva vivienda hay motivadores más allá del tipo de inmueble e infraestructuras mínimas necesarias, como son la ubicación y la aspiración a vivir como lo que se suponen que son, la nueva clase media.
En este sentido, la vivienda ideal estaría situada en un sitio considerado como “céntrico” (centro nodal en cuestión de accesibilidad, comercios, servicios y transporte público). Por lo que la distribución social a lo largo del territorio seguirá dependiendo de lo mismo de siempre, de la capacidad adquisitiva de sus habitantes.
Como resultado de estas dinámicas y sumado a las aspiraciones generales a la hora de buscar dónde vivir, todo parece indicar que tendremos un centro urbano cada vez más extenso, bonito, cuidado, ordenado y atractivo en una especie de ilusión primermundista, cuyo éxito consistirá en ocultar una realidad no menos preocupante que la de hoy día, ya que la polarización continuará expresándose en el territorio urbano desde el centro hacia las periferias.
* Jaime Ruiz Fernández es consultor de LEXIA desde 2012. Licenciado en Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y con maestrías en Estudios Urbanos por la Universidad de Sevilla y la Università degli Studi di Genova.