Animal Político · 2 de octubre de 2026
Por Roberto Rueda Monreal*
El 30 de septiembre se celebra el Día Internacional de la Traducción. Y, desde una perspectiva más intimista, en lo muy personal, el Día del Traductor Literario.
La traducción literaria es justo esa… ¡esa poética otredad!
No voy a ahondar sobre la importancia del arte de traducir ni del mismo celoso oficio que propicia de todo para enfrentar conflictos que involucran ética, profesionalismo y formación reales, política, economía, placer, amor, eternos desvelos, sobrevivencia y demás; que obliga a recorrer tortuosos caminos de negociación con lo diferente y a darse miles de topes contra todo tipo de muros con tal de captar la esencia y las propuestas específicas de esos autores provenientes de muy diversas y vastas doxas literarias extranjeras para, posteriormente, verterlas en ese monstruo de mil cabezas llamado lengua materna.
Sobre aquello que ocurre con los textos traducidos, incluyendo sus proyectos, al momento de introducirse a esa especie de trituradora llamada “proceso editorial”, tampoco he de sumergirme. Prefiero concentrarme en lo que ahora es digno de celebrarse, los primeros 10 años de la Asociación Mexicana de Traductores Literarios, Ametli, y la autora de una calamidad.
Ametli fue fundada el 23 de septiembre de 2016, a iniciativa del traductor literario Arturo Vázquez Barrón. ¿Y quién es Vázquez Barrón? Es toda una institución de la francofonía en el mundo, pues desde hace más de 40 años ha formado y sigue formando a profesionales de la traducción literaria que posteriormente brillan en el mundo editorial, cultural y académico, por no hablar de su participación en la organización de múltiples foros y eventos nacionales e internacionales. Arturo Vázquez Barrón es fundador, a su vez, del Diplomado en Traducción Literaria y Humanística del Instituto Francés de América Latina, del propio Diplomado de Ametli (en conjunto con la UDIR-UNAM) y del Centro Profesional de Traducción e Interpretación de la Embajada de Francia en México.
Así, junto con Vázquez Barrón, las reconocidas traductoras y traductores Claudia Cabrera, Mónica Mansour, Liseth Flores Medrano, Cristina Rascón, Ofelia Arruti, Edith Verónica Luna, Humberto Pérez Mortera, Nadxeli Yrízar Carrillo, Alfredo Villegas, Yenny Enríquez, Bárbara Bertoni, Sonia Verjovsky, Adriana Romero Nieto y quien esto escribe, Roberto Rueda Monreal, representamos el grupo de 15 miembros fundadores que dieron origen a Ametli.
A diez años de su nacimiento, Ametli se ha posicionado como la asociación que defiende los derechos de los traductores literarios y que promueve el mejoramiento de las condiciones del trabajo traductor (lo que implica apostar por mejores contratos, tarifas, tiempos, establecimiento de porcentajes y regalías justos…); como representante del gremio ante medios, editores, críticos literarios, editoriales, transnacionales, emporios y ante instituciones públicas y privadas; como la entidad que lucha por la visibilidad franca y abierta del traductor literario, tanto en portadas de libros, en todo tipo de publicidad como en cualquier promoción para dejar claro que el traductor también es el autor de sus obras traducidas.
Ametli como armadora de grupos especializados de trabajo que lo mismo se sientan con los que planean convocatorias como el Programa de Apoyo a la Traducción, el PROTRAD (que este año otorgó más apoyos a mujeres), que arman y lanzan iniciativas parlamentarias (en el Senado) para mejorar instrumentos como el contrato de traducción y que luchan para que se amplíen los apoyos a la traducción literaria por parte del Sistema Nacional de Creadores de Artes (SNCA), que se ha estancado en la triste cifra de dos. A todas luces, grosera, por insuficiente.
Por otro lado, a pesar de que Ametli llegó tarde al mundo de las asociaciones en la región hispanoamericana (Argentina, España y Colombia, en ese sentido, ya llevaban décadas con sus respectivas asociaciones de traductores), muy pronto se convirtió en obligado y aguerrido referente en el planeta al proponer acciones e ideas que llevaron a fundar, por ejemplo, la Alianza Iberoamericana para la Promoción de la Traducción Literaria (Alitral) y a organizar internacionalmente la Cantera de Traductores.
Para rematar, sin dejar nuestro regocijo celebratorio y traductor, retomo la Cantera de Traductores, esa gran estancia hispanoamericana convertida en un muy especializado santuario que ha reunido a autoras y autores de Suiza, Canadá, Francia, Alemania, Estados Unidos, Reino Unido, Brasil, entre otros, y a traductoras y traductores literarios de España, Argentina, México, Colombia, Chile, Perú, Venezuela, en donde, a través de talleres, charlas, conferencias, pero, también, caminatas, convivencias e intercambio de experiencias, se termina no solo aprendiendo y creciendo sino implementando todo aquello que “la otredad” nos ha brindado cual regalo.
Y, en ese sentido, sin temor a equivocarme, creo que Camila Fadda Gacitúa, que es una traductora y poeta que emergió de la Cantera de Traductores (2018) siendo una artista completamente distinta, es un ejemplo de esa familia y esa hermandad que acabo de sugerir. Con los paradigmas, los intercambios y las herramientas de la traducción literaria que ha logrado colar en su obra original, la poeta chilena ha tocado en los últimos años los cuernos de la luna mucho más de “lo normal”.
Este año, a través del accésit Juan Ramón Jiménez-Zenobia Camprubí (enfocado en los poetas que radican fuera de España), el VIII Premio Nacional de Poesía Viva #LDELÍRICA le ha sido otorgado a Camila, nuestra canterista. Así que, de su poemario calamidad comparto:
Ella
voló a otra cosa
al terminar su quehacer en la flor
el abejorro no supo a dónde ir
no encontró con qué rimar.
Lo digo con sinceridad. Siento este logro como uno nuestro, un premio que también es de Ametli porque Fadda nació donde se le dio su chingada gana y, además, es hija de la Cantera. Cosas del gremio y del alma.
Y es que en el fondo esto es literaria traducción, y aunque podría parecer patética obviedad, celebrar a Fadda en su obra escrita, hablada, cantada, declamada, es llorar y sentir orgullo por lo que ya está en nosotros profundamente dentro… ¡esa poética otredad!
*Roberto Rueda Monreal es politólogo, escritor y traductor literario formado en la Universidad Autónoma Metropolitana y en el Instituto Francés de América Latina