blogeditor · 11 de febrero de 2022
“Tenemos todo bajo control“.
Donald Trump
Llegar al restorancito del barrio donde has pasado buena parte del asunto pandémico y que por primera vez en muchos meses la dueña te permita el paso sin tomarte la temperatura, ya sea por olvido o por simple relajación del protocolo, implica algo trascendente dentro de la eterna coyuntura viral, ya sea visto desde un lado o desde el otro.
Por la cara, digamos, suavecita, el que la patrona de la gran fondita gourmet (en la que, por cierto, has disfrutado espléndidas comidas casi cada tarde, luego de entrar tras riguroso pase de lista frente a la mesera, que diariamente te apunta directo a la muñeca con el termómetro que ya todos conocemos, ese mitad azul, mitad blanco, que pareciera un arma de juguete extraída de un futuro en el que quienes ganaron la guerra seguramente fueron los dueños de muñecas y juguetes Ensueño) te haga señas desde el fondo del local invitándote a entrar así nomás, constituye, más allá del odioso cubrebocas que ambos llevamos puesto, un entrañable recordatorio del mundo que se evaporó desde marzo de 2020, aquel en el que llegar a un lugar así equivalía simplemente a asomarse “a ver si había mesa” y si la había, pasarse. Por el otro lado, el rugosito, ese afán de amabilidad que por un instante —antes de pasar al lavamanos— transportó la escena a ese mundo del pasado en el que solo el personal de los hospitales sabía cotidianamente del gel antibacterial, habla del subconciente, aquel que activamente quisiera decirnos que, ahora sí, ya se acabó la pandemia. No es así y en realidad el recordatorio va en el sentido contrario, aquel que inquieta al reafirmar que el virus sigue aquí. Más flacuche, quizá, pero sigue aquí.
Los datos a la mano reportan que los contagios por Covid decrecen y que el número de ingresos a hospitales debidos al virus disminuye en la medida que la población se vacuna. Es borrosa aún la línea de optimismo que todos querríamos mirar marcada en las siguientes escenas de esta película de ciencia ficción en la que nos metimos, pero en la actitud de muchos se percibe esa especie de ansiedad optimista que vive cada día esperando que la pandemia se disuelva.
“Lo normal nos ha llevado a esto” escribió en 2020 Ed Jones, periodista dedicado a la fuente científica. Conforme han transcurrido los meses y se acumulan los años, la carga de nuestra responsabilidad en la aparición del virus y la consecuente pandemia cada vez nos parece más ligera. Hemos terminado por aceptar que el mundo presente no volverá a ser el mismo, pero cada vez deseamos con mayor fuerza que se parezca al pasado.
Estamos viviendo el vórtice de la impaciencia: esta cosa no se acaba, quizá no terminará del todo nunca, pero resulta estimulante decirnos por lo bajito que al parecer, solo al parecer, el virus, empachado de desgracias, comienza a perder un poco de peso.