blogeditor · 7 de diciembre de 2020
La alternancia en el poder no trajo y no parece que traerá la reforma democrática de las políticas y las instituciones de seguridad, al menos en la mayoría del país. Para qué son las elecciones, si lo preguntamos desde la perspectiva de la inseguridad y las violencias. No existe evidencia disponible concluyente que confirme que el voto premia los éxitos y castiga los fracasos en la seguridad.
En cambio, se viene dando a conocer una investigación que enseña la manipulación de las políticas de seguridad relacionada con incentivos electorales. Peor aún, según un extraordinario estudio apenas publicado, el acceso al gobierno por parte de múltiples partidos creó incentivos que acaso en buena medida explican cómo México alcanzó niveles de violencia homicida incluso superiores a países en conflicto armado reconocido.
Esta investigación reformula desde la teoría política, la interpretación sobre la interdependencia entre el poder público y la delincuencia organizada en México, planteamiento que merece ser discutido a profundidad desde cualquier aproximación oficial o independiente a las violencias (en otras colaboraciones discutiré varios aspectos del texto citado).
Vaya paradoja, la transición democrática electoral, no habiendo sido acompañada por una reforma democrática del sector de la seguridad -entre otros factores-, trajo mucha más violencia.
Sin partido político alguno que construya plataformas informadas y críticas de cara al paradigma fallido de seguridad, no queda otra más que preguntarnos para qué sirven las elecciones, además de contribuir a la desorganización de la interdependencia política, empresarial y criminal, y la consecuente agudización de la violencia homicida.
Conversando con Yuval Noah Harari, Michael J. Sandel desmenuza algunos aspectos centrales de la crisis de la democracia y la emergencia de los populismos, enfatizando, por ejemplo, que los partidos políticos dejaron de ser instrumento a favor de la voluntad popular. Sin novedades, dirán algunas personas. Cierto, la desacreditación y disfuncionalidad de los partidos no es nueva, pero sus consecuencias se acumulan y contribuyen a que los problemas y el conflicto no encuentren procesamiento alguno.
Las elecciones han pluralizado el acceso al poder y una de las consecuencias ha sido la multiplicación de las violencias; pero los partidos han accedido a los gobiernos sin al menos intentar construir plataformas electorales serias de reforma democrática de las políticas e instituciones de seguridad. De procesos de implementación de largo plazo, ni hablemos.
Le llaman democracia; yo le llamo buen negocio para los propios partidos y malo, cada vez peor, para la sociedad.
Las elecciones no han servido y al parecer no servirán para que la competencia traiga buenos gobiernos frente a la inseguridad y las violencias. ¿Qué hacemos?