blogeditor · 15 de febrero de 2021
Se han prolongado las atrocidades en México. Todos los relatos imaginables e inimaginables de las violencias han llegado al público. Con el crecimiento de las redes sociales se multiplicó al infinito las veces que una persona es testigo de la violencia que ejerce otra u otras. Además, se han publicado montañas de informes documentando con mayor o menor profundidad todas las violencias posibles. Los medios de comunicación relatan las atrocidades sin freno y ninguna narración parece ya novedad.
¿Y luego? ¿Qué nos ha pasado con todo esto? ¿Qué nos pasa con la noticia de cada nueva atrocidad? Por ejemplo, qué efecto tuvo saber sobre la masacre contra 19 personas, la mayoría migrantes de Guatemala, sucedida en Camargo, Tamaulipasm e informada el pasado 19 de enero. O qué le sucede a cada persona cuando se entera de una y otra y otra y otra mujer asesinada.
La respuesta fácil es que la indiferencia se ha apoderado de la gran mayoría de la sociedad. Otra respuesta, mucho más difícil -y seria-, parte de mirar la indiferencia más bien como un síntoma de múltiples posibilidades en la construcción de las opiniones, actitudes y valores de cada persona, de cara a las violencias.
Mis conversaciones regulares con personas víctimas, integrantes de organizaciones de la sociedad civil y dedicadas a la academia, enseñan una referencia constante al desgaste social forjado justamente a golpe de violencias. “La gente está harta”, escucho una y otra vez. Mis diálogos con quienes han estudiado diversos enfoques de la psicología insisten en no elaborar conclusiones de ninguna naturaleza sin conocer las historias de cada persona expuesta directa o indirectamente a las violencias.
Por lo demás, en mi entorno personal lo vivo a diario: hace mucho, pero mucho tiempo la mayoría quisiera no saber nada más sobre las violencias en México.
Hace muchos años una periodista extranjera me preguntó cuándo México tocará fondo; le contesté que primero este país debería saber cuál es su fondo. Tal vez si algún día son millones las personas que condenan las violencias, ahí acaso estaremos enseñando que hemos tocado fondo, agregué.
Sea una u otra la relación que cada persona tiene con las violencias, sea cual sea la disponibilidad de interpretaciones profundas sobre esto, la condena masiva no llega, pero el silencio masivo sí.
Y mi alarma es que la suma de todos los silencios equivale a la derrota social. Y nada hay más potente que la derrota social para asegurar que las violencias sigan su cauce.