blogeditor · 11 de noviembre de 2021
Hasta donde sé, nadie discute que es más fácil resolver un problema cuando se sabe más de qué está hecho. Si se define bien el problema, es más probable que la solución sea la adecuada. Pues bien, parece que no siempre. Pueden darse circunstancias donde acumular más y más información parece alejar más y más la solución, o cuando menos ciertas posibilidades de solución. Es el caso de las violencias.
Hemos trabajado junto con mucha gente y por muchos años a favor de la construcción de los mejores diagnósticos posibles asociados a las violencias. Existe cualquier cantidad de investigaciones académicas y periodísticas que nutren precisamente y cada vez de manera más profunda esos diagnósticos. Por lo demás, la metodología generalmente aceptada de las políticas públicas en cualquier materia propone justamente afinar al máximo posible la fotografía que se toma a la problemática que se debe resolver.
En el Programa de Seguridad Ciudadana de la Ibero CDMX (PSC) venimos analizando qué hace la gente respecto a la información que recibe sobre las violencias, ya sea por experiencia directa o indirecta. Hemos encontrado investigaciones documentando el temor, la desesperanza, la frustración, la impotencia y también sabemos de casos -pocos- donde las personas se organizan para reducir las violencias y construir comunidades seguras.
Apenas ayer me presentaron los resultados de recientes investigaciones que vienen confirmando tal vez la peor noticia: se está generalizando la aceptación de que no hay, pero tampoco habrá salida. Ya sedimentó la resignación frente a dichas violencias y la delincuencia, me cuentan (el PSC organizará sesión pública para discutir estos hallazgos).
Hemos construido una hipótesis de trabajo que nos ha sacudido: contrario a este supuesto según el cual mientras más sabemos del problema es más posible resolverlo, en México y quizá en muchas otras partes acaso viene sucediendo justo lo contrario. Mientras más información se muestra de qué están hechas las violencias, parece que más y más personas deciden apartarse de cualquier compromiso con su solución.
Esto representa algo que podemos llamar contraintuitivo, es decir, algo que no parece probable desde lo que es aceptado a través de la intuición. Cualquiera reacciona favorablemente, en abstracto, a la idea referida de que debemos saber más de las violencias para saber mejor cómo resolverlas. Pero en lo concreto podría no ser así. En la experiencia concreta de las personas en general, pero también quizá de muchas personas responsables de tomar decisiones desde los gobiernos, tal vez lo que realmente está sucediendo es justamente lo contrario: entre más saben, más se mueven hacia una actitud refractaria a lo que supuestamente debería suceder, es decir, la acción colectiva para construir una sociedad pacífica.
Si esto es cierto, estamos en el peor de los mundos. Si no sabemos qué son realmente las violencias, jamás las podremos resolver; pero en esta ruta de más y más información estaríamos caminando hacia el mismo efecto.
Estamos ante la posible paradoja de la evasión: la mejor información sobre las violencias y en particular sobre las atrocidades asociadas a la violencia homicida, en vez de empujar las soluciones, estaría matando también las posibilidades de la acción colectiva para construir la paz.