La guía que enseña a acompañar sin revictimizar

Jorge Avila · 19 de mayo de 2026

La guía que enseña a acompañar sin revictimizar

Por Marco Cancino

Hay libros cuya existencia evidencia el tamaño del problema que intentan enfrentar. “La Guía para acompañar a niñas, niños y adolescentes víctimas de violencia sexual. El andar de Casa Amiga” es uno de ellos. Un documento indispensable, no solo por su rigor metodológico y utilidad práctica, sino porque confirma algo que en México se sigue sin atender con la seriedad suficiente: miles de niñas, niños y adolescentes sobreviven a la violencia sexual mientras las instituciones encargadas de protegerles operan con enormes déficits de capacidad, coordinación y sensibilidad.

Basta imaginar a una niña intentando revelar por primera vez que alguien cercano la violentó. No un desconocido en la calle, sino alguien de confianza: un familiar, un vecino, un cuidador. Después viene el recorrido institucional: repetir el relato ante distintas autoridades, enfrentar ministerios públicos saturados, personal sin especialización suficiente, dictámenes periciales tardíos y procesos judiciales interminables. Lo más preocupante es que este patrón se repite independientemente del partido político que gobierne, del estado del país o del discurso institucional en turno. Cambian las administraciones y las narrativas públicas, pero la capacidad real del Estado para atender de manera integral y sin revictimizar sigue siendo profundamente limitada.

Ahí radica uno de los principales méritos de esta guía elaborada por Casa Amiga y El Colegio de la Frontera Norte: logra documentar, desde la experiencia práctica y el acompañamiento directo a víctimas, las fallas estructurales que persisten en el sistema de atención y justicia. No se trata únicamente de una publicación académica. Es una herramienta metodológica construida a partir de décadas de trabajo con niñas, niños y adolescentes víctimas de violencia sexual en Ciudad Juárez.

El documento tiene una enorme virtud: entiende la atención a víctimas como una ruta integral y no como procedimientos aislados. Explica cómo deben intervenir de manera coordinada las áreas psicológicas, médicas, jurídicas y sociales; desarrolla criterios para disminuir la revictimización; analiza la importancia de la credibilidad del testimonio infantil; y ofrece herramientas concretas para comprender las secuelas emocionales, cognitivas y conductuales derivadas de la violencia sexual. También desmonta algunos de los mitos más dañinos que siguen presentes dentro de las instituciones: la idea de que las niñas y los niños exageran, confunden o inventan.

La guía además realiza un aporte particularmente relevante para la discusión pública: nombrar correctamente el problema. No habla de “maltrato” ni suaviza la gravedad de los hechos bajo conceptos ambiguos. Utiliza deliberadamente el término “violencia sexual”, reconociendo que cualquier acto sexual cometido contra una niña, niño o adolescente implica una relación desigual de poder y un daño físico y psicológico profundo.

Otro de sus grandes aportes metodológicos es el abordaje interdisciplinario. El texto combina teoría social, análisis jurídico, epidemiología, psicología clínica y enfoque de derechos humanos. Particularmente valioso resulta el desarrollo de conceptos como el continuo de violencia, la interseccionalidad y el adultocentrismo, porque permiten entender que la violencia sexual no ocurre de manera aislada, sino dentro de contextos donde también existen desigualdad, discriminación, violencia familiar y relaciones profundamente asimétricas de poder.

La obra deja algo claro: la violencia sexual contra niñas, niños y adolescentes no es excepcional ni ocurre principalmente a manos de desconocidos. Suele presentarse en espacios cotidianos y de confianza. Esto resulta especialmente incómodo porque desmonta una narrativa social profundamente arraigada: la idea de que el principal riesgo está afuera del hogar, cuando en realidad gran parte de las agresiones ocurre dentro del entorno cercano y familiar.

Desde Inteligencia Pública hemos observado dinámicas similares en distintos procesos de acompañamiento institucional, particularmente en Ciudad Juárez y San Luis Potosí, donde hemos participado en el pilotaje e implementación de protocolos, capacitación especializada y modelos de atención intersectorial para niñas, niños y adolescentes. La experiencia acumulada confirma algo que esta guía también documenta con claridad: el principal problema no suele ser la inexistencia de normas o protocolos, sino la incapacidad institucional para operarlos adecuadamente.

México cuenta con marcos normativos importantes: la Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes, la NOM-046 para la atención de violencia familiar y sexual, protocolos especializados, fiscalías y procuradurías de protección. Sin embargo, la distancia entre la norma y la práctica sigue siendo enorme. Persisten déficits crónicos de personal especializado, ausencia de modelos integrales de atención, sistemas periciales rebasados, escasa coordinación interinstitucional y tiempos de respuesta incompatibles con la urgencia que requieren las víctimas.

Uno de los mayores vacíos sigue siendo la falta de modelos verdaderamente integrales de atención, en donde las víctimas puedan recibir atención psicológica, médica, pericial y jurídica en un solo espacio, evitando que tengan que repetir su testimonio múltiples veces. En muchos municipios del país, las niñas y niños aún deben recorrer distintas instituciones para obtener atención mínima, lo que incrementa significativamente el riesgo de revictimización.

A ello se suma otro problema estructural: la ausencia de mecanismos reales de evaluación y supervisión de los protocolos existentes. En México se producen lineamientos constantemente, pero pocas veces se mide si realmente funcionan, si disminuyen la revictimización o si mejoran el acceso a la justicia.

La guía de Casa Amiga aporta además algo que rara vez aparece en documentos oficiales: una mirada profundamente humana sin perder rigor técnico. Reconoce que detrás de cada expediente existe una vida interrumpida y que la atención institucional no puede reducirse a trámites administrativos o estadísticas. Esa sensibilidad resulta particularmente relevante en un contexto donde las víctimas infantiles suelen enfrentarse a estructuras adultocéntricas que desacreditan su voz y priorizan la comodidad institucional sobre su bienestar.

Y, sin embargo, el texto no cae en el derrotismo. Propone rutas concretas: fortalecer la especialización institucional, mejorar la coordinación entre dependencias, profesionalizar a operadores del sistema de justicia, garantizar acompañamiento psicológico de largo plazo y desarrollar políticas preventivas que permitan intervenir antes de que la violencia escale.

Esa quizá sea una de las enseñanzas más importantes de la guía: la violencia sexual contra niñas, niños y adolescentes no puede abordarse únicamente desde la reacción penal. Requiere prevención, detección temprana, fortalecimiento comunitario y políticas públicas sostenidas que trasciendan ciclos electorales y administraciones gubernamentales.

La Guía para acompañar a niñas, niños y adolescentes víctimas de violencia sexual. El andar de Casa Amigadebería convertirse en lectura obligatoria para ministerios públicos, jueces, policías, personal médico, docentes y tomadores de decisiones. Pero también para una sociedad que todavía prefiere pensar que esta violencia ocurre “en otros espacios” o “en otras familias”.

Leerla incomoda. Y eso es precisamente lo valioso. Porque hay problemas públicos cuya gravedad exige dejar de mirar hacia otro lado.

Descárguela de manera gratuita y léala a conciencia: La Guía para acompañar a niñas, niños y adolescentes víctimas de violencia sexual. El andar de Casa Amiga

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