Violencia letal, el monstruo de tres cabezas

Redacción Animal Político · 22 de febrero de 2023

Violencia letal, el monstruo de tres cabezas

Cuando se está en contacto con noticias que se refieren a atrocidades cometidas, ya sea porque se es investigador o simplemente por tener el hábito de seguir la prensa, es común que nos asalte la pregunta ¿de dónde viene tanta violencia? Y no hay una respuesta universal aceptada, más allá de que es un tema multifactorial. Al respecto, Martin Luther King dijo que “el hombre nació en la barbarie, cuando matar a su semejante era una condición normal de la existencia. Se le otorgó una conciencia. Y ahora ha llegado el día en que la violencia hacia otro ser humano debe volverse tan aborrecible como comer la carne de otro”; es decir, que no es natural a la civilización, es ajena a la evolución que ha tenido el hombre al vivir en sociedad.

Mucho antes de eso, Aristóteles se refirió en sus disertaciones sobre la ética a situaciones “por sí mismas malas” y, por ende, en ningún contexto deben ser elegidas. Entre ellas se ubicaba el asesinato, que por su naturaleza debería causar aversión natural, y que cualquier inclinación por este tipo de actos sería una perversión o lo que denomina “malignidad”.

Ahí podemos observar uno de los elementos que pudieran explicar la existencia de la violencia letal, radicada en la patología de los individuos que cometen estos actos sin sentir aversión, incluso sin compasión ni respeto por “el otro”. Esta violencia también está enmarcada por las construcciones de género en la sociedad, en la que se asocia la demostración de la fuerza física a través de la agresión como una característica de lo masculino, lo dominante y el poder. Si bien esta forma de violencia no se limita a los hombres, sí se reconoce como una característica de la masculinidad.

A esta malignidad de carácter individual hay que sumar un par de factores externos que facilitan el actuar de estas personas: la impunidad y la disponibilidad de armas de fuego. Estos dos elementos que se suman a esta explicación son fundamentales para la reproducción de este tipo de violencia en una sociedad. Una persona que asesina en un sistema funcional es detenida, procesada, juzgada y apartada del resto, recluida. El no hacerlo envía un mensaje fuerte y claro a quien comete estos ilícitos: no pasa nada, no hay consecuencias. Aunado a lo anterior, la disponibilidad de armas de fuego facilita que estos actos se cometan contra más víctimas.

Según la organización Cero Impunidad, de 2016 a 2021 sólo siete de cada 100 casos de homicidio han derivado en una sentencia en México. Hay que agregar que los números de los casos reportados pueden presentar vicios que agudizan la impunidad. Por ejemplo, solo una tercera parte de los asesinatos contra mujeres son clasificados como feminicidios, lo que genera un subregistro brutal, con las implicaciones procedimentales, legales y sociales que ello implica. En ese mismo sentido, los registros de víctimas de homicidio pueden ser reclasificados en categorías de menor impacto mediático y político, como es el caso de las categorías de “otros delitos contra la vida y la integridad física”, “otros delitos contra la libertad”. Hay que resaltar que en ese último cajón se incluyen algunos registros de personas desaparecidas, entre otras posibles anomalías que afectan la credibilidad de las estadísticas oficiales, lo que promueve un clima contrario al Estado de Derecho y la confianza en las instituciones.

Por otra parte, tomando en consideración la información disponible en los registros oficiales, el 69% de los homicidios dolosos reportados en 2022 se realizaron con un arma de fuego, al igual que el 59% de los asesinatos en los que se reportó que la víctima era mujer y el 50% en los que la víctima fue identificada como menor de edad. Estos porcentajes se han incrementado a la par del aumento de la violencia homicida. En 2015, la proporción de asesinatos cometidos con arma de fuego fue del 57% del total reportado, 44% de las mujeres asesinadas y 52% de los menores de edad.

Si bien no todos los asesinatos se explican a través de la “malignididad”, bajo estas premisas podemos decir que la violencia letal se dibuja como un monstruo de tres cabezas que se alimentan y se necesitan para subsistir. Una persona con una patología caracterizada por la violencia da paso a hechos lamentables como los que se asocian a la violencia familiar, como el asesinato de menores de edad a manos de sus padres o los feminicidios a manos de la pareja de las víctimas. Al combinarse con la impunidad deriva en violencia sistemática, en atrocidades y la repetición de estos escenarios mortales y que al agregar las armas de fuego además genera actos más complejos, masacres, y eventos de alto alcance que flagelan a las comunidades y a las familias.

Pasan los meses y este monstruo de tres cabezas sigue creciendo, fortaleciéndose con la omisión de las autoridades, de la indiferencia y del silencio cómplice de la sociedad. En las semanas recientes, dos niños que vendían dulces fueron asesinados en Oaxaca, un sacerdote fue asesinado a balazos por su hermano en Jalisco, una niña de dos años fue asesinada junto con otras dos personas en Sonora, como una mínima muestra de actos de violencia atroz que han ocurrido sin que se hable de ello, al amparo del hecho que no habrá consecuencias. Este monstruo es un elefante en la habitación, ocupa todo el espacio, nos asfixia y nadie hace nada.

* Nancy Angélica Canjura Luna (@canjural) es investigadora de @causaencomun.