Infancias acostumbradas, juventudes ¿indiferentes?

Redacción Animal Político · 15 de septiembre de 2024

Desde el Seminario Sobre Violencia y Paz se ha señalado en múltiples ocasiones la importancia de la participación ciudadana en el combate a la delincuencia. El caso de La Laguna es referente, pues tanto colectivos de búsqueda como empresarios tuvieron una participación destacada en la disminución de la violencia en la zona.

Además de impulsar el Grupo Antisecuestros y la Fuerza Metropolitana—un Mando Especial que puede operar en toda la zona sin importar si es en Durango o Coahuila—algunos empresarios también apoyaron con el financiamiento del Consejo Cívico de las Instituciones Laguna, una organización de la sociedad civil que promueve la participación ciudadana y da seguimiento al desempeño de las instituciones públicas locales. Por su parte, colectivos de búsqueda como Grupa Vida y Fuundec se movilizaron para dar acompañamiento, crear redes de información y exigir justicia para las víctimas. Aunque para este último punto—la justicia—aún hay muchas deudas, queda clara la importancia de la participación ciudadana.  

¿Juventudes indiferentes?

Pero, ¿qué pasa cuando la respuesta ciudadana es baja? ¿Y qué pasa si es incluso más baja dentro de la población joven? Según datos presentados en la Estrategia Nacional de Cultura Cívica 2024-2026, los jóvenes tienden a participar menos que el promedio en las jornadas electorales. Ahora bien, el voto no es la única manera de participación. De acuerdo a la Encuesta Nacional de Cultura Cívica (ENCUCI) 2020, son los jóvenes quienes más se incorporan a organizaciones estudiantiles, deportivas y culturales. No obstante, debe tomarse en cuenta que dados los ambientes en los que tiende a desenvolverse una persona, es natural que, entre más edad, haya menos posibilidades de pertenecer a una asociación estudiantil. 

En la misma encuesta; se encontró que, en promedio, el 18.6% de la población de entre 15 y 29 años se identifica como intermediario para ayudar a defender una injusticia o resolver un problema ante las autoridades de la comunidad, frente a 24.9% de las personas de 30 a 59 años. Una vez más, la edad podría ser un factor explicativo, pero incluso si solo se considera a la población de 20 a 29 años, el porcentaje sigue siendo menor con un 21.4 por ciento. Por otro lado, llama la atención que el 48.63% de la población joven considera el tema de la inseguridad como uno de los principales problemas en el país. Si bien es un porcentaje alto, debería cuestionarse si es proporcional a la magnitud del problema que enfrentamos. En 2023, se registraron más de 31 mil homicidios dolosos en todo el país, y alrededor de 100 mil personas desaparecidas. Aunque es una cifra acumulada—sin contar la cifra negra—100 mil personas es casi equivalente a la población total del municipio de San Pedro, Coahuila.

Infancias interrumpidas, juventudes a la deriva

No es que las personas jóvenes sean ajenas a la violencia que azota al país. De hecho, tienden a ser el grupo etario más afectado, incluso en aquellos lugares en los que parece gozarse de una mayor seguridad. En el informe “La fortaleza capitalina. Análisis de las estrategias y políticas de seguridad de la Ciudad de México 1994-2024”, Rodrigo Peña apunta a qué los jóvenes han sido el grupo con más víctimas de homicidio en la Ciudad de México. Otras investigaciones coinciden; en “México destruyendo el futuro”, se documentó la participación de más de 480 mil niños, niñas, adolescentes y jóvenes de hasta 29 años en violencia asociada con el crimen organizado durante el periodo que fue de 2016 a 2021.

Ante estas cifras, el gobierno de Andrés Manuel López Obrador optó un enfoque de “atacar las causas” con apoyos como Jóvenes Construyendo el Futuro, Becas Benito Juárez y la construcción de las Universidades para el Bienestar. Parece ser que se mantendrá con la presidenta electa Claudia Sheinbaum. 

Dichas estrategias parecen no ser suficientes pues las cifras siguen siendo alarmantes. Algo que ha estado ausente—entre otras cosas—es que aquellos que hoy están en el límite de lo que estadísticamente se categoriza como “los jóvenes”, hace dieciséis años—cuando la tasa de homicidios se disparó—tenían poco más de diez años.  Es una generación a la que se le enseñó a huir de las “camionetas negras”, a lidiar con extorsiones telefónicas e incluso a taparse los ojos para no ver un cadáver en la calle. Aunque, debe reconocerse que la experiencia pudo ser diferente dependiendo del lugar de residencia en ese momento: mientras algunos tendrán entre sus recuerdos de primaria simulacros de balaceras, otros recordaran más bien lo que escuchaban en las noticias; hay algunas consecuencias más generalizadas.

De acuerdo con la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública (ENVIPE), desde 2013, el principal cambio de comportamiento entre la población a causa de la inseguridad es el no permitir que los hijos salgan de casa.  

Si nos encontramos ante un conjunto poblacional al que se le enseñó a desconfiar y que no tiene recuerdos de un México pacífico—si es que alguna vez hubo tal cosa—vale la pena preguntar qué consecuencias tiene esto en las estrategias en el combate a la violencia. Sin llegar a comparaciones, una pista puede venir de la “generación silenciosa” (nacidos entre 1928 y 1945) que vivió el periodo de entreguerras y la Segunda Guerra Mundial. El nombre viene de una “mayoría silenciosa” que prefería no movilizarse políticamente. Aunque es necesario matizar, pues precisamente los movimientos en contra de la Guerra de Vietnam se gestaron entre jóvenes de esta generación. El caso puede dar luz sobre cómo se desarrollan ciertas dinámicas sociales después de que buena parte de la población creció en un contexto de violencia generalizada.

La idea de una “mayoría silenciosa” y una “minoría estrepitosa” podría no estar muy alejada de una parte de la población que se ha acostumbrado a ver notas sobre desapariciones, asesinatos y ha aprendido a sobrevivir, y otra parte de la población (activistas, reporteros, organizaciones de la sociedad civil) que no sólo sobrevive, sino que resiste. Más allá de ser algo que pueda reprocharse, debería ser algo a considerar ¿cómo se dimensiona la magnitud del problema si no se conoce otra manera de vivir? Probablemente antes de reclamar por indiferencia, sea necesario regresar a cuestiones “básicas” y recordar que la violencia no debería ser parte de la cotidianidad. 

 

*Alondra Reyna Rivera: tesista en la licenciatura en Relaciones Internacionales por El Colegio de México y miembro del Seminario sobre Violencia y Paz de la misma institución.