Prohibido estar viva: la violencia estética que nadie quiere ver

Gonzalo Ortuño · 10 de abril de 2023

Prohibido estar viva: la violencia estética que nadie quiere ver

Recuerdan cómo en las redes se ha elogiado lo bien que se ve JLo “aunque acaba de cumplir sus 50 años”, o “lo mal que luce Madonna”, cómo no acepta envejecer, que está “toda operada”; cómo Jennifer Aniston o cualquier otra actriz “está dando el viejazo”, o cómo Monica Belucci “envejece sin pedirle permiso a nadie”. Muchas de estas notas circulan todos los días y si nos paráramos a revisar cualquier otra red social de cualquier otra mujer cuya imagen está expuesta, encontraríamos mil comentarios similares a los mencionados, no tienen que ser famosas o conocidas. Casos de gordofobia, repulsión a mujeres que están mostrando signos visibles de edad, rechazo a mujeres muy delgadas o muy llenitas, o muy algo, lo que sea que muestre que sus cuerpos están vivos y cambian.

Estamos hablando de la violencia estética, una de las más normalizadas porque en esta sociedad existe la arraigada costumbre de comentar del cuerpo de las personas, pero especialmente de los cuerpos de mujeres. Está tan normalizada que resulta más que necesario hablar de ella para generar conciencia y poder combatirla, porque recordemos: lo que no es visto o no se nombra, no existe y por ende no puede modificarse.

Partamos primero de establecer qué es la violencia estética contra las mujeres: es toda la presión a la que son sometidas para responder a la expectativa y exigencias de belleza, belleza establecida por un sistema patriarcal por supuesto, un sistema donde somos objeto. A continuación, les explicamos.

La doctora en sociología Esther Pineda en su libro “Bellas para morir: estereotipos de género y violencia estética contra la mujer”, describe la manera en que los cánones de belleza han ejercido una violencia que, aunque silenciosa y aparentemente inofensiva, ha marcado el cuerpo y la mente de las mujeres a lo largo de la historia de la cultura occidental.

También Rita Segato menciona en el ensayo de su conferencia Contra-Pedagogías de la crueldad cómo en el sistema que vivimos, un sistema capitalista patriarcal y neoliberal, es muy conveniente eliminar aquello que nos lleve a empatizar con las personas para que se reduzcan a entes que sirvan a la producción, y cómo en especial las mujeres somos reducidas a objetos. Cuando se comete un feminicidio las mujeres aparecen en basureros, sus restos no son tratados como los restos de una persona, no son enterradas, son tiradas, arrojadas a los desperdicios. Esto tiene mucho sentido pensando en la violencia estética, en tanto que somos vistas como objetos no se nos permite cambiar o modificar nuestra forma. Mostrar signos vitales genera discusión, crítica, enojo y nos somete a una presión que en muchos casos no reconocemos o si la reconocemos la negamos, la presión por lucir “bien”. 

Las diferentes formas en que la violencia estética se desdobla abordan desde la crítica a nuestra ropa, el color de nuestra piel, el aspecto de nuestro rostro, todas las minucias de nuestro físico en general, nuestra edad, nuestra estatura, la forma de nuestro cuerpo, nuestras estrías, nuestros pechos por supuesto, cómo cambiamos después de un embarazo, cómo hemos bajado o subido de peso o cómo nos mantenemos en él, cómo estamos envejeciendo, si ya nos salieron canas, arrugas, etc. Esta exigencia es muy diferente cuando de hombres cis se trata. Si una mujer no luce impecable y comienza a mostrar canas, la gente dice que se está dejando, en contra parte si un hombre muestra canas es más probable que le digan que luce bien, que luce interesante. Mientras que a los hombres la vejez les va bien y los vuelve atractivos hacia cierto segmento, a las mujeres se nos critica apenas salimos de los 30. Pareciera que nuestra “vida útil” termina siendo muy jóvenes todavía. 

Dentro de ese sistema hay una rueda que gira y gira para mantenernos funcionales como objetos de placer y de servicio al patriarcado. Y uno de los mecanismos más presentes y siempre en tendencia es el de la cirugía plástica. Este es un mercado al alza. Toda la oferta de servicios estéticos y de procedimientos para modificar la forma como lucimos tiene gran valor. De acuerdo con una investigación de la Asociación Internacional de Cirugías (ISAPS) por sus siglas en inglés, en 2021 las mujeres representaron el 86.1 % de la demanda total a nivel mundial por procedimientos estéticos, mientras que en los hombres fue de 13.9 %. 

Como vemos las mujeres son las mayores consumidoras de cirugías en el mundo y según esta asociación México ocupa el lugar número cuatro en consumo de este mercado. Con tal de alcanzar estándares de belleza las mujeres invierten mucho en ello aunque se tengan riesgos físicos, mentales o mortales como en el caso de la cirugía BBL (Brazilian Buttock Lift), que es una de las más populares pero también riesgosas y que se ha llevado a muchas a la tumba. 

Revisando más datos de ISAPS, durante 2021 aún en plena pandemia en el país se registraron 1,270,605 procedimientos. Predominó la liposucción con un 15.3 %, aumento de bustos con un 11.6% y aumento de glúteos alcanzó un 9.5 %. Ahora, respecto a la medicina estética, se registraron 597,923 procedimientos no quirúrgicos entre los que prevalecieron la inyección de bótox con un 44.6 %, la inyección de ácido hialurónico con un 28 % y la depilación con un 8.2 %.

Pese al costo, el riesgo, el dolor físico, el tiempo de recuperación y las secuelas emocionales, la cultura patriarcal de la cirugía y la violencia estética que la acompaña orilla a que las mujeres todo el tiempo estén pensando en entrar en el estándar. Muchas de ellas literal se han cortado el cuerpo con tal de “sentirse mejor con ellas mismas”, ¿pero esa es la razón? O el fondo de esa intervención es encajar en el molde que se nos pide, esa violencia estética que obliga a tener que cumplir para los ojos de los demás, cumplir con una expectativa donde no se puede colgar nada, donde nada puede estar fuera de proporción.

Y justo, que no se nos note nada dice un texto ya muy famoso que cada 8M circula en los medios y redes. Reflexionando, también el fondo de ese texto es que, como nuestro fin es ser objeto, un objeto sirve, no tiene vida. Por eso no podemos arrugarnos, ni cambiar nuestro peso, especialmente si es hacia arriba, pero tampoco hacia abajo. Hay a quienes les parece, en síntesis, que no podemos envejecer.

El body shaming y la estigmatización del peso son discriminaciones muy aceptadas y que se viven en lo cotidiano, en las casas, en el trabajo, entre las amigas, con las parejas y van desde un “te ves más llenita” hasta “esa ropa no le queda porque está gordísima”. Generalmente estos discursos se defienden argumentando que es solo una broma o un comentario sin intención. Sin embargo, detrás de ellos existe esta cultura de la humillación donde se critica sin reparo y con saña a las mujeres que no tienen cuerpos delgados o que se consideren estéticos.

Según datos de la Encuesta Nacional sobre Discriminación 2017, en el país 20.2 por ciento de la población de 18 años o más declaró haber sido discriminada en ese año. Los motivos principales: el peso o estatura, la forma de vestir o el arreglo personal, la edad y las creencias religiosas.

Las cifras que hemos revisado dejan mucho por hacer respecto a cambiar esta cultura que presiona constantemente a las mujeres por encajar en un molde.  Si vivimos en una sociedad donde las redes sociales con sus filtros para evadir la realidad están a la orden del día, donde los programas, series, telenovelas y los medios exaltan una sola forma en que debemos lucir, para donde volteemos nos encontramos con un espectacular, un cartel, una imagen o video en el que aparece una mujer sin líneas de expresión, sin imperfecciones, sin grasa, en una posición que evoca a un objeto y que no muestra signos de vida, no esperemos que las cifras en relación a otras violencias cambien mucho. Este es un efecto en cadena, esto es un eslabón más en la larga cadena patriarcal y misógina que nos oprime.

 

“No te veas al espejo con ojos de hombre”, decía un letrero que nos encontramos en la marcha del pasado 8M. Yo diría que no nos miremos con ojos patriarcales porque el patriarcado no solo habita en los hombres, habita en las personas y eso nos incluye. Por eso en todo el mundo hay un movimiento contracultural creciente en relación con mostrar los cuerpos de las mujeres tal cual son, en su diversidad, su vida y sus signos. Nosotras celebramos ese movimiento y apoyamos cualquier manifestación cultural que rompa cajones que opriman.

Repitamos: “no se debe opinar del cuerpo ajeno”. Ahora hay que decirlo tres veces o las que sean necesarias hasta que se haga costumbre dejar de hacer comparaciones de los estándares de belleza establecidos con cuerpos reales y que las opiniones de hombres hablando del peso de las mujeres, de su cuerpo ideal, de lo que se espera que seamos, cada día tengan menos relevancia hasta que un día todas las mujeres puedan verse al espejo con ojos de amor, los ojos de amor propio.

* Aline Ross Gurrola es socia Directora en LEXIA. Comunicóloga, feminista, teatrera, filósofa de la vida, apasionada por lo social. Con más de 22 años de experiencia en el mundo de la investigación y la consultoría. Experta en opinión pública, evaluación de comunicación política, comunicación social, estrategia electoral y gubernamental, evaluación de programas sociales, Base de la Pirámide, Vivienda social, Diversidad, inclusión y género. Nayeli Hurtado Zárate es egresada de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Con más de 7 años de experiencia en temas de awareness y branding. Ha participado en la evaluación de campañas de comunicación, estrategias de posicionamiento, reputación corporativa y creación de soluciones accionables para distintas marcas e instituciones , tales como HDI, F1, Organización Panamericana de la Salud, BANORTE, COFECE, La Suprema Corte de Justicia de la Nación, entre algunas más. Tiene una fascinación por los bailes sonideros y la cumbia, ya que la rumba es cultura.