VIII. El cachorrito del Hoyo del Diablo

blogeditor · 18 de diciembre de 2020

VIII. El cachorrito del Hoyo del Diablo

En el Parque Nacional del Valle de la Muerte, en el desierto de Nevada, se encuentra el Hoyo del Diablo, un acuífero donde habita la especie más solitaria del planeta: el cachorrito del Hoyo del Diablo, un pez azul de 2.5 centímetros capaz de sobrevivir a condiciones extremas y letales para la mayoría de los organismos: altas temperaturas, escasez de alimento y niveles bajos de oxígeno.

El cachorrito del Hoyo del Diablo se separó de otras especies hace más de cincuenta mil años. Existen poco más de 100 ejemplares atrapados en el mismo lugar, aislados de cualquier otra fuente de agua. Su permanencia en esta tierra es, además de una sorpresa, un tictac más acelerado que el del resto de las especies que tenemos la fortuna de ser parte de un ciclo.

En 2012, a miles de kilómetros de distancia, un terremoto en Oaxaca provocó un tsunami subterráneo en el Hoyo del Diablo que reestableció el hábitat del cachorrito. Una buena jugada de la naturaleza mejoró las condiciones del acuífero para que los huevos de estos solitarios peces eclosionaran: un reinicio ecológico.

Durante los últimos seis años viví en pareja. Ha sido tan formativa la experiencia que me cuesta trabajo reconocer los límites de mi identidad. Será muy pronto para decirlo, pero me parece que uno siempre queda atrapado con los de su misma especie; y, para salir de ahí, se necesita atreverse a convertirse en otro tipo de animal.

Tanto el amor como la soledad son una suerte de crueldad íntima con uno mismo: un aislamiento del resto del mundo, porque es tan específico el hábitat que construimos que no cabe nadie más ahí. El amor nos comprime tanto que en el espacio de uno habitan dos: un oasis en el desierto donde se alberga el mínimo de vida posible, como en El Hoyo del Diablo.

Quizás este momento, en el que las condiciones extremas nos ponen a prueba como individuos y como parejas, sea la antesala de un tsunami interno, subterráneo. Mientras tanto, lo único que nos queda es sobrevivir a la soledad, al aislamiento, a nosotros mismos, al otro y al amor. Sobrevivir y explorar hasta descubrir otras fuentes de agua, de vida y de alimento.

Uno de los momentos más solitarios y al mismo tiempo más amorosos para los humanos es cuando tenemos un orgasmo. Y es ese desprendimiento de uno mismo, que el otro provoca, que nos impide acompañarnos porque estamos totalmente invadidos de lo que sentimos. Completar un orgasmo es aprender a salir de él para mirar al otro.

Es curioso pensar que a Nicolás lo concebimos en un viaje doble: no sabemos si fue en Nevada, cerca del Hoyo del Diablo, o en Oaxaca, lugar donde se originó el terremoto que dio origen a un reinicio ecológico.

No me queda duda que para amar se necesita aprender, además de salir de un orgasmo, a tolerar condiciones extremas, casi letales. A veces hace falta convertirse en un cachorrito del Hoyo del Diablo, aguantar la falta de oxígeno, la escasez de alimento y esperar una buena jugada de la naturaleza, porque si algo pasa con el amor –y con la soledad– es que no se acaban, el que se acaba es uno. O tal vez dos.

@barbarahoyo