blogeditor · 25 de agosto de 2014
La sensación de irrealidad es una sensación, valga la redundancia, realmente incómoda. Yo sentía que mi vida era un sueño, que veía una película, que todo estaba, por momentos, nublado, que mi alma estaba escapándose de mi cuerpo; no me sentía “aquí”, me sentía en cualquier otro lado menos “aquí”, y seguramente tú, si estás prestando especial atención a este tema, es porque debes estar aburrido, desesperado y fastidiado por este mismo motivo.
Somos un mundo que cada vez se acerca más a vivir la irrealidad de la vida, vivimos pegados a las redes sociales, a los videojuegos e incluso al aparato de televisión que presenta sólo programas que no tienen que ver con nuestra realidad, pero aun así los toleramos.
Creo que es básicamente porque a la mayoría de nosotros la vida nos parece un problema e inclusive a veces y muchas veces, sentimos miedo de existir. La perspectiva de la vida varía y puede llegar a ser confusa, no sabemos en que acabará tanta incertidumbre sobre las políticas que asumen nuestros gobiernos, nos aventamos toda la serie de House of cards y perecería que no queremos pensar ni siquiera que sea esa la vida de nuestros gobernantes.
Te diré ahora que debes de volver a la realidad, “sí, claro, como si fuera tan fácil”. Pero con el tiempo verás que hacer un deporte al aire libre, salir a correr, caminar, dejar a un lado tu teléfono móvil y platicar con tus amigos, aprender a tocar algún instrumento musical, escribir o leer un libro, hace que regreses a este mundo, hace que regreses “aquí”.
Quizás, inclusive, ahora mismo por estar leyendo tan atentamente este post sientas que estás, nuevamente, siendo dueño de tu propia vida, ya que es algo que te interesa.
Esta semana vi la película Congress, del año 2013.
Inspirada en la novela de ciencia ficción The Futurological Congress (1971) de Stanlislaw Lem, está dividida en imagen real y animación tradicional. La fusión es idónea para conseguir representar las dos realidades entre las que se mueve el film.
La primera parte, que corresponde con el momento en que conocemos a la actriz protagonista, Robin Wright -que hace de sí misma en su faceta actoral- se enfrenta a una de las decisiones más importantes de su vida profesional, en un momento en el que su carrera empieza a desvanecerse sin remedio. Una oportunidad que la industria del cine le pone en bandeja, que de elegirla, le supondrá dejar para siempre la interpretación. Conocemos a su familia, marcada por la enfermedad que padece su hijo más pequeño y también sus inicios en el cine, cuando llegó a ser una actriz de gran fama, con el papel que la catapultó en La princesa prometida (1987).
La segunda parte comienza con un flashforward, veinte años después. El rostro de Robin Wright es el reflejo del paso del tiempo. Conduce veloz atravesando un paraje desértico hasta llegar a la barrera física y mental que la introducirá en el mundo de la animación. Un viaje a la ciudad de Abrahama, donde se celebra un congreso sobre el cine del futuro, promovido por la compañía Miramount Nagashaki, al que acude en calidad de estrella invitada. Una transformación sorprendente muy bien justificada a todos los niveles en los que el film se adentra. Un recorrido por una travesía directa al mundo interior de la actriz que en realidad es un estado mental donde sus preocupaciones y motivaciones, aquéllas que guarda más ocultas, afloran y se expresan hacia afuera, haciéndose patentes. Un estrato de ilusión al que es fácil acceder con la ayuda de una sustancia farmacológica, pero del que casi nadie puede regresar.
Su pesimista mirada hacia un futuro que no parece muy lejano, puede recordarnos a la cosmogonía de The Matrix (1999).
The Congress reflexiona sobre nuestra sociedad y las vías de escape para sobrevivir al vacío existencial, a veces promovido por la necesidad de permanecer jóvenes mientras vivamos y el papel que juegan las nuevas tecnologías sobre la humanidad. Son creadas para que vivamos mejor, pero a veces pueden pasar por encima de nosotros y aplastarnos. Nos abren nuevas puertas para que tengamos una vida más feliz, para que aprendamos a controlar nuestros defectos y sentimientos. ¿A cualquier precio?
Muy, muy recomendable para reflexionar sobre nuestra vida.
Hasta la próxima.