Redacción Animal Político · 21 de enero de 2026
El 20 de mayo de 2025 diversos medios internacionales reportaron un hecho que, a primera vista, podría parecer un error logístico desafortunado: el abandono de un camión del Servicio Postal de Estados Unidos con aproximadamente 12,000 pollitos recién nacidos en su interior, en el estado de Delaware. A consecuencia del calor y la falta de agua, cerca de 4 000 murieron. Muchos de los sobrevivientes llegaron deshidratados y con graves signos de estrés térmico. Aunque este acontecimiento ha sido calificado como una falla operativa o un “accidente”, desde una perspectiva antiespecista y desde el marco teórico de los estudios críticos animales, constituye una muestra clara y dolorosa de lo que significa tratar a los animales como objetos y mercancías: vidas reducidas a números, bienes transportables, pérdidas logísticas.
El antiespecismo, corriente ética y política que rechaza la discriminación moral basada en la especie, plantea que todos los seres sintientes —humanos o no— deben recibir consideración ética similar cuando sus intereses son comparables. Bajo esta mirada, la vida de un pollo tiene un valor intrínseco, no subordinado al beneficio humano ni a los dictámenes del mercado. Por ello, el hecho de que miles de animales recién nacidos fueran enviados en masa, por medio de un servicio de paquetería, y luego dejados morir en condiciones inhumanas, no puede interpretarse como una simple falla administrativa. Es, en cambio, una evidencia del lugar estructuralmente marginal que ocupan los animales en el mundo moderno capitalista.
Los Estudios Críticos Animales, disciplina interdisciplinaria que combina análisis político, filosófico y ético, han insistido en que el problema no reside solamente en el trato individual hacia los animales, sino en los sistemas que los cosifican y los insertan en circuitos de producción y consumo donde su subjetividad se anula. La tragedia de Delaware representa con brutal claridad esta lógica: animales recién nacidos, provenientes del criadero Freedom Ranger Hatchery, en Pensilvania, fueron empaquetados y despachados como si fueran objetos inertes. Al fallar la entrega, no se activó un protocolo de rescate inmediato ni una alarma ética, sino que simplemente se dejó el camión estacionado durante más de 36 horas, lo que condenó a miles a una muerte lenta.
Este hecho no puede desligarse de un marco más amplio: el de la mercantilización de la vida animal. Desde la industria alimentaria hasta la del entretenimiento y el turismo, pasando por la experimentación científica y la moda, los animales han sido históricamente utilizados como recursos al servicio humano. Lo novedoso en este caso es la exposición pública de lo que normalmente permanece oculto tras los muros de los criaderos, las granjas industriales y los mataderos. Cuando estos procesos fallan, como ocurrió en Delaware, el sistema revela su violencia estructural.
No es casual que los pollitos en cuestión fueran considerados no como víctimas, sino como “pérdidas económicas”. Tanto el criadero como el servicio postal centraron sus declaraciones en el aspecto logístico del error, sin asumir responsabilidad moral por las muertes. Más aún, el Departamento de Agricultura de Delaware, al verse superado por la situación, ofreció una compensación mínima al refugio animal que acogió a los sobrevivientes, sin reconocer la dimensión ética del suceso. Esto ilustra perfectamente lo que significa el “referente ausente” de Carol Adams, una operación conceptual por la cual se borra al animal como sujeto viviente y se le convierte en un objeto: carne, mercancía, en categoría gestionable.
Frente a este escenario, el antiespecismo no propone una respuesta caritativa o sentimental, sino una transformación radical del marco ético y político desde el cual pensamos nuestra relación con otros animales. La pregunta no es cómo podemos mejorar las condiciones de envío de pollitos vivos, sino si es moralmente aceptable que tratemos a seres sintientes como paquetes postales. Lo que este caso pone en entredicho es la misma legitimidad de una práctica que, aunque legal y común, es profundamente injusta.
A menudo se argumenta que este tipo de transporte es necesario para abastecer la demanda alimentaria humana, especialmente en sectores que optan por criar sus propias aves para huevos o carne. Sin embargo, esta lógica utilitarista obvia una cuestión crucial: ¿en qué momento decidimos que las vidas de miles de animales son sacrificables en aras de la conveniencia, la tradición o el precio? ¿Por qué asumimos como “normal” que pollitos de un día de nacidos sean enviados por correo, sin compañía materna, sin garantías mínimas de bienestar, con el riesgo constante de muerte?
Esta normalización de la violencia es un ejemplo de “vida desnuda”: una existencia reducida a lo biológico, desprovista de derechos, susceptible de ser eliminada sin consecuencias jurídicas o morales. En el caso de los animales no humanos esta condición es estructural: no sólo pueden ser eliminados sin castigo, sino que su eliminación es parte del sistema mismo que los produce. De hecho, los pollitos machos en la industria avícola son rutinariamente triturados al nacer o asfixiados por ser considerados económicamente inútiles, lo que muestra que el horror no comienza ni termina en Delaware.
No obstante, también es importante destacar las respuestas éticas que emergen ante estas tragedias. El refugio First State Animal Center rechazó categóricamente las solicitudes de adopción con fines alimentarios, y ha priorizado el cuidado, la rehabilitación y la adopción responsable de los pollitos sobrevivientes. Este tipo de prácticas, aunque pequeñas frente al tamaño del sistema, son gestos ético-políticos significativos: reafirman la vida como valor en sí mismo, resisten la lógica de la mercancía, y nos invitan a imaginar otras formas de relacionarnos con los animales.
Lo ocurrido en Delaware no debe verse como una excepción, sino como un síntoma. Es un espejo incómodo que refleja nuestra indiferencia cotidiana ante la explotación animal; nuestra complicidad estructural y el vacío ético de nuestras instituciones. Pero también es una oportunidad: una fisura en el discurso dominante que nos permite cuestionar lo que hemos aceptado sin pensar. Si de verdad creemos en una sociedad más justa, no podemos limitar nuestra compasión y nuestro sentido de justicia a los miembros de nuestra especie. Necesitamos un nuevo marco ético que reconozca a los animales como sujetos, no como cosas. Necesitamos, como plantean los estudios críticos animales, desmantelar los regímenes de dominación que se articulan en torno a la especie, el capital y la violencia. La pregunta que queda, tras la muerte de miles de pollitos olvidados en un camión, no es qué falló en la logística. La pregunta, mucho más incómoda, es por qué seguimos permitiendo —y naturalizando— que seres vivos sean tratados como objetos desechables.
* Gino Jafet Quintero Venegas (@jafquven) es doctor en Geografía por la UNAM, con un posdoctorado en Bioética. Actualmente es Investigador Asociado “C” del Instituto de Investigaciones Sociales en el área de Espacio social, cocoordinador del Seminario Permanente de Estudios Críticos Animales de la UNAM, y profesor de Geografía y Ética y Temas Selectos de Biogeografía, en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.