blogeditor · 6 de agosto de 2015
Por: Guillermo Fajardo
El estado anímico nacional bien puede resumirse en las victorias que no se celebran. En el rellano de las coincidencias por la materia de los eventos, el alzar una copa y estremecerse sugiere que la incomodidad por el presente se encuentra en las orillas de un precipicio. Nada más esclarecedor que darle la espalda a un trofeo y abuchear a sus ganadores. Si para muchos el fútbol representa la frivolidad deportiva encarnada en un sinnúmero de anuncios y análisis; para otros no es más que un cajón aparte que no tiene que entremezclarse con asuntos de más importancia, que van desde la pobreza en México, pasando por la ineptitud política o la fuga de El “Chapo” Guzmán.
La selección mexicana se ha convertido en un dechado de corazonadas y debuts esperanzadores. Pero ha sido todo lo contrario: este equipo mexicano está tan maldito que el aficionado no aguanta ganar con injusticias. Curiosa costumbre del aficionado mexicano de demostrar una especie de honestidad postulante en la victoria y de arrojo quejumbroso en la derrota: si el penalti que no era nos llevó a celebrar el fracaso mundialista con la catapulta que proviene de las injusticias, este otro que nos dio la victoria nos llevó a adoptar una postura de desánimo ante nuestro primero -pero manchado- primer lugar.
[contextly_sidebar id=”zRydXd8PTBwOiwHc3RryrqVXI5thIENX”]El que El “Piojo” golpeara a un periodista deportivo habla de una victoria pírrica del técnico, que no conforme con ganar como sea, tuvo las agallas de defender un juego feo con los puños. Quizá El “Piojo” se sienta todavía en la cancha, por eso es tan buen motivador: porque las piernas todavía las piensa en el pasto. Algunos comentaristas deportivos clamaban que solamente en México podía ocurrir algo así, que ni los argentinos se quejaron cuando Maradona metió gol con la mano, ni los franceses cuando Thierry Henry les dio el pase al Mundial también con la mano. En el aficionado mexicano hay una rectitud invertida que los profesionales del gol ven -quizá- como una maldición inaplazable.
Este tropiezo deportivo -una victoria que no sabe a tal no lo es porque creo que uno debe competir sí, para ganar, pero también para reconocerse el mejor- a pesar de la hinchazón de las vitrinas mexicanas en Copa Oro, habría que cronometrarla para ver hasta donde llegar la memoria del aficionado; y también usar una brújula para ver hacia dónde se dirige el país. Pretender extirpar el fútbol de lo que sucede en México es ignorar la homologación social que sucede cada vez que nos sentamos a ver un partido. La selección nacional había sido una válvula de escape en donde si no ganábamos era por la magnificencia de nuestros rivales, la metástasis de la mala suerte o la ceguera de los árbitros. Y cuando la selección gana precisamente por eso, vemos una reproducción inaudita de conciencias que clamaron por una operación reivindicatoria que llevara a Panamá adonde merecía, a la final. Esto habla de un México sin referencias, en donde los polos se han invertido: aquellos que se quejan de los análisis sociopolíticos a partir de una cancha de fútbol han de pensar que el entretenimiento y los ánimos hacia lo lúdico no representan sino una porción insignificante de lo que somos. Me parece que los reflejos deportivos también son espejos sociales. El fútbol no es importante porque solo es un juego: importa lo que lo rodea, incluyendo cómo el aficionado revoloteo emocionalmente alrededor de su equipo.
Lo que el aficionado -a ese que no le pareció la manera en cómo México ganó- tiene que hacer es acudir a otros deportes en donde se le da la oportunidad a sus árbitros de rectificar. Guardado no tenía por qué fallar el penalti y eso es ya de por sí una derrota. Lo que quizá le molestó al aficionado fue que la selección se aprovechó de una injusticia -tan palmaria, tan obvia- en un país tan lleno de ellas. Ese fue el reflejo que vio el que estaba sentado viendo el partido, casi orillado a aplaudirle a Panamá por ganar con un jugador menos. Tomarse el fútbol en serio: no porque sea una cuestión de vida o muerte que México gane el Mundial, sino porque escurre trastornos y es blanco de lo que nos sucede como nación, al menos en parte.
El golpe de El “Piojo” al periodista bien pudo haberse leído como una hipérbole desatada de la violencia que nos asola desde hace años. En un país al que le urge restañar sus heridas, el fútbol aparece como la escenificación irreal de las losas que siempre hemos cargado. En el proscenio apareció el aficionado: ese que buscaba distraerse vio en esos dos gestos la materialización, en la cancha y fuera de ella, de lo que quería olvidar.
Pero no pudo.