Vicios y virtudes: la controversia de la responsabilidad

Redacción Animal Político · 9 de octubre de 2024

Vicios y virtudes: la controversia de la responsabilidad

Un hombre está sentado, se le percibe ligeramente incómodo: observa una caja negra que descansa sobre una mesa enfrente de él. De su cabeza sale una serie de cables que se conectan a la caja; sobre ésta hay un botón de acrílico traslúcido, del tipo que se utiliza en las máquinas arcade, con luz en su interior. El hombre moviliza su brazo de manera esporádica. Más que movimientos concretos parecen pequeñas contracciones, como si quisiera moverse, pero se arrepintiera y regresara el brazo a su postura original. Con cada contracción, la luz del botón se enciende brevemente. Después de unos minutos la luz comienza a encenderse sola, el hombre únicamente observa.

Este estilo de demostración, popularizada por los experimentos de Benjamin Libet a finales del siglo pasado, constituye lo que se conoce como un experimento de libre elección. Por medio de un electroencefalograma (EEG), se registra la actividad eléctrica del cerebro de un voluntario, a quien la única indicación que se le da es que apriete el botón cuando lo desee, pero únicamente si se encuentra apagado. En un principio, los participantes aprietan el botón sin impedimento alguno, tiempo durante el cual el EEG registra la actividad neuronal característica de la toma de decisiones. Una vez que el aparato está calibrado, comienza a encender la luz cuando detecta que la persona está decidiendo. Esto resulta desconcertante, incluso incómodo para algunos participantes, quienes reportan que el aparato parece identificar qué deciden, incluso antes de que ellos se enteren de que lo han hecho.

Los experimentos de libre elección no están libres de controversia. Multiplicidad de autores se han unido al debate para apoyar o criticar estos métodos y sus interpretaciones. Sin embargo, si algo puede afirmarse respecto de estas demostraciones es que han impulsado de manera importante la discusión sobre la existencia de la libre decisión. Después de todo, si nuestras decisiones se toman de manera previa a nuestra deliberación consciente, ¿qué tan responsables deberíamos considerarnos de ellas? El tema de la responsabilidad ha sido tratado de manera extensa en la literatura, no sólo por la intriga filosófica que representa, sino por sus implicaciones para la ética y la manera como organizamos nuestra sociedad. De manera general, nos consideramos responsables de aquellos actos que realizamos voluntariamente.

El ejercicio de la voluntad ha sido un tema controvertido para el pensamiento científico, incluso desde sus orígenes en la filosofía. Desde la Ética Nicomáquea, Aristóteles argumenta que, como seres racionales, los humanos tenemos el poder para actuar o no actuar, por lo que depende de nosotros ser virtuosos o viciosos. En este contexto, la virtud se entiende como el punto medio entre el exceso y la deficiencia. Una persona virtuosa es aquella que voluntaria y consistentemente actúa de manera mesurada, encontrando en ello plenitud. Henos aquí, más de 2,300 años después, apelando a la misma lógica de que el poder está en nuestras manos. ¿Pero qué tan cierto es esto? Conforme más se conoce acerca de los neurocorrelatos de la decisión, menos académicos están dispuestos a asumir que tenemos ese poder.

Nuestros juicios sobre la responsabilidad están fuertemente influenciados por la cantidad de información que tenemos acerca de una situación. Por ejemplo, no estaríamos sorprendidos al enterarnos de que un niño tiene peor desempeño escolar que compañeros de su misma edad si nos informan que viene de un contexto de pobreza extrema, desnutrición y poco acceso a sistemas legales o de salud. Todos estos factores afectan de manera directa el desarrollo del cerebro, por lo que la deficiencia en la actividad cognitiva no sería una sorpresa para nadie. ¿Qué tan responsable es ese niño de su incapacidad para continuar con su educación? La mayoría de las personas estaría dispuesta a responder que muy poco, pues tienen más peso las condiciones de vida en las que ha crecido.

Pensemos ahora en un niño que no vive ninguna de esas condiciones. Su familia cuenta con acceso a todas las comodidades del mundo moderno, su madre consumió vitaminas durante el embarazo e incluso cuenta con una posición económica que le permite contratar tutores privados. Sin embargo, termina abandonando la escuela por falta de motivación. ¿Qué tan culpable es? ¿Hay menos factores contextuales involucrados en este segundo caso? ¿Será que el primero fue víctima de sus circunstancias y el segundo simplemente fue flojo? Si deseamos ser congruentes deberíamos concluir que no. O ambos son igual de responsables o no de su fracaso educativo. La diferencia entre los casos está en que conocemos de manera directa no sólo la existencia de factores de riesgo en el primer caso, sino los vínculos que existen entre la desnutrición, la pobreza extrema y el desarrollo del cerebro. Sin embargo, no conocemos con detalle las condiciones de vida que han fomentado la deserción escolar en el segundo caso. Una anomalía no identificada en el desarrollo del cerebro, episodios de abuso no reportados o diferencias culturales en la crianza pueden ser catalogados como “falta de motivación intrínseca” por accidente o negligencia.

El desafío está en que, más a menudo de lo que parece, la causa de las decisiones se encuentra en la interacción de diferentes niveles de análisis. Cuando tomamos una decisión no lo hacemos en el vacío, lo hacemos siempre insertos en un contexto. La actividad neuronal asociada a la toma de decisiones ocurre a partir de un estado particular del sistema nervioso que se ve fuertemente influenciado por el contexto en el que vivimos. Asimismo, nuestra carga hormonal en las horas previas a la decisión también tiene algo que decir. Nuestra historia de aprendizaje, la cultura en la que crecemos, nuestra copia particular de código genético, la historia evolutiva de nuestra especie, todo contribuye a la decisión que tomamos en un momento dado. Por supuesto, identificar cada uno de estos factores resulta desafiante, por no decir simplemente imposible. Los seres humanos somos producto de un devenir histórico cuya influencia ignoramos en la gran mayoría de las situaciones.

¿Qué mundo nos deja esto? Estamos acostumbrados a vivir con la idea de que si alguien hace las cosas como debe ser deberá ser recompensado. Si se comporta de manera desleal o infringe nuestros códigos morales debe ser castigado, pero estas nociones sólo tienen sentido si partimos del supuesto de que somos responsables de nuestros actos. Si nuestra deliberación consciente está influida por factores que escapan a nuestra capacidad de consideración, ¿qué tanto deberíamos asumir que somos responsables de nuestras fechorías, así como de nuestras bondades? Algunos autores incluso sugieren que, dado el estado de las cosas, el entero sistema legal probablemente debería ser reconsiderado desde su raíz. Probablemente la justicia debería impartirse con empatía y compasión más que con desprecio y retribucionismo. Después de todo, ¿qué habrá tenido que vivir quien transgrede para comportarse de semejante forma?

* Rodrigo Benavides es doctor en Análisis Experimental de la Conducta por la UNAM. Se desempeña como Profesor de Asignatura de la Facultad de Psicología, y participa en el seminario “Raíces evolutivas de la capacidad moral” del Programa Universitario de Bioética, ambos de la máxima casa de estudios. Actualmente es Candidato a Investigador Nacional por el Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores de Consejo Nacional de Humanidades, Ciencias y Tecnologías.

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