blogeditor · 6 de noviembre de 2020
Las anémonas de mar son animales invertebrados que parecen la mezcla de una medusa y una flor. Debido a su estructura cilíndrica, permanecen la mayor parte de su vida, que es bastante larga, ancladas a una superficie; para alimentarse, deben esperar a que su presa pase lo suficientemente cerca y alcanzarla con sus tentáculos, que además funcionan como instrumento de defensa al segregar toxinas urticantes para la mayor parte de los seres vivos.
En el fondo marino habitan también los cangrejos ermitaños que, a diferencia de otros crustáceos, carecen de coraza y tienen un abdomen blando, por lo que necesitan improvisar refugios para sobrevivir; la mayor parte de las veces utilizan conchas vacías que deberán sustituir por otras más grandes conforme aumentan su tamaño.
A pesar de ser animales solitarios, los cangrejos ermitaños viven toda su vida acompañados de anémonas que se anclan a la superficie de sus conchas y los protegen de los depredadores a cambio de alimento; su relación es tan estrecha que, cuando un cangrejo ermitaño cambia de concha, lo primero que hace es reubicar a sus compañeras.
Este tipo de relación, en la que ambas partes se benefician y no se hacen ningún daño, se conoce como mutualismo: las relaciones más íntimas que tenemos nos enseñan que gracias a la reciprocidad pertenecemos a este mundo, y solo así podemos cambiarlo.
Cuando estaba embarazada imaginaba cómo las manos de Nicolás se abrían y cerraban como si bailaran en sincronía con nuestros ritmos cardíacos, no me imaginaba que más adelante esas manos me tendrían una sorpresa. Mi hijo llegó en un momento en el que estaba agotada, casi aburrida, de ser mi propio eje, y su nacimiento revolucionó todo aquello que me contenía; y que me contiene.
Gracias a nuestra relación, tan íntima como desconocida, aprendí que lo fundamental y lo que me engrandece no soy yo, sino el amor que siento y el amor que entrego. Y ese amor es una energía renovada y renovable que me hace sentir invencible, pero también vulnerable.
Las madres somos conchas: refugios y hogares de nuestros hijos. Somos, también, el primer vehículo entre ellos y el mundo. Después, con los años, nos convertimos en anémonas que los protegen hasta que un día nos desprendemos de ellos, los dejamos ir y bendecimos su destino. Es a través de una hermosa relación de mutualismo que comprendemos que el acompañamiento culmina con una despedida.
La llegada de Nicolás me regaló la ilusión de mostrarle las maravillas de esta tierra. Mi mayor deseo para él es que cada rincón que pise lo haga suyo, aunque sea por un momento. Mientras eso sucede, yo me encargaré de que sea bienvenido y no se sienta ajeno.
Por el tiempo que él me lo permita, me anclaré a la superficie de su concha y lo protegeré hasta que tengamos, ambos, la fortaleza de partir: él en búsqueda de un hogar adecuado a su tamaño, y yo a nutrir la tierra de este mundo o tal vez el fondo marino en compañía de moluscos que abandonan sus conchas y crustáceos que les dan un nuevo uso.
No deja de ser curioso que unos minutos después de parir supe que mi hijo había nacido con una peculiaridad: dos dedos pulgares en la mano derecha que parecían una diminuta tenaza. Con esa sorpresa, desde entonces, Nicolás se convirtió en mi cangrejo ermitaño.