Verde no te quiero verde

Daniel Gershenson · 29 de noviembre de 2010

Verde no te quiero verde

Ya no es cosa de observar el vaso medio lleno, o medio vacío. La nueva realidad es que el recipiente está hecho añicos. Agonizan las percepciones de antaño.

 Aunque parezca mentira piadosa o sueño guajiro, puedo afirmar que las Áreas Verdes en la Ciudad de México alguna vez crecieron y se multiplicaron sin muchos contratiempos. Fue gracias al gran esfuerzo de pioneros como Miguel Ángel de Quevedo que se estableció una cultura de respeto a los Árboles, parques, jardines y bosques. No digo que en la década de los sesenta y setenta se detuvo el frenesí desarrollista, pero intuyo un cierto equilibrio de valores que  incluían la necesidad de consolidar el Patrimonio Ambiental compartido. Quizá haya sido la negligencia oficial, o la mínima atención brindada a un espacio que tardó en considerarse ‘ocioso’ y privatizable, pero el Distrito Federal incluía numerosos oasis en distintas colonias metropolitanas.

Las amplias avenidas de mis recuerdos ostentaban camellones llenos de Jacarandas, Fresnos, Ahuehuetes, Truenos, Palmeras y otras especies ‘campeonas’, las cuales debieron haber sido en su momento la envidia de otras ciudades en el mundo. Los parques conservaban espacios de recreo. La memoria de baluartes naturales, sanos e imponentes no debe ser del todo ajena para ciertos sectores de la población mayor a los cuarenta años.

Tengo para mí que el Gran Saltó hacia Atrás empezó a fraguarse cuando Carlos Hank consumó los Ejes Viales. Siempre se han tumbado miles de Árboles a la menor provocación, pero este magno proyecto añadió una intencionalidad que el tiempo sólo se encargó de intensificar. La guerra sin cuartel ya estaba declarada, y sólo podía haber un ganador: su majestad, el automóvil.

Contabilizar la pérdida neta del dosel urbano a lo largo de los años es tarea que requeriría recursos inasequibles para el común de los mortales. La avalancha de proyectos babilónicos, que únicamente piensan en el carro en ausencia de otros elementos y la pequeñez de nuestra clase política y empresarial (aunada a la pésima calidad y escaso compromiso educativo en temas ambientales), parecen condenar a los Árboles grandes –que no votan, ni marchan, ni pagan mordida por conservar un lugar en vía pública- a la irrelevancia urbanística.

Lo eminentemente inaugurable es el parquecito ajardinado con flores temáticas (margaritas en la primavera, cempasúchiles en noviembre, nochebuenas en diciembre, etc.) porque en la confusión de los términos y prioridades sí se ve la mano benefactora del funcionario que ‘cumple su trabajo’ aunque nos condene a vivir con menos sombra y un microclima más severo, alejándonos para siempre de los beneficios proporcionados por los colosos arborísticos en peligro de extinción. Sobrevivientes que ahora encuentran un final ignominioso a manos de presuntos ‘salvadores de la Naturaleza’.

Hoy día, los Árboles son cachivaches callejeros de los que hay que deshacerse: entre más pronto mejor. De lo contrario, ¿cómo podríamos ver la infinidad de productos que nos regalan publicistas e instaladores de anuncios impuestos en edificios, fachadas, tapiales, u otras gigantescas estructuras hechas para sobrevivir hecatombes ante nuestra propia vista y desde nuestros propios coches, o los del prójimo?

Las Áreas Verdes que no sean simples carpetas de pasto y agave son cada vez más prescindibles en los hechos, pero irremplazables en el discurso político. ¿Cómo justificar el compromiso ecológico de un Jefe del Ejecutivo que se embarcó en ambiciosas promesas multimillonarias como Proárbol, que contemplaban plantar doscientos cincuenta millones de árboles, y que acabó encallando sin remedio ? ¿Cómo dotar de sentido los pronunciamientos de precandidatos presidenciales oportunísticamente ambientales? Para no hablar de los figurones que se afanan en ser ecológicamente correctos a la hora de pintar escuelas, taxis y edificios públicos color verde.

El ‘rescate’ de las Áreas Verdes llegó a su cenit (o más bien, tocó fondo), con el proyecto del Bosque de Chapultepec que se echó a andar en 2005. Habiendo contratado como principal responsable a Mario Schjetnan, un arquitecto a quien alguna vez le oí decir que los Árboles que no crecían de forma perpendicular al suelo ‘no formaban parte del futuro del Parque Gandhi’, el desenlace no pudo haber sido más devastador. Las notas de prensa consignaron cómo un equipo de Central Park supervisaría los trabajos, cosa que nunca sucedió porque el personal especializado en la ciudad de Nueva York nunca fue invitado a participar. Como siempre, se hicieron los arreglos improvisados, para salir del paso y con poca visión estratégica. La jerigonza electorera se empezó también a colar en la política pública ‘verdes’.

Los trabajos de derribo generalizado por parte de cuadrillas sin supervisión alguna ocasionaron que el imperdonable sacrificio de hermosas especies en perfecto estado, conservando Árboles que en circunstancias normales debieron sustituirse. Cundió como siempre el caos y el desorden, instalándose hiedras que pronto empezaron a reptar por la base de los Árboles sobrevivientes hacia sus copas, sin que nadie pudiera evitarlo. Y es que también surgieron problemas de dinero. No parece haber partidas presupuestales importantes para la conservación y mantenimientos. La desolación es completa en bastantes lugares por donde no pasan turistas, o personas importantes.


Hoy día, nadie defiende con convicción al Patrimonio Natural de México de estos simulacros. Basta ver como se ‘modernizaron’ la Alameda Central u otros parques históricos. El ejemplo adicional de la Comisión Federal de Electricidad es emblemático. La empresa se empeña en desertificar el país sin piedad alguna. Su obligación de despejar el cableado se ha vuelto excusa para acelerar el proceso de degradación generalizada del entorno. Ciudades, pueblos y carreteras están repletos de troncos desprovistos de ramas y espantosamente mutilados. Una nueva excusa para acostumbrarnos a esta nueva normalidad: la de plantas y arbústulos desechables que constituyen la mejor prueba de que los esquemas de ‘mitigación’ asimétrica de áreas naturales sacrificadas, son una absoluta tomada de pelo.

Ha cambiado para mal la forma de relacionarnos con nuestras Áreas Verdes. Hay menos accesibilidad peatonal, y las escasas ciclopistas y azoteas verdes o jardines verticales parecen ser concesiones de corto plazo económicamente inviables para el resto del DF. Lo de hoy es reivindicar la pura transitoriedad, expresada como la circulación ineficiente entre origen y destino. No olvidemos el absurdo congestionamiento de ‘vías rápidas’ que implican una espiral sin retorno. La condena es deambular en tráfico coagulado, por zonas que tenían algunos Árboles pero que ahora cuentan con mínimo follaje, por obra y gracia de tomadores de decisión ecocidas. Los responsables hablan bonito, actúan a nombre nuestro y afectan nuestra calidad de vida. Sellan la suerte ambiental de esta inhóspita ciudad-escaparate.

Quizá la última esperanza resida en sectores cada vez más amplios de la población, deseosos de reivindicar las Áreas verdes que quedan en la región más transparente. Quizá, y a pesar de todo, la moneda esté en el aire.