blogeditor · 11 de mayo de 2018
No me gusta ese hombre. Tengo que llegar a conocerlo mejor.
Abraham Lincoln.
Cada vez que esta columna ha dedicado sus esfuerzos (qué giro más dramático ¿verdad?, escribir “sus esfuerzos” equivale a conferir a este contenido las alturas de un tratado histórico, revestido de total seriedad) para hablar de legalización de la mariguana, invariablemente aparecen un par de lectores -quiero pensar que se trata de lectores- despotricando en contra de la despenalización de plantita tan querida y sagrada.
Prácticamente en todos los casos, el centro de su argumentación en contra se encuentra construido por frases derivadas del olor a mariguana, más que de sus efectos: “por mis rumbos todo el día apesta a la dichosa mariguana”, “los viciosos se la pasan todo el día humeando las calles de mi zona con su cochina mota”. Señores odiadores de la mariguana, hoy quiero decirles que aunque formalmente no estoy de acuerdo con su furia, sí creo comprender de alguna manera el centro de su indignación: la mariguana quemada en cantidades industriales por supuesto puede ser muy molesta, como el caso del tabaco, que cuando concentra sus humos incomoda cualquier fibra respiratoria, a menos que la misma se encuentre acostumbrada a tal nivel de incendio.
Digo esto porque participar en la Marcha Pro Liberación de la Mariguana en México de la semana pasada me dejó dos enseñanzas: 1. Como en el caso de otras drogas, existen ciudadanos que sólo viven para consumir, sin dedicar el impulso que a las neuronas puede dar el tetrahidrocannabinol a ninguna otra cosa más que a encender el siguiente churro y 2. Los pachecos podemos ser desorganizadamente fiesteros, cosa de ver que la marcha, que originalmente debía salir de La Alameda en medio de densas nubecitas en punto de las 16:20 h, lo hizo -me consta- hasta las 17:10 y en un primer momento se dispersó confundida en dos frentes, uno que se dirigía, como estaba planeado, rumbo al Ángel, y otro más que por alguna razón inexplicable se encaminaba hacia el Zócalo hasta que, sonrisas atarantadas de por medio, fue convencido de unirse al primer bando que hizo suyo Reforma entre música y mucha, muchísima mariguana. La singular marcha de los pachecos.
Pensé mucho en mis lectores odiadores la tarde del sábado pasado, pues es muy probable que el único tipo de consumidor con el que les haya tocado convivir durante todo este tiempo sea el fumetas incansable que sólo se dedica a quemar y quemar… por cierto en ejercicio pleno de sus libertades, tal como un improductivo fanático de la bebida o un desocupado consumidor de cigarrillos.
La de la semana pasada fue una marcha divertida y diversa: a la par de Pachecazos de Primerísima División que traían encendidos marros gigantescos que parecían tubería de reposición, había sectores de consumidores “tranquilos”, digamos, o fresas que sólo dimos un jaloncito (¿o serían dos?, ¿cinco?) para disfrutar del subversivo acto de fumar en la calle, a la vista de todos, en el ejercicio pleno de una libertad humana que determina, con todas las de la la ley -que aún no nos favorece- que estamos en nuestro derecho de consumir la plantita que nos gusta para después continuar con nuestra labor o tumbarnos plácidamente al sol para no hacer nada, tal como quien se ha chutado algunas cervezas o consumido un paquete de cigarros entero.
Lectores odiadores de la mariguana: si a uno no le gusta, comprendo que sí que debe ser muy incómodo percibir su olorosa presencia todo el día, pero puedo asegurarles que si bien es cierto que no todos los consumidores poseemos la brillantez productiva de Carl Sagan o Agustín Lara, también es cierto que no todos merecemos ser etiquetados como si fuéramos la versión chafodonga (chafa y fodonga, pues) de Snoop Dogg.
Y eso que aún no termino la lectura.
Todo lo demás, ni hablar, cerrando el texto rodó por el suelo.