Joel Aguirre · 18 de junio de 2026
Berenice Mena Quintana*
Cuando Narciso Huerta (†) y Lucía Pérez llegaron al suroriente de Ciudad Juárez, Chihuahua, hace dos décadas, el paisaje era muy distinto. Donde hoy se extienden calles y viviendas predominaba el desierto. Narciso trabajó como velador mientras la zona crecía y se transformaba. Junto con Lucía, fue testigo de las dificultades que enfrentaban quienes envejecían en una ciudad marcada por la expansión urbana, el trabajo maquilador y la escasez de espacios pensados para las personas mayores.
Pero también observaron algo más: la capacidad de las y los vecinos para organizarse y construir soluciones desde la comunidad.
Hace 15 años convocaron a otras personas mayores de la colonia. Treinta acudieron al llamado. Así nació Real del Desierto, un espacio de encuentro, apoyo mutuo y reflexión por el que han pasado más de 150 personas. Narciso ya no está físicamente, pero su legado permanece en cada reunión y en cada iniciativa que sigue dando vida al grupo.
Este 15 de junio, Día Mundial de Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato en la Vejez —instituido por Naciones Unidas—, la experiencia de Real del Desierto invita a mirar más allá de las estadísticas. Habla de personas mayores que no esperan pasivamente soluciones, sino que construyen respuestas colectivas frente a los desafíos cotidianos del envejecimiento.
Los datos del Censo de Población y Vivienda (INEGI 2020) muestran la dimensión del desafío. En el territorio donde se encuentra Real del Desierto habitan 54,890 personas, de las cuales 1,086 tienen 60 años o más.
No se trata de una cifra menor. Es una comunidad entera que comparte calles, servicios y también carencias. Muchas vialidades carecen de infraestructura adecuada para la movilidad, escasean las paradas de transporte público, el alumbrado resulta insuficiente y los cruces peatonales son limitados.
Para una persona mayor que necesita acudir a una consulta médica, cobrar una pensión, realizar compras o simplemente desplazarse por su colonia, estas condiciones representan barreras concretas que afectan su autonomía y aumentan los riesgos cotidianos.
La situación no es exclusiva de este territorio. Una encuesta reciente sobre amigabilidad hacia las personas mayores otorgó a Ciudad Juárez una calificación promedio de 6.3 sobre 10, lo que refleja los desafíos que aún existen para construir entornos más accesibles e incluyentes para el envejecimiento.
La colonia donde se ubica el grupo refleja parte de la transformación demográfica que vive México. Miles de personas llegaron a esta zona buscando vivienda accesible y oportunidades de trabajo. Dos décadas después, muchas de ellas han envejecido en el mismo lugar.
Entonces, Real del Desierto existe. Durante sus sesiones participan personas como Lucía, Jesús, Teresa, Carmen, Elena, Laura, Catalina, Esaú, Susana, Ofelia, entre muchas otras, que han encontrado en este espacio un lugar para reunirse, compartir experiencias y construir propuestas colectivas.
Las conversaciones que surgen en Real del Desierto abordan temas tan diversos como las dificultades para conseguir empleo después de cierta edad, la falta de orientación jurídica accesible, los desafíos de los cuidados de largo plazo, las condiciones precarias que enfrentan muchas mujeres mayores o las barreras cotidianas para ejercer plenamente sus derechos.
En esos diálogos han elaborado su propio diagnóstico. Al hacerlo también se reconocen como personas sujetas de derechos y recuerdan que la seguridad social va más allá de una pensión o la atención médica: implica contar con las condiciones necesarias para envejecer.
También señalan la corresponsabilidad del Estado y sociedad en los cuidados de largo plazo. Plantean incorporar contenidos sobre envejecimiento y empatía en las escuelas y promueven políticas de contratación más incluyentes para las personas mayores.
Uno de los errores más frecuentes al hablar sobre la vejez es pensar en las personas mayores únicamente desde la vulnerabilidad. Esa mirada invisibiliza su capacidad para organizarse, proponer soluciones y transformar su entorno.
La historia de Real del Desierto es prueba de ello. A lo largo de los años, el grupo ha construido alianzas con instituciones municipales y estatales para acceder a apoyos, capacitación y acompañamiento. Nada de eso ocurrió por casualidad: fue resultado de tocar puertas, generar acuerdos y sostener el trabajo colectivo. Eso también forma parte de envejecer con dignidad.
Real del Desierto no es una excepción. A lo largo del país existen cientos o miles de grupos comunitarios de personas mayores que operan en condiciones similares: en colonias periféricas, sin financiamiento estable, sostenidos por el trabajo no remunerado —en su mayoría, de mujeres— y por la convicción de que organizarse vale la pena.
La historia de Lucía y Narciso (†) comenzó en el desierto. Veinte años después, la colonia ha cambiado y el grupo que ayudaron a formar sigue reuniéndose. Mientras México discute cómo prepararse para una sociedad más longeva, Real del Desierto lleva 15 años ensayando una respuesta: organizarse para envejecer juntos y juntas. ♦
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*Berenice Mena Quintana es consultora en la Conferencia Interamericana de Seguridad Social (CISS) y profesora de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ). Es maestra en Trabajo Social y diseñadora industrial por la UACJ. Actualmente estudia el Doctorado en Innovación para el Hábitat Sustentable de la Universidad de Guadalajara (UdG). Complementa su formación con estudios de posgrado en Gerontología Social y Comunitaria y en Migración Internacional, además de capacitaciones en derechos humanos, género, envejecimiento y políticas públicas. Su trayectoria articula intervención comunitaria, investigación académica, diseño de políticas públicas y producción científica.