Veinte velitas de Monocordio

blogeditor · 1 de octubre de 2021

“Creo que no recuerdo a dónde es que yo quería llegar…”.

 “Hasta el fin”. Monocordio

 

James Fox, el célebre periodista del Sunday Times que se volvió amigo de Keith Richards a raíz de una entrevista en la que, más allá de chismes sobre su vida privada, decidió indagar en la técnica guitarrística del autor de Happy, ha mencionado en un par de ocasiones lo que significa estar cerca de alguien que más allá de ser un rockstar se comporta en la intimidad de su vida cotidiana como un verdadero amante de la música. Naturalmente se trata de un auténtico viaje revelador pues pocas cosas hay tan placenteras como compartir buenas horas de la vida escuchando la música que crea alguien que no podría vivir sin componer canciones.

Yo no soy James Fox (entre otras cosas porque a estas alturas de la vida no suelo cobrar ni la quinta parte de lo que él se embolsa por escribir unas cuantas líneas), pero debo confesar que en ciertos periodos de mi vida sí que me he figurado que Fernando Rivera Calderón es de alguna manera una especie de Keith Richards que sencillamente no se imagina la existencia sin componer música. Es ya muy lejana la tarde de principios de siglo cuando, luego de una reunión editorial llevada a cabo en su casa (cuando su hijo mayor —hoy guitarrista de apoyo en su banda— tenía un año de edad), recuerdo a Fernando abriendo un clóset para sacar su teclado y mostrarme “Yofo”, una de las canciones que poco tiempo después se convertirían en parte del primer disco de Monocordio.

Transformado a través de los años en una suerte de “fan con derechos” (como alguna vez me tituló Fer al concluir uno de los ensayos que me ha tocado presenciar), Monocordio representa para mí una especie de viaje vivencial por el interior de un sonido que me ha acompañado buena parte de la vida, para ser más precisos los últimos veinte años, en los que he tenido oportunidad de mirar cuántas veces el proyecto musical de Fer ha variado de integrantes conservando, eso sí, la esencia que le imprime su padre creador, que eso es Fer Rivera para Monocordio, en el mismo sentido que Steve Harris lo es para su Iron Maiden o, si nos hemos de poner nacionales, Paco Huidobro para Fobia. Sé que no soy el único ser humano para quien la música del grupo significa algo familiar y cercano. Lo confirmaré esta noche cuando mire a otros fans disfrutar de esa música que comenzó a producirse hace la misma cantidad de años que Gardel se ha empeñado en decir que no son nada, pero que vaya que sí lo son. Seis discos de estudio, un álbum en vivo, una grabación extraviada y una melodía memorable que convierte en canción “Cuando estuve en el mar era marino” de Jaime Sabines, constituyen entre otras cosas el legado de la banda que hoy, fiel a su vocación permanentemente dúctil, estrena alineación para celebrar la edad más joven de su historia.

Veinte velitas para una sola cuerda: felicidades a Monocordio y que vengan muchas fiestas más.

 

 

“Monocordio 20 años”. Teatro de la Ciudad Esperanza Iris: Donceles 36, Centro Histórico. 20:30hrs.