Veinte casas, un hogar

Redacción Animal Político · 31 de mayo de 2024

I. Durante la hora y media de vuelo de Monterrey a Ciudad de México, mientras dormitaba, conté el número de mudanzas que he tenido a lo largo de mi vida. Con certeza, veinte. Una mudanza cada dos años desde que nací. De pronto, con la cabeza recargada todavía en el asiento del pasajero de enfrente y los ojos cerrados, tuve un pensamiento cuasi epifánico al entender que lo que tengo no es prisa sino la inercia de una vida en la que he tenido un pie dentro de casa y otro afuera, buscando un siguiente lugar que habitar junto a mi madre, a mi madre y mi padre, a mis abuelos, sola, con pareja o con mi hijo, y algunas otras variables.

Como cangrejo ermitaño, fui cambiando de casa cada tanto, tuve muchas guaridas y pocos hogares. También tuve ausencias, carencias y crisis que desembocaron en una tremenda falta de esperanza en mí y en mi futuro. Siempre me pregunté si era suficiente y la mayoría de las veces me respondí que no. En realidad no tenía claro dónde y en qué buscaba suficiencia. Solía creerme incapaz de construir algo sólido, estable y duradero. Con nadie y con nada.

ll. Hace unos días liquidé mi hipoteca. En el momento que realicé la última transferencia al banco, con los últimos intereses que habría de pagar, sentí que un ciclo se cerraba y se materializaba como una olla al final del arcoíris. Parecía que ese acto, tan literal y simbólico, saldaba también la deuda que tenía conmigo de aprender a pertenecer y de tener los dos pies en el mismo espacio.

Es paradójico que en lugar de sentir que una casa me pertenece, yo le pertenezco al acto de paciencia, trabajo, generosidad y responsabilidad de mí hacia mí y conmigo. He sido una mujer comprometida con mis ganas y mi forma de ser; pero también con mis anhelos. Esta vez no es más fuerte la voz del reclamo, de la ansiedad o del miedo (esa compañera tan hija de la chingada que siempre está a mi lado). Esta vez, la voz cantante de la victoria, del reconocimiento y del agradecimiento es más profunda, más recia y más potente.

III. Estos días he llorado de orgullo y de felicidad. Quizá solo lo hice el día que nació Nicolás. He pensado que mi hijo es el motor que me ha llevado a hacer lo que he hecho, pero también recuerdo que había un motor antes de que él existiera que ya funcionaba. No todo es gracias a él, es hora de aprender a agradecerme a mí.

Hoy me siento una planta que siempre tuvo agua, tierra, sol y sombra a su alcance. No tengo espinas ni estoy llena de flores. Estoy viva y he crecido. Me he nutrido. Me he dedicado a vivir sin esperar mucho de ello. Mi ambición siempre fue del tamaño de una casa. Ahora me doy cuenta y brindo desde las cuatro paredes que me alojan y me hacen ver, de frente y claro, que tengo los pies dentro de mi hogar, un lugar sólido, estable y duradero.

Ilustración del blog de Bárbara Hoyo, Anatomía, que representa la forma de una mujer en tres dimensiones.

@barbarahoyo