Redacción Animal Político · 14 de mayo de 2025
El veganismo no es una práctica dietética, sino una postura ética y política que rechaza el especismo, es decir, la discriminación basada en la especie. Sin embargo, los medios de comunicación han contribuido a distorsionar su significado, y lo han reducido a una simple elección alimentaria cuando, en realidad, implica un cuestionamiento profundo de las estructuras sociales, económicas y culturales que perpetúan la explotación y la opresión animal. Esta postura ética y política se fundamenta en el hecho indiscutible de que los animales no humanos son seres sintientes, conscientes, autoconscientes de sí y con intereses propios, lo que impugna su consideración como meros recursos para el beneficio humano.
Adoptar el veganismo implica, además de excluir de la dieta productos de origen animal, rechazar prácticas como la experimentación en animales, el uso de pieles y cueros, la caza, la pesca, incurrir en prácticas de zooturismo y cualquier forma de entretenimiento que implique explotación animal. Más aún, el veganismo se vincula con otros movimientos sociales al comprender que la opresión hacia los animales está conectada con otras formas de dominación, como el racismo, el sexismo y el clasismo. Así, lejos de ser una simple tendencia alimentaria, busca una transformación estructural hacia modelos de convivencia más justos y sostenibles para todos los seres sintientes. En este sentido, cabe preguntarse: ¿a quién le conviene que el veganismo se reduzca a una simple dieta y no se reconozca ni visibilice como un movimiento que busca minimizar la violencia en todas sus formas?
El crecimiento del veganismo en los últimos años ha estado estrechamente ligado a una mayor preocupación por el bienestar animal. Gracias a la difusión de información a través de documentales, redes sociales y el activismo digital, cada vez más personas han tomado conciencia sobre las condiciones de explotación en la ganadería, en los laboratorios de experimentación y otras actividades económicas que utilizan animales. Las investigaciones en etología han demostrado que muchos animales son seres sintientes con capacidad de experimentar placer, dolor y emociones complejas, lo que ha llevado a cuestionar su uso como recursos para el consumo humano. En este contexto, el veganismo se ha convertido en una postura ética que rechaza la violencia y la explotación animal en todas sus formas, y promueve alternativas que respeten los intereses de los animales no humanos. Sin embargo, con este crecimiento ha surgido un fenómeno preocupante: la vegafobia, una animosidad irracional hacia las personas veganas que, lejos de ser una simple burla o desacuerdo, refleja tensiones culturales, sociales y psicológicas más profundas.
La vegafobia no se reduce a un conjunto de comentarios despectivos hacia la gente vegana, o chistes repetidos sobre la sexualidad de quienes llevan una dieta basada en plantas. Se trata de una reacción adversa que, en algunos casos, puede derivar en discriminación e incluso violencia. Desde el desprecio en reuniones sociales, hasta ataques en redes o acciones hostiles en espacios públicos, las personas veganas han sido objeto de rechazo simplemente por su postura ética y política. Pero ¿qué motiva esta animosidad? Uno de los factores clave es la disonancia cognitiva. El psicólogo social Hank Rothgerber ha estudiado cómo muchas personas experimentan lo que se conoce como la “paradoja de la carne”: la contradicción entre saber que el consumo de carne tiene impactos negativos en el medioambiente, la salud y el bienestar animal, y aun así continuar con esta práctica. Para aliviar esta tensión, algunos consumidores de carne minimizan la importancia de los argumentos veganos o los ridiculizan, con el fin de proteger su propio sistema de creencias sin tener que modificar sus hábitos.
Este mecanismo se refuerza con factores socioculturales. En muchas sociedades, el consumo de carne, además de ser un tema relativo a la nutrición, es un símbolo de estatus, masculinidad y pertenencia. Pierre Bourdieu, en su teoría del habitus, explica cómo nuestras prácticas alimentarias forman parte de nuestra identidad cultural. Así, el veganismo no sólo desafía el consumo de productos animales, sino también cuestiona normas y valores profundamente arraigados, lo que genera incomodidad en ciertos sectores de la sociedad.
Además, los medios de comunicación han contribuido a la construcción de una imagen estereotipada del veganismo. Con frecuencia, se representa a los veganos como moralistas intransigentes o extremistas que intentan imponer su visión a los demás. Esta caricaturización ha llevado a que muchas personas rechacen el veganismo sin siquiera considerar sus argumentos. No obstante, hay que recordar que son los seres humanos quienes han impuesto su visión del mundo a los otros animales —el antropocentrismo— a partir de confinarlos, mutilarlos, mercantilizarlos y decidir por sus cuerpos y sus vidas. De hecho, la realidad es que la mayoría de las personas veganas simplemente busca vivir de acuerdo con sus principios sin forzar a nadie a hacer lo mismo.
Casos de vegafobia pueden encontrarse en distintos ámbitos de la vida cotidiana, desde estudiantes que reciben burlas por llevar almuerzos sin carne, hasta profesionales que enfrentan dificultades para encontrar opciones veganas en eventos corporativos. La hostilidad hacia esta postura política se manifiesta de múltiples formas: algunas prácticas vegafóbicas incluyen la ridiculización constante del veganismo mediante chistes o estereotipos; la presión social para que las personas veganas consuman productos de origen animal bajo el argumento de que “un poco no hace daño”; la falta de opciones veganas en entornos laborales y educativos, así como comentarios despectivos o agresivos en redes sociales. En casos más extremos, se han registrado acciones provocativas como el incidente en Londres en 2019, cuando dos individuos se pasearon por un mercado vegano con chalecos con mensajes anti-veganos mientras comían carne cruda de ardilla frente a los asistentes. Asimismo, existen barreras institucionales que impiden el acceso a dietas aptas veganas en hospitales, prisiones y escuelas, lo que obliga a muchas personas a aceptar alimentos que van en contra de sus principios éticos.
La vegafobia no sólo es un problema de quienes la padecen directamente, sino un reflejo de una sociedad que se resiste al cambio, incluso cuando éste apunta hacia un modelo más ético y menos violento. Ante el sufrimiento animal en la industria alimentaria, el veganismo ofrece una alternativa que minimiza el impacto ambiental y promueve la justicia interespecies. Es momento de entender que la vegafobia no es una simple aversión personal, sino una barrera social que impide la construcción de un mundo más consciente y respetuoso con todas las formas de vida. Así como se ha avanzado en la lucha contra otras formas de discriminación, también debemos trabajar para desmantelar la violencia a la que se enfrentan las personas veganas en su día a día.
* Gino Jafet Quintero Venegas es doctor en Geografía por la UNAM, con un posdoctorado en Bioética. Actualmente es Investigador Asociado “C” del Instituto de Investigaciones Sociales en el área de Espacio social, cocoordinador del Seminario Permanente de Estudios Críticos Animales de la UNAM, y profesor de “Geografía y Ética” y “Temas Selectos de Biogeografía” en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.
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