La varita mágica de la IA: la promesa de la calabaza

Joel Aguirre · 31 de agosto de 2026

La varita mágica de la IA: la promesa de la calabaza

Hace unos días estaba platicando con un empresario sobre un proyecto y, conforme avanzábamos en la conversación, empecé a notar un patrón bastante curioso: “¿Y si metemos la IA?”.

Después hablamos de estrategia, de clientes, de reportes, de capacitación… “¿Y la inteligencia artificial no podría resolverlo?”.

La neta hubo un momento en el que me dio risa porque, si soy completamente honesta, yo también quería que la respuesta fuera “sí”.

Mientras me tomo mi licuado, pensé que quizá no estamos buscando inteligencia artificial. Estamos buscando un hada madrina.

Todos recordamos la escena de Cenicienta. Una calabaza se convierte en carruaje, unos ratones terminan guiando caballos y, durante unos minutos, todo aquello que parecía imposible encuentra una solución elegante y hermosa. Siempre me ha parecido curioso que ese sea el momento más famoso del cuento. No porque ahí termine la historia, sino porque nos gusta muchísimo creer que existe un instante donde alguien llega, mueve una varita y aquello que llevaba años siendo complicado deja, por fin, de serlo. Ufff ¡qué alivio!

Y ¿saben qué? pienso que con la IA estamos viviendo una escena peligrosamente similar.

¿La IA para ordenar procesos que nunca terminaron  de diseñarse?

No me malinterpreten. Que tengamos una herramienta tan poderosa a la mano me parece una revolución extraordinaria. La uso todos los días y sigue sorprendiéndome. Construye análisis en minutos, resume documentos interminables, propone estructuras que antes tomaban horas y produce presentaciones que hace apenas unos años habrían requerido equipos completos de trabajo. Entiendo perfectamente el entusiasmo que existe alrededor de ella.

Pero cada vez que una organización me pregunta si la IA puede resolver algo, casi nunca está hablando de inteligencia artificial. Está hablando de un problema que lleva años sin resolver.

Quiere ordenar procesos que nunca terminó de diseñar, encontrar respuestas en información que jamás decidió capturar bien, entender mejor a sus clientes sin haber definido antes qué quiere entender de ellos, acelerar decisiones que siguen atoradas por conversaciones que nadie ha querido tener.

Y, de pronto, la expectativa deja de ser tecnológica. Empieza a ser casi emocional y es muy humano. Ojalá ahora sí exista algo que lo arregle.

Hace algunos años esa esperanza se llamaba ERP. Después CRM. Más tarde, Lean, Six Sigma, Agile, OKRs… Cada generación encuentra su propio Mesías. Cambia la herramienta, el discurso y las siglas. Lo que heredamos intacta es la ilusión de que la próxima sí resolverá aquello que nosotros todavía no hemos logrado resolver.

La IA ayuda, pero no hace milagros

Hace casi cuarenta años, Melvin Kranzberg escribió una realidad que sigue siendo incómodamente vigente: la tecnología nunca actúa sola. Siempre que entra a un sistema termina amplificando aquello que ya existe.

La inteligencia artificial no entra a una organización para volverla brillante, entra a una organización que ya piensa de cierta manera y si en el camino encuentra procesos claros, probablemente los acelerará y con datos confiables encontrará mejores patrones.

Pero si encuentra prioridades difusas, decisiones improvisadas y una organización acostumbrada a apagar incendios… también hará todo ese caos más evidente.

Durante años confundimos producir documentos con producir pensamiento. La inteligencia artificial acaba de romper esa ilusión en tiempo récord porque hoy cualquiera puede producir un entregable maravilloso. Pero lo verdaderamente escaso sigue siendo otra cosa: el criterio para distinguir si estamos resolviendo el problema correcto.

Y siento que cuando pase el hype por la IA volveremos a encontrarnos con la misma pregunta que las organizaciones llevan décadas intentando responder: ¿Qué queremos resolver? 

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