El Patriarcado, detrás de la muerte de Heather Heyer

blogeditor · 18 de agosto de 2017

Por: Lucía Raphael (@LUCIARAPHAEL11)

El domingo pasado, entre los diferentes artículos, blogs y comentarios que circularon en las redes a propósito del horror vivido en Charlottesville, Virginia, llegó a mis redes, y no he podido volver a encontrarlo, el link de un blog nazi que mostraba la foto de la hermosa Heather Heyer, seguido por los comentarios del autor del blog, el cual celebraba que la joven de 32 años hubiera muerto asesinada por el nazi terrorista de origen norteamericano James Alex Fields Jr. La joven fue embestida junto con otros manifestantes reunidos en la ciudad norteamericana para protestar contra los grupos de odio, cada vez más presentes en todo el territorio del país vecino, y quienes se reunieron en lo que ellos dieron por llamar un “rally de la supremacía blanca”.

Para estos trogloditas, la activista por los derechos humanos “merecía” su muerte “por ser gorda”, “por tener 32 años y no ser madre todavía” y seguramente, “por no ser la mujer de” uno de esos neandertales que se erigen como superiores (y hay que recalcar por supuesto, ellos no requieren cumplir con los “cánones de belleza” híbridos que ellos buscan imponer al resto de la humanidad).

En el Patriarcado en que vivimos, desde los tiempos más remotos, los hombres tienden a descalificar al otro ya sea por su potencial capacidad de ser su oponente o, como es el caso de estos enfermos mentales y psicópatas fachos, porque se consideran tan poca cosa que tienen que inventarse en la falta de melanina una especie de “kriptonita al revés”, y desde ahí se construyen sus fantasías megalómanas y se inventan derechos, como el de desaparecer a “la diferencia”, porque la alteridad les da miedo.

Ese desprecio que se lee en la lógica adolescente y sociópata de aquel blog nazi, regodeándose de la muerte de Heather, es el mismo que permite a un niño ofender a su compañerita porque es gorda, porque es bajita, a Trump permitirse propósitos abusivos y denigrantes sobre las mujeres de su entorno, o a los cientos de hombres que aprovechan la falta de Estado de derecho en estados de nuestro país, para violar, asesinar, desmembrar a sus víctimas, “porque son mujeres”. No somos inocentes ante esta lógica; recreamos, reafirmamos, reivindicamos esta “cultura de la tradición” que quiere que las cosas “sigan así”, porque les conviene a esos cuantos para quienes ese establishment fue hecho a medida. La rabia de los supremacistas es contra lo logrado en materia de derechos humanos para construir un mundo de paz (¡Y pensar que es tan poco!) y son una gran caricatura del patriarcado cuyo exceso es una invitación a repensar en qué “valores” está construida nuestra sociedad.

Debo decirlo, porque no deja de doler por cierto que sea, o porque duela menos la tragedia, nos dejamos afectar por las atrocidades que pasan “cerca”. Hoy lloro a lxs hermanxs de Barcelona, atropellados y muertos por el mismo terrorismo que mató a Heather Hayes en Charlottesville e hirió a tantxs otrxs. Somos más tolerantes, si se puede llamar así, cuando sabemos que los miles de muertos caen en Siria, o que las cientos de mujeres secuestradas y violadas están en un país lejano llamado Nigeria, o –no puedo entender por qué- hacemos caso omiso de las 7 mujeres asesinadas en México cada día, aunque pase en la ciudad donde vivimos, nos las arreglamos para negarlas… porque “nos son ajenas”, porque “son diferentes”. Ninguna de ellas, ni por mujer, ni por gorda, ni por niña, ni por homosexual, ni por extranjera para unos, ni por discriminada por otros, merece morir, mucho menos porque no se amolda a las ideas mediocres de unos enfermos azuzados por el más enfermo de todos, al cual llevaron al poder; si hablamos del mapa de odio norteamericano nomás (¿y el nuestro?).

Cuando hablamos de los derechos humanos, no hablamos de ideales inocentes en pos de un mundo rosa, cada uno se fraguó con la sangre, el genocidio, la negación del valor de la vida y la dignidad de aquellos a quienes en un momento histórico u otro, decidieron que su existencia era más legitima y más valiosa que las de sus diferentes, y bajo esta lógica profundamente estúpida, masacraron poblaciones enteras, sometieron culturas hasta desaparecerlas, arrebataron tierras, aguas, montañas a quienes las protegían, para luego también masacrarlas. Inventaron bombas devastadoras y borraron ciudades en segundos, asesinaron a sus hermanxs por un plato de lentejas, o por ser lxs preferidos de sus padres. Los instrumentos internacionales en materia de derechos humanos son catálogos de principios de comportamiento, pensados hacia una cultura para un futuro posible a través de la paz, porque cada uno de esos principios conlleva una historia brutal de negación del otro y de muerte.

El preámbulo de la Carta de Naciones de 1948 comienza reconociendo que los seres humanos somos capaces de las peores atrocidades. Dejados llevar por nuestras bajas pasiones podemos con facilidad destruirlo todo, desconocer la humanidad de quien tenemos enfrente para quitarle la vida. Pero la carta reconoce también que somos capaces de aspirar a una vida buena en convivencia y armonía entre los seres humanos que somos, entre los seres vivientes de todo orden, asumiendo nuestro papel, como parte de un ecosistema mayor a nosotros mismos llamado tierra. Y yo estoy convencida de que, así como citó Obama al gran Mandela cuando afirmó que: “Nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, por su origen, o su religión”, la historia nos demuestra que las más extraordinarias y evolucionadas civilizaciones, como la persa e incluso la romana, nacen de la comunicación, del intercambio y la convivencia en esos mosaicos de la diversidad humana, los más ricos y los más plurales, y esto pasa ante nuestra capacidad de vernos a los ojos (“el rostro del otro es el no matarás” de Lévinas) y de reconocer nuestra propia humanidad y la belleza de nuestras diversidades mutuas.

 

* Lucía Raphael es escritora e investigadora IIJ UNAM, activista, poeta y coordinadora General del Laboratorio Nacional Diversidades, cuyo objetivo principal es la producción de material académico (de investigación, de docencia y de divulgación) que analice las diversas formas de discriminación y violencias bajo una mirada interseccional. Es un posicionamiento urgente de la UNAM frente al endurecimiento de los radicalismos que generan xenofobia, misogina homofobiax, etc, sabiendo el papel que juegan las universidades en tanto motores de cambio nacional, más allá de sus contribuciones académicas fundamentales.

 

 

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