El valor de la naturaleza y la ética ambiental

Redacción Animal Político · 30 de abril de 2025

El valor de la naturaleza y la ética ambiental

En Environmental Ethics, una antología de la ética ambiental anglosajona escrita por Andrew Light y Holmes Rolston III, los autores mencionan que existen diferentes escuelas o perspectivas que analizan el valor moral de la naturaleza; que desde las primeras publicaciones académicas surgió el debate entre quienes consideran que la naturaleza tiene un valor propio o intrínseco —que no depende del uso ni de la apreciación humana y que tiene valor en sí mismo— y quienes opinan que el valor de la naturaleza depende de la apreciación humana que otorga el valor a las cosas que le son útiles o benéficas —que tiene un valor mediado o dependiente del aprovechamiento antropocentrado—.

En dicho debate no hay posturas claramente definidas y perfectamente opuestas, dado que en cada lado encontramos más de una forma de concebir el valor directo e indirecto de la naturaleza. Por ejemplo, del lado del valor intrínseco hay quienes piensan la naturaleza a través de la idea de la biósfera, ese conjunto de seres vivos capaces de reproducirse, alimentarse, modificar su entorno, sentir dolor, experimentar sufrimiento y comportarse con inteligencia; mientras que otros, con consideraciones más amplias, piensan también en la geósfera, compuesta por los flujos de energía y materia no viva que autorregulan las condiciones que sostienen la vida en nuestro planeta desde hace 4 mil millones de años, como resultado de la evolución inorgánica-orgánica (teoría de Gaia). En este lado de la disputa se intenta señalar que, más allá de los humanos, existe un sistema terrestre de ciclos complejísimos de fósforo, nitrógeno, carbono, agua, radiación solar, temperatura, movimientos tectónicos y vida con valor propio.

De la misma manera, del lado del antropocentrismo hay más de una perspectiva, aunque todas tengan en común la noción abstracta de que las apreciaciones sobre el valor son una creación intelectual puramente humana. Están quienes asumen que la protección del medio ambiente debería plantearse en función del servicio ecológico que recibimos los seres humanos en forma de oxígeno, agua, alimento, temperaturas regulares, etcétera, mientras que otros resaltan, de forma más amplia, que la preservación de esta función de soporte debe evaluarse más allá del presente, introduciendo la preocupación moral por las siguientes generaciones. Cada uno de estos enfoques tiene consecuencias teóricas distintas y muy interesantes para la reflexión teórica.

Aunque es verdad que este debate se ha venido desarrollando y complejizando con diversos matices desde los años setenta, sobre todo en inglés, me sorprendió que los autores de la antología señalen la disyuntiva sobre el valor como el punto de partida de la ética ambiental. Como suelen señalar los filósofos: el punto de inicio determina la dirección y el destino de la reflexión. ¿Podría haber otro inicio para la ética ambiental? ¿Es ineludible el camino de la disputa entre el valor directo o indirecto de la naturaleza? A continuación, propongo hacer una desviación de la ruta propuesta por Light y Rolston:

Primer paso: la realidad histórica. Sugiero que nos situemos en la realidad histórica para ver a dónde nos conduce. Independientemente del debate teórico, ¿qué dice el mundo en el que vivimos y su estructuración sobre el valor directo o indirecto de la naturaleza? Preguntarnos esto nos permite postular que la ética ambiental también comenzó en los años setenta, no con un debate teórico, sino con el reconocimiento de un problema real: el deterioro ambiental resultado de la instrumentalización de la naturaleza o de su explotación como fuente de recursos.

Segundo paso: el lugar de enunciación. Consiste en establecer el lugar desde donde se enuncia esta reflexión de ética ambiental y desde dónde son percibidas las crisis socioambientales. El lugar geográfico desde donde evalúo es la Ciudad de México. Mi contexto está formado por las dinámicas de esta megaciudad ubicada en el centro del país. Pero mi perspectiva también se sitúa en un lugar social, constituido por mi profesión como docente de bioética en el sector universitario público y privado, y como estudiante contractual de doctorado. Este lugar determina el tipo de vínculos sociales que tengo, mis desplazamientos cotidianos, mi ingreso, mi consumo, mi exposición a contaminantes y hasta mi huella ambiental. Por ejemplo, desde que dejé Guadalajara, el tiempo que puedo pasar en espacios “naturales” se ha reducido drásticamente, el tiempo que paso trasladándome se ha incrementado, una porción muy grande de mi salario se destina a la renta, mi consumo en supermercados aumentó, por primera vez experimenté semanas con servicio de agua potable intermitente o ausente y la calidad del aire que respiro empeoró. También hubo cambios positivos: encuentro una mayor disponibilidad de comida callejera económica a base de vegetales y soy menos dependiente del automóvil gracias a la red de transporte público tan amplia.

La relevancia de la realidad histórica y del lugar de enunciación para la reflexión ética ambiental

La estructuración del lugar que habitamos da forma a nuestras relaciones con el entorno y a nuestras representaciones de la naturaleza y de las crisis, por lo tanto también interviene en nuestras elecciones sobre la protección del medio ambiente. Por ejemplo, en uno de los cursos que impartí sobre ética de la investigación, con estudiantes de posgrado del aérea de la nutrición, solía preguntar qué harían si trabajaran en una empresa que les pidiera modificar los resultados de laboratorio para mostrar que su producto posee propiedades nutricionales que en realidad no tiene. Para la mayoría, esta situación no se reducía a un simple dilema hipotético sobre la verdad y el deber deontológico del profesional de la nutrición, sino que lo complejizaban imaginando un escenario con otros datos relevantes en la vida real, tales como: cuál es el salario en esta empresa, el tiempo que llevan trabajando ahí, si el ambiente laboral es agradable, los detalles sobre la información que habría que modificar, su situación económica y familiar en ese momento, el tipo de producto que se produce (¿es vino o una barrita de cereal?), el público al que está destinado (¿son niños o adultos?). Una pregunta similar podría presentarse al resto de profesionistas, incluyendo a los ingenieros ambientales, para evidenciar que nuestro posicionamiento moral no sólo depende de argumentos sobre el valor intrínseco o mediado de la naturaleza.

Las tres ventajas de esta forma de concebir la ética ambiental

1. Enfatizar la importancia de los condicionamientos socioculturales de cada manera de percibir la naturaleza y de comprender las crisis socioambientales. Creo que el debate sobre el valor directo o indirecto de la naturaleza podría enriquecerse mucho tomando en cuenta nuestra propensión hacia una u otra forma de concebir la naturaleza en función de nuestro lugar de enunciación. La realidad que percibe cada persona desde el lugar que habita, que en mi caso refleja mucho al resto de las megaciudades del planeta, tiene mucho que decir sobre las crisis socioambientales y las posibilidades de solución.

Un ejemplo emblemático sobre cómo se construyen nuestras representaciones de la naturaleza a través de mecanismos socioculturales, que no se limitan a las experiencias individuales como las que mencione antes, sino que también se configuran por imaginarios colectivos, es el de las películas actuales. Pienso en la película Black Panther: Wakanda Forever, que incluye personajes africanos y latinos para ponerse al corriente con los tiempos de la diversidad cultural y para ampliar su audiencia. Los guionistas no pudieron imaginar más allá de la homogenización de las historias, mostrando que “los otros” caben en las narrativas de los superhéroes tradicionalmente blancos, pasando por el mismo camino del “progreso” de los centros urbanos que conjugan innovación tecnológica y una identidad cultural propia. Wakanda, la ciudad hipertecnológica africana, y Tolokan, la ciudad maya subacuática ejemplo de la conquista humana del fondo del mar, nos hablan del imaginario antropocéntrico dominante que no deja espacio para concebir un futuro no urbano o para una cultura que rechace el progreso urbanizador. Esto es lo que Michel Lussault llama “la urbanización generalizada del planeta”, que se expresa en cómo todos los espacios son transformados, organizados y habitados, incluso en la imaginación, a través del modelo de los grandes centros urbanos.

2. Recordar que la principal tarea de la ética es el estudio de los fundamentos de las decisiones que, aplicado al medio ambiente, busca comprender cuáles son las valoraciones morales detrás de las elecciones y acciones concretas en relación con la conservación y la destrucción del medio ambiente. En este sentido, la ética ambiental también puede ocuparse, de forma transdisciplinar, de las variables políticas, económicas y culturales, incluyendo la industria artística y el cine, que configuran nuestros deseos, nuestra imaginación y su vínculo con nuestras decisiones que contribuyen a la degradación ambiental. En otras palabras, considerar la composición sociocultural de las decisiones, individual y colectivamente, ayuda a superar el enfoque clásico y reduccionista de los agentes racionales que modifica su comportamiento, únicamente en función de la maximización de beneficios o únicamente en función de la contundencia de los argumentos con los que han sido educados.

3. Reconocer algo que supongo que muchas personas comparten conmigo: la experiencia contradictoria de tener, al mismo tiempo, alguna preocupación por el futuro ambiental y la certeza de que participar de la vida social nos hace inevitablemente partícipes de muchas formas de degradación socioambiental sistémicas, como la extracción intensiva de agua, emisiones masivas de CO2, desecho de toneladas de plástico, extracción y centralización de los recursos, gentrificación del espacio urbano, reproducción de las dinámicas capitalistas y jeraquizantes, aumento del tráfico global de mercancías debido al comercio en línea, explotación laboral a través de aplicaciones como Didi o Uber, etcétera. En otras palabras, sería importante reconocer el carácter contradictorio de nuestros sistemas de valoraciones.

Este carácter contradictorio de los sistemas morales se expresa en las diferentes maneras de habitar el mundo, por ejemplo: los diseños urbanísticos que concentran el consumo de recursos, lo que genera bienestar para unos a expensas de la extracción de los medios de subsistencia de otros espacios, siguiendo el modelo colonial de las grandes metrópolis y la periferia; en la organización del trabajo que, en teoría, distribuye de forma justa la producción y el reconocimiento social, pero en la práctica justifica y refuerza la explotación de la pobreza y la desigualdad; en la producción de conocimiento científico que conduce a la innovación tecnológica, a la eficiencia y el crecimiento económico, al tiempo que incrementa la capacidad de explotación de recursos y acelera los procesos que transgreden los límites planetarios.

En conclusión: la ética ambiental que ha alcanzado altos niveles de rigor teórico, con el estudio de los fundamentos de los argumentos sobre el valor directo e indirecto de la naturaleza, podría contribuir a la construcción de alternativas basadas en la justicia ambiental y en la equidad social. También podría ampliar sus posibilidades para proponer soluciones a las crisis socioambientales, incluyendo los condicionamientos socioculturales de nuestras relaciones cotidianas con el entorno e incluyendo la atención al efecto del lugar de enunciación a la hora de producir teorías. De este modo, la ética ambiental se transformaría en una herramienta transdisciplinaria que no sólo fundamenta los argumentos a favor del cuidado del ambiente o sólo diagnostica las raíces de la crisis, sino que también pueda hacerse cargo de ellas.

* Jesús Octavio Corona Ochoa es licenciado en Filosofía por la Universidad de Guadalajara; maestro en Filosofía y Ciencias Sociales por el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores, donde también es profesor; doctorando en el segundo semestre en el Programa de Doctorado en Ciencias Sociomédicas y Humanidades en Salud, especialidad Bioética, UNAM; profesor de Ética de la Investigación y Epistemología de la Investigación, en el nivel de posgrado, en el Instituto de Investigaciones del Comportamiento Alimentario y Nutricional de la Universidad de Guadalajara.

 

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1 Ribeiro, Djamila. Lugar de enunciación. Tumbalacasa Ediciones, 2024.