El valor de la ética en la res publica

Redacción Animal Político · 18 de septiembre de 2024

El valor de la ética en la res publica

La raíz latina res publica representa literalmente lo que se conoce como cosa pública, y se vincula con el origen de la palabra república que representa la estructura, el funcionamiento y la forma como se organizan las sociedades para regular la convivencia y los formatos de organización y gobernanza de un Estado.

En la antigua Roma se consideraban los elementos sociales y filosóficos que generaron los primeros fundamentos del Derecho Romano y que, en conjunto con el pensamiento griego, constituyeron la piedra angular que sustentó la estructura del derecho universal, y la implementación de las leyes que regulan tanto los patrones conductuales individuales como los de carácter comunitario y social.

Junto a estos elementos también se postularon las virtudes cardinales de la moral romana: la Pietas (piedad filial), la Fides (lealtad, buena fe, confianza, honor) y la Virtus, a través de las cuales, particularmente de esta última, se reconocían una serie de cualidades propias de los individuos en el escenario moral que determinaban a su vez la vida familiar y el reconocimiento del bien común sobre el propio.

Estos elementos que definen los patrones conductuales en el fuero interno de los individuos y que sustentan los mecanismos introspectivos o intrapersonales, así como los interpersonales en la interacción social, se han transformado a lo largo de la historia en los denominados códigos morales. Se entienden como una serie de valores a través de los cuales la sociedad que los legitima puede postular propuestas específicas de referencias comportamentales entre lo correcto y lo incorrecto.

De esta manera surgió la ética que forma parte de los mecanismos regulatorios que no forman parte de las leyes formales en el orden civil o penal, sino que apelan a principios fundamentales que cada sociedad en particular define como los perfiles idóneos del comportamiento y representan los códigos de lo que “debe ser” en el fuero moral (códigos deontológicos).

No obstante, estos elementos que han sido bien definidos en las sociedades contemporáneas no siempre han logrado una aplicación universal si tomamos en cuenta la diversidad, la heterogeneidad social, antropológica, económica, educativa y, particularmente, la intervención de preceptos ideológicos y otros más de carácter religioso.

Este mosaico de patrones, tipificados como moralmente aceptables en una sociedad, pueden no ser validados en comunidades con tradiciones socioculturales distintas. Aún más, resulta que el panorama de estos valores o principios que definen un patrón “normal” en la conducta, hacen más compleja su interacción cuando aspiran a una moral universal si ésta se encuentra inmersa en postulados religiosos extremistas o ideologías radicales que promueven discursos de odio y posturas teocráticas autoritarias. La argumentación de que “mi moral es mejor que la tuya” ha generado una gran cantidad de conflictos que siguen vigentes en diferentes coordenadas geopolíticas en todo el mundo.

¿Por qué es pertinente el equilibrio entre la exaltación impulsiva y la conducta racional? No sólo porque sustenta nuevas rutas en este balance, sino que contribuyen a que se respeten los derechos fundamentales desde la ética más elemental (ética de los mínimos), que también forma parte de nuestra esencia biológica sistémica.

Para entender los orígenes de la conducta ética podemos remontarnos a un proceso neurobiológico convencional en el que el equilibrio conductual se logra a partir de una regulación y un balance entre las redes neuronales excitatorias y las inhibitorias; entre la impulsividad y la racionalidad y, en términos metafóricos, entre el “acelerador y el freno”.

Un ejemplo de conductas carentes de ética esta representado por los comportamiento sociopáticos en los que el individuo no respeta sus códigos conductuales ni las regulaciones normativas de la sociedad. Este patrón sin ponderaciones prosociales puede sustentar conductas disruptivas que tienen trascendencia en la sociedad y no sólo en el individuo (conducta deshinibida, violenta, acoso, comportamiento delincuencial, autoritarismo).

La deliberación ética se sustenta en el pensamiento crítico y reflexivo, y representa la argumentación de racionalidad, y para el caso de todo aquello que se vincula con las ciencias de la vida se contextualiza en el rol de la bioética.

En la sociedad, esta alteración sistemática expresada como la carencia de ética tiene altas probabilidades de derivar en corrupción, conductas autoritarias, violentas, dictatoriales y malas prácticas (como las faltas a la integridad científica en el campo de las ciencias o en el profesionalismo), en las cuales se transgrede el respeto a los derechos fundamentales de los individuos y de la sociedad.

Los códigos éticos y los códigos deontológicos representan los postulados que nos aproximan con la gestión de estos derechos desde el equilibrio, que apela a los principios y valores morales que son relevantes para la convivencia humana en una sociedad determinada.

La democracia, como las leyes, no es perfecta, porque puede incurrir en acciones u omisiones que configuren delitos que representan el riesgo de acciones antisociales desde el “poder de la mayoría” matemática, como también pueden desvirtuarse sus interpretaciones, en las que se asume que la búsqueda de la verdad y la justicia son una aspiración sin garante que finalmente se limita a una procuración sin certidumbre.

Desde los espacios biológicos más básicos que definen el comportamiento y la conducta de una sociedad, hasta los escenarios sociales más diversos y complejos, la ética sigue presente como un recurso de ponderación en la toma de decisiones para las personas y las comunidades. Pero particularmente para regular, mediante los códigos morales, que las inercias decisorias no afecten los derechos fundamentales del individuo y de la sociedad en una perspectiva global. Adicionalmente, se postula como una voz que desde su estatura para emitir recomendaciones, que no siempre son vinculantes con la jurisprudencia, señale y defienda los derechos de las comunidades vulnerables más desprotegidas.

Ante la historia sólo quedarán las evidencias de lo que se hizo de forma oportuna ante situaciones que definen un conflicto o dilema ético, y este ejercicio va más allá de la expresión del desacuerdo, desde el silencio y la omisión. Requiere de una argumentación proactiva para recuperar el equilibrio entre el impulso rudimentario y la racionalidad reflexiva y crítica.

* Rodrigo Ramos Zúñiga es neurocirujano, doctor en Neurociencias y profesor Investigador del Centro Universitario de Ciencias de la Salud, de la Universidad de Guadalajara. Es académico, miembro del Sistema Nacional de Investigadores, nivel II, y de la Academia Nacional de Medicina de México, así como emérito del Consejo Mexicano de Cirugía Neurológica. Además, es titular de la Comisión Estatal de Bioética de Jalisco. En 2014 obtuvo el Premio Jalisco en Ciencias. Es autor de La cultura bioética en la sociedad contemporánea. Guadalajara: Ediciones de la Noche, 2021.

 

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