Redacción Animal Político · 4 de noviembre de 2022
El latido significa ritmo.
Quizá por eso la música nos toca hondo desde bebés: sacude la memoria del pálpito materno, hogar original del que nos desarraigaron, casa a la que esperamos volver.
Julia Santibáñez
Observar a una persona coordinar su cuerpo, desde el tórax hasta la pestaña más pequeña, pasando por las palmas de las manos y las plantas de los pies, con la misma fuerza y gracia, siempre resulta un espectáculo. Ser testigo de alguien que se entrega a la música —y a la vida— es un acto que maravilla y contagia.
Moverse tiene que ver con mantener el equilibro y con aceptar que hay un flujo más allá de nosotros que nos permite jugar con la armonía, con el silencio y con el tiempo.
Si tuviera que elegir entre tener los pies sobre la tierra o saber moverlos, les pediría a todas las deidades que me concedieran la magia del ritmo. Los diccionarios describen al ritmo como la forma de sucederse y alternar una serie de acontecimientos que se repiten en un intervalo de tiempo. Para mí, cualquier descripción que implique sucederse queda en la élite verbal.
Dice Pablo Fernández Christlieb que “un sentimiento es el aviso de que algo sucede en alguna parte, demasiado cerca. Pareciera que ‘sentir’ es el verbo que se emplea para informar que hubo una sacudida de la realidad”.
Entonces, de alguna manera, tener ritmo es suceder y suceder es sentir. Por ejemplo, sabemos que los latidos del corazón se activan al escuchar el ritmo de una canción. Quisiera pensar que el ritmo es como el talento, pero me parece superior. Aunque ambos tienen la capacidad de desarrollarse, solo uno se puede fingir: es imposible plagiar el ritmo.
También hay quien tiene ritmo para vivir y sabe que la paciencia siempre falta y la prisa siempre sobra. Esas personas, al sucederse a sí mismas, entienden, más allá de lo consciente, que hay un flujo, como en las olas o en el pulso, que se relaciona con los ciclos vitales que no son otra cosa que nuestro paso (rítmico o no) por el mundo.
Estamos, fluimos, nos vamos. Somos un constante oleaje en tanto nuestro ritmo no se vea alterado por las resistencias que, también de manera natural, se imponen como si quisiesen impedirnos bailar, cantar, gozar y sentir. Nuestros pensamientos a veces son el ruido que no nos permite ser el acto que maravilla y contagia.
Aunque el ritmo no es precisamente una parte del cuerpo, sí es la energía que determina cómo nos movemos, porque quizás el secreto nunca ha estado en el dónde ni en el porqué, sino en la intensidad y duración que le damos a cada paso que damos, ya sea de forma solitaria o en esta pista en la que bailamos todos.