blogeditor · 23 de octubre de 2020
No deja de ser bastante interesante el hecho de que el ajolote que vive en el agua es la potencia de un ser que puede vivir en el fuego.
Salvador Elizondo
Los anfibios fueron los primeros vertebrados que dieron un salto del agua a la tierra. Salvo por el pariente más famoso que habita en los canales de Xochimilco y que permanece en estado larvario toda su vida, los ajolotes, anfibios mexicanos, sufren una metamorfosis (muchas veces detonada por el estrés) que los lleva a convertirse en salamandras.
La palabra ajolote proviene del náhuatl axolotl, que significa monstruo de agua. El axolotl posee una capacidad única para regenerar casi todas las partes de su cuerpo: desde el cerebro hasta el corazón, pasando por la médula espinal, extremidades y cola.
Por otro lado, las salamandras son criaturas de piel oscura, nocturnas, terrestres y asociadas mitológicamente al fuego. ¿Cómo es posible que un animal viva la primera parte de su vida bajo el agua y la segunda bajo la tierra? Las facetas extremas de este animal, que pareciera ser dos, son tan fascinantes como contradictorias.
La metamorfosis del ajolote me hace pensar en la maternidad y sus ambivalencias. El día que parí, Nicolás y yo dejamos de ser monstruos de agua: él dejó de vivir –literalmente– en ella para ser una criatura terrestre; yo, me convertí en una mujer capaz de soportar el fuego por él.
Cuando una mujer se convierte en madre, no solamente se transforma: muere también una parte de ella. Y nace otra, pero que no le pertenece. La maternidad puede sentirse como una sombra, pacífica, pequeñita. O como una luz, tenebrosa, dominante. La maternidad se lleva en la yema de los dedos, en la angustia, en el intestino, en los pulmones, en la médula y en el corazón, sujetos a su regeneración, como los del ajolote, pero con la latente posibilidad de desintegrarse.
Ser madre es aprender a hacerse tan grande como el yacimiento que le dará vida a nuestros monstruos de agua, y, además, es aprender a vivir en el fuego y bajo tierra para sobrevivir, porque sobrevivir es el gran poder de una madre, que lleva una tonelada, a veces ligerita, sobre su cuerpo y fuera de él.
Tener a Nicolás me hace preguntarme cada día si hice bien en convertirme en madre, para de inmediato responderme que he dado el salto del agua a la tierra. La metamorfosis está hecha: soy madre.