Jorge Avila · 27 de marzo de 2026
A un año de distancia, es posible constatar que el cierre de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) marcó el final de un capítulo en la historia del desarrollo: uno protagonizado por una potencia que asumía que la cooperación internacional no era un gesto ornamental de la política exterior, sino una infraestructura capaz de sostener vidas, fortalecer instituciones y construir capacidades públicas.
USAID fue una de las expresiones más visibles del poder suave de los Estados Unidos. La agencia nació en 1961, impulsada por una mezcla de cálculo geopolítico y convicción moral, bajo la premisa de que sociedades más prósperas y democráticas serían también más estables. Con el tiempo, esa visión se tradujo en programas de salud, educación, seguridad alimentaria, fortalecimiento institucional y gobernanza desplegados en más de 130 países. Se estima que, entre 2001 y 2021, los programas financiados por USAID contribuyeron a prevenir más de 91 millones de muertes en el mundo, incluidas alrededor de 30 millones de muertes de niñas y niños.
En México, esa pérdida no es abstracta. Durante décadas, USAID fue un socio en procesos de fortalecimiento institucional y social. Sus programas acompañaron iniciativas para fortalecer el estado de derecho, promover la rendición de cuentas, impulsar economías locales sostenibles y ampliar espacios de participación ciudadana. La estrategia de cooperación 2020–2025 buscaba contribuir a que México fuera un país más seguro, próspero y resiliente frente a desafíos nacionales y globales, al tiempo que fortalecía la relación bilateral entre México y Estados Unidos.
Más importante aún, una parte sustantiva de su modelo descansaba en el liderazgo local: cerca del 60% de sus socios implementadores eran organizaciones nacionales, lo que permitió que muchas iniciativas se diseñaran desde el territorio y respondieran a las necesidades específicas de cada comunidad.
Los programas de USAID dejaron resultados tangibles en distintos ámbitos del desarrollo social e institucional. Más de 5,200 organizaciones de la sociedad civil fortalecieron sus capacidades, mientras alrededor de 8,700 jóvenes en situación de riesgo participaron en iniciativas de prevención de la violencia. Se apoyó el acceso a la justicia para más de 161,400 mujeres víctimas de violencia y se brindó acompañamiento legal en más de 1,300 casos de derechos humanos. Paralelamente, se impulsó el desarrollo económico local con la creación de más de 10,000 empleos y se promovió la conservación de 1.2 millones de hectáreas en la Selva Maya. Estos son solo algunos ejemplos de su impacto.
Hablar de USAID en México no es, para mí, un ejercicio distante. Durante siete años tuve la oportunidad de colaborar en programas financiados por la agencia: el Programa para la Sociedad Civil y el proyecto ConJusticia, enfocado en fortalecer instituciones del sistema de justicia penal. En esos espacios entendí que el desarrollo no es una abstracción. Ocurre en salas de capacitación, en encuentros intersectoriales, en organizaciones que sostienen su resiliencia en coyunturas adversas, en funcionarias y funcionarios que buscan hacer mejor su trabajo y en activistas que persisten incluso cuando el entorno político les resulta hostil.
Por eso me cuesta aceptar la narrativa que reduce el cierre de USAID a una simple corrección burocrática o depuración ideológica. Lo ocurrido en 2025 fue mucho más: representó un viraje político de fondo. La administración Trump congeló programas, recortó de manera drástica la operación de la agencia y trasladó sus funciones al Departamento de Estado. Diversas estimaciones señalan que estos recortes redujeron la cooperación internacional entre 9% y 17%, lo que equivale a más de 31 mil millones de dólares y a la pérdida de cientos de miles de empleos. Algunos programas humanitarios han sufrido reducciones cercanas al 40%, afectando directamente a comunidades que dependen de estos apoyos.
Pero el impacto no es solo financiero. También es sustantivo. Iniciativas relacionadas con ciencia, género, diversidad e interseccionalidad han sido suspendidas o reorientadas hacia agendas más estrechas, centradas en productividad económica, control migratorio o seguridad.
El mundo de la cooperación internacional entra así en una nueva etapa. El vacío que deja USAID comienza a ser ocupado por organismos multilaterales, agencias europeas, fundaciones filantrópicas y nuevas alianzas entre academia, empresas y organizaciones sociales. También han ampliado esquemas de cooperación Sur-Sur. Sin embargo, estos esfuerzos aún resultan insuficientes.
El legado de USAID, con todas sus virtudes y contradicciones, nos recuerda algo fundamental: la cooperación internacional nunca ha sido perfecta, pero ha sido profundamente necesaria. Durante décadas permitió tender puentes entre países, compartir conocimientos y sostener proyectos que de otro modo habrían sido imposibles.
Quizá la pregunta más importante hoy no es si USAID fue una institución ideal —no lo fue— sino qué tipo de cooperación internacional queremos construir en su ausencia. Porque el desarrollo nunca ha sido solo una política pública o un presupuesto. Es, ante todo, una red de personas que creen que el mundo puede ser más justo.
Y esas redes, incluso cuando las instituciones cambian o desaparecen, siempre encuentran la manera de persistir. Por eso vale la pena reconocer los puentes que se tendieron, las relaciones que se forjaron en el camino y los esfuerzos que siguen impulsando la transformación en distintas latitudes. Aunque USAID ya no exista como institución, la misión que la animó sigue viva en quienes formaron parte de ese proyecto colectivo y en quienes hoy continúan sembrando cambio desde otros espacios.
Quienes deseen conocer iniciativas que buscan preservar este legado pueden consultar la red internacional OneAID Community y la plataforma USAID Media, donde se documenta el impacto histórico de la agencia y la memoria de su trabajo alrededor del mundo.
Brandon Melecio Fischer (@brandonmfischer) es investigador de Inclusión y Desarrollo Sostenible en Ethos Innovación en Políticas Públicas (@EthosInnovacion).