blogeditor · 29 de diciembre de 2014
Se requieren cronistas extra quienes, como el célebre autor de la Vida de los Doce Césares, sepan contar con lujo de detalle y sustento documental –en aquellos casos donde aún se pueda: muchas huellas de los ultrajes han sido borradas por perpetradores y cómplices- cómo se las gastaban los caudillos, así como el tropel de gobernadores y regentes del Distrito Federal (incluyendo su actual reencarnación en la persona del seudo progre Miguel Ángel Mancera), engendrados por un pernicioso sistema que sólo amerita ingresar al Museo/Panteón –sin boleto de regreso- de las Curiosidades y Reliquias.
A modo de ejemplo, compartimos fragmentos de la obra de Gayo Suetonio Tranquilo, consultable en Internet y traducida al castellano por Chantal López y Omar Cortés.

‘Un día preguntó a un ciudadano, llamado después de largo destierro, qué acostumbraba hacer en él, y le contestó para adularle: Diariamente pedía a los dioses, que me han escuchado, que pereciese Tiberio y reinaras tú. Persuadido entonces de que aquellos desterrados pedían a los dioses su muerte, mandó a las islas en que estaban detenidos, soldados que les matasen a todos. Queriendo que el pueblo despedazase a un senador, apostó hombres que le llamasen enemigo público, en el momento en que entrase en el Senado; éstos debían herirle al mismo tiempo con los punzones y entregarlo en seguida al populacho para que le hiciese pedazos; y no quedó satisfecho hasta que vió sus miembros y sus entrañas arrastrados por las calles y depositados a sus pies’.
‘La atrocidad de sus palabras hacía más odiosa aun la crueldad de sus acciones. Nada encontraba tan laudable y hermoso en su carácter, según decía, como lo que llamaba su insensibilidad. Habiéndole reconvenido su abuela Antonia, no se limitó a no atenderla, sino que le dijo: Recuerda que todo me está permitido, y contra todos’.
‘Sus prodigalidades superaron la extravagancia de los más pródigos. Inventor de una nueva especie de baños, de manjares extraordinarios y de banquetes monstruosos, lavábase con esencias unas veces calientes y otras frías; tragaba perlas de crecido precio disueltas en vinagre; hacía servir a sus convidados panes y manjares condimentados con oro, diciendo que era necesario ser económico o vivir como César’.
‘Hacía dividir las rocas más duras; elevaba llanuras a la altura de las montañas y arrasaba los montes al nivel de los llanos: todo esto con increíble rapidez, castigando la lentitud con pena de muerte. Y para decirlo todo de una vez, en menos de un año disipó los famosos tesoros de Tiberio César, que ascendían a dos mil setecientos millones de sestercios. Agotados los tesoros y reducido a la pobreza, recurrió a la rapiña y se mostró fecundo y sutil en los medios que empleó: el fraude, las ventas públicas y los impuestos’.
‘Cuando nació su hija, quejóse de ser pobre y de sucumbir a la vez bajo el peso del Imperio y de la paternidad y recogió ofrendas para la crianza y la dote al comenzar el año; y el dia de las calendas de enero se colocó en la entrada de su palacio, y allí recibió por si mismo el dinero que multitud de personas de toda condición arrojaron a manos llenas delante de él. En los últimos tiempos, su pasión por la riqueza se había trocado en frenesí, y con frecuencia paseaba descalzo sobre inmensos montones de oro, colocados en vasto salón, y algunas veces se revolcaba sobre ellos’.
(Abundan vacantes para los que estén dispuestos a recopilar las andanzas de nuestros Caliguletes mexicanos, en las entidades federativas y los municipios a todo lo largo y ancho del país. Delirante compendio para los que, en treinta o cuarenta años, repasen la historia nacional aunque no alcancen a creer lo que están leyendo).

‘Nunca se puso un traje dos veces. Jugaba a los dados a cuatrocientos mil sestercios el punto. Pescaba con una red dorada, cuyas mallas eran de púrpura y escarlata. Dícese que nunca viajaba con menos de mil carruajes; sus mulas llevaban herraduras de plata; sus muleros vestían hermosa lana de Canosa; sus conductores y corredores mazacos iban adornados con brazaletes y collares. En nada derrochó tanto como en sus construcciones (…) la Casa de Oro, de cuya extensión y magnificencia bastará decir que en el vestíbulo se veía una estatua colosal de Nerón de ciento veinte pies de alto; que la rodeaban pórticos de tres filas de columnas y de mil pasos de longitud; que había en ella un lago imitando al mar, rodeado de edificios que daban idea de una gran ciudad; que se veían también explanadas, campos de trigo, viñedos y bosques poblados por multitud de rebaños y fieras. El interior era dorado por todas partes y estaba adornado con pedrerías, nácar y perlas’.
‘Dió espectáculos numerosos y variados; tales como los juegos llamados juveniles, fiestas en el circo, representaciones teatrales y combates de gladiadores. En los juegos de la juventud, hizo presentarse ancianos consulares y madres de familia de avanzada edad. En los juegos del circo, destinó a los caballeros. puestos distinguidos e hizo correr cuadrigas arrastradas por camellos. En los que celebró por la eternidad del Imperio, y a los que llamó Grandes Juegos, se vió a la nobleza de ambos sexos desempeñar papeles de bufones’.
‘Envanecido por haberlo intentado todo impunemente, sostenía que ningún príncipe había sabido aún cuánto podía hacerse desde el trono (…) Desagradándole, decía, el mal gusto de los edificios antiguos, la angostura e irregularidad de las calles, hizo prender fuego a la ciudad, y tan descaradamente, que algunos consulares, sorprendiendo en sus casas esclavos de su cámara, con estopas y antorchas, no se atrevieron a detenerlos. Los graneros inmediatos a la Casa de Oro, y cuyo terreno deseaba, fueron incendiados y batidos con máquinas de guerra, porque estaban construídos con piedras de sillería. Estos estragos duraron seis días y siete noches, y el pueblo no tuvo otro refugio que los monumentos y las sepulturas (…) Después, recibió y hasta exigió contribuciones por las reparaciones de Roma, y estuvo a punto de arruinar por este medio a las provincias y a los particulares’.

‘Dispuesto siempre a ordenar asesinatos y suplicios, sin distinción de personas y por cualquier pretexto, hizo perecer de diferentes maneras a nobles romanos, en otro tiempo condiscípulos suyos y compañeros, atraídos a su lado por toda clase de agasajos, y a los que había hecho entrever la esperanza de ser asociados al ejercicio del poder. Llegó hasta a envenenar a uno de ellos por su propia mano, con un vaso de agua fresca que le pidió en un acceso de fiebre. No perdonó a casi ninguno de los usureros, acreedores y receptores de rentas que en otro tiempo le habían exigido en Roma las cantidades que les debía, o que en sus viajes le habían hecho pagar el derecho de peaje. Hasta mandó al suplicio a uno de ellos que se presentó a saludarle: pero en el acto lo hizo volver, y todos celebraban ya su clemencia cuando mandó matarlo en su presencia queriendo, según decía, dar pasto a sus ojos. Mandó ejecutar a otro y a sus dos hijos, que habían acudido a pedir el perdón del padre. Habiéndole gritado un caballero romano que llevaban a la muerte: Tú eres mi heredero, quiso ver el testamento, y al leer que un liberto de aquel caballero debía compartir con él la herencia, mandó degollar al liberto y al caballero. Hizo perecer a algunos hombres del pueblo por el crimen de haber hablado públicamente contra el bando de los azules, audacia que envolvía, en opinión suya, desprecio a su persona y esperanza de una revolución. Odiaba especialmente a los bufones y astrólogos, a quienes condenaba a muerte sin oírlos, por denuncia de cualquiera. Su furor contra ellos llegó al colmo cuando después del edicto en que mandaba a los astrólogos salir de Roma y de Italia antes de las calendas de octubre, publicaron en seguida esta parodia: Salud a todos. Por orden de los caldeos, se prohibe a Vitelio Germánico estar en ninguna parte del mundo para las calendas del mismo mes. Sospechóse también que había hecho morir de hambre a su madre enferma, porque una mujer del país de los chattes, a la que creía como a un oráculo, le había anunciado largo y tranquilo reinado si sobrevivía a su madre. Según otros testimonios, disgustada ésta del presente, y asustada por el porvenir, le pidió veneno, que él le dió sin dificultad’.
Crueldad sin control, o límite alguno. Acceso diferenciado a la justicia. Obra pública desenfrenada e inútil. Castas intocables y Casas de Oro en el Imperio Romano. Casas Blancas, ahora y siempre, en México.
Y en México sigue la mata dando.





Los excesos de políticos y Capitanes de la Industria y el Comercio opacan las ‘proezas’ descritas, con elocuencia y economía, por Suetonio. ¿No será hora de que nos desacostumbremos a ellas, y que dejemos de pensar en su inevitabilidad, porque no deben ser ya parte de nuestra idiosincrasia nacional?
Sobran tareas para 2015. No olvidemos a los normalistas de Ayotzinapa secuestrados que nos hacen falta; ni a los cuarenta y nueve niños fallecidos por negligencia criminal en la Guardería ABC, hace casi sesenta y siete meses. Ni a los miles de desaparecidos, asesinados… ni a sus familias.
En efecto. Urgen testigos adicionales del colapso, que puedan seguir articulándolo y asimismo ofrecer propuestas para que nuestra condición de Ínsula de Excepción en el Concierto de las Naciones –o disparate similar- se vuelva cosa del pasado. Hace falta también, un acompañamiento todavía más amplio de ciudadan@s comprometid@s.
¿Será el año próximo un cerrojo que cancele en definitiva esta Historia Mexicana Suetoniesca de interminable corrupción e impunidad?
Queda tiempo para columbrarlo.
Un único deseo: que en 2015 culminen la esperanza y buen destino a los que tenemos pleno derecho -la obligación- de aspirar.
En lo individual, y colectivamente.