Mala Madre · 20 de septiembre de 2011
Hace unos días, la big sister llevó a la escuela una foto muy especial. En ella aparece de dos años nueve meses bailando con su hermano mayor, entonces de 12 años. Los dos están vestidos de gala. Él con saco, muy elegante, y ella con un lindo vestido amarillo y blanco, con flores en el pelo.
La foto fue pedida como tarea por la maestra de Aprender a aprender, materia ya de por sí interesante. Se trataba de explicar ante el grupo por qué escogieron esa foto y contar a través de ella algo significativo de sí mismos. Mi hija contó que su hermano es un ser muy importante en su vida y que el momento era doblemente especial: estaba bailando en la boda de sus padres.
A la big sister le causó gracia la expresión de la maestra cuando supo que había asistido a mi boda. Y que había sido pajecita junto con su hermana la peque, de nueve meses. Bueno, ya estaban ahí, ni modo de no invitarlas. Sus compañeros también pusieron cara de extrañeza. Parece que mi hija es la única en su grupo cuyos padres hicieron todo al revés de lo que dictan las normas sociales. Uy.
Y sí, efectivamente, mi marido y yo primero nos arrejuntamos, después tuvimos a las hijas, y ya luego nos casamos, porque el chincualudo se empeñó en que festejáramos con los amigos y la familia nuestros primeros seis años de vida juntos. Y claro, yo me dejé llevar, ni modo de decirle que no al vestido de novia.
Sin embargo, esta mala madre y su marido no somos únicos. Tenemos amigos que han pasado por lo mismo. De hecho, en México cada vez más parejas deciden vivir juntos y formar una familia antes de casarse. E incluso sin casarse.
De acuerdo con datos de 2009 del Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI), la unión libre ha pasado en los últimos 40 años de 8.4 por ciento a 10.2 por ciento de la población total que vive en pareja. Más específico, las cifras reportan que entre los jóvenes de 20 a 29 años el 40 por ciento están casados y el 15.2 por ciento viven juntos sin papeles.
En contraparte, los divorcios se han incrementado y el número de matrimonios ha disminuido. En 1971, el 3.2 por ciento de las parejas casadas terminaron en divorcio. En el 2000 la cifra fue de 7.4 por ciento.
En cuanto a los hijos, se estima que el 40 por ciento de los bebés mexicanos nacen fuera del matrimonio. Desgraciadamente esta cifra no especifica cuántos son productos de uniones libres y cuántos de madres solteras. No obstante, éste es un fenómeno mundial que va en aumento y que se potencia en los países en desarrollo.
En España, por ejemplo, uno de cada tres niños nace fuera del matrimonio (el 34.5 por ciento), de acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadística publicados por El País. El doble que hace 10 años.
Expertos explican que este fenómeno se debe a la modernización de las parejas y a la secularización de la sociedad, la tolerancia, la autonomía de las madres y la igualdad jurídica de los hijos si importar cuál sea el estado civil de los padres. “Ser madre soltera ha dejado de considerarse un estigma, si bien los expertos consideran que la opción de la maternidad sin pareja es minoritaria”, indica el reportaje. Las españolas emulando a las suecas y a las británicas, pues.
Daniel Devolder, investigador del Centro de Estudios Demográficos de la Universidad Autónoma de Barcelona, citado por El País, resalta que el aumento de la procreación sin boda de por medio “es un fenómeno generacional que protagonizan los menores de 35 años”, a quienes no les gustan las normas antiguas y cuyos padres aceptan con normalidad que sus hijos convivan sin casarse.
Debo reconocer que mis padres no son tan evolucionados, aunque sí muy respetuosos. Los pobres sufrieron en silencio desde me salí del departamento que compartía con mis hermanos y me fui a vivir con una amiga, cuando ya me mantenía a mí misma. Y peor se pusieron cuando anuncié que viviría con un hombre divorciado, que ya tenía un hijo, y sin casarme. Nunca me reclamaron nada, pero yo sabía. Imagínense cuando nacieron las niñas. La preocupación de mi madre era que en el acta de nacimiento no aparecieran como “hijas naturales”, mientras que para mi padre yo era una madre soltera.
Luego de mi boda respiraron tranquilos. Como si el papel garantizara la estabilidad y la respetabilidad en mi vida. Mi buen nombre, pues. ¿O el suyo? No importa, me dio gusto darles el gusto. Obvio decirles que sólo me casé por lo civil. Y los anfitriones del enlace fueron nuestros tres hijos, como consta en las invitaciones.
Aspiro a que en su momento mis hijas encuentren al amor de su vida y vivan bajo sus propias reglas y convicciones, no bajo las de alguien más, incluidas las mías. Que vivan como se les pegue la gana con la libertad de ser mujeres de bien, sin dañar a terceros. Y que si deciden casarse nos inviten. Y de preferencia, que sigan el ejemplo de sus padres y ellas paguen sus bodas. Digo, ya que andamos rompiendo esquemas…