blogeditor · 27 de septiembre de 2021
A nivel mundial, la industria de la construcción es el sector más propenso a la corrupción. Así lo ha señalado Transparency International desde su informe Global Corruption Report 2005. Tanto empresas dedicadas a este ramo como la población en general suelen coincidir con ese diagnóstico. Pero esto no significa que compartan las mismas preocupaciones. Las empresas constructoras suelen consternarse por las pérdidas que genera en sus ingresos, responsabilizando a la pesada burocracia que alienta los sobornos. Para ellos, la desregulación suele ser la cura contra las tentaciones.
Pero ha sido la ausencia del Estado de Derecho y no la sobreprotección estatal la que ha alentado la corrupción del ramo en los países latinoamericanos. Y los principales costos son las vidas humanas, tal y como evidenció el sismo de 2017 en México. Desde hace tiempo se documenta y denuncia el impacto de la corrupción inmobiliaria en la pérdida de vidas humanas durante terremotos. James Lewis, arquitecto y académico de la University of Bath, ha señalado que muchas de las aproximadamente 156,000 muertes generadas en los últimos quince años en terremotos de todo el mundo se relacionaron a la mala condición o calidad de los edificios. Lejos de proponer una desregulación de los procesos constructivos, ha llamado junto a Transparency International a actualizar la legislación de los países y a garantizar su cumplimiento, así como a realizar controles de obras y a fiscalizar el subministro de materiales.
A cuatro años del sismos del 2017, la memoria ha resignificado los hechos para entenderlos no como un desastre natural sino como una tragedia provocada por la corrupción. No solo hay familias damnificadas aún sin respuesta por parte de las autoridades, sino que la relación del Estado con las empresas constructoras pareciera ser la misma. Nunca hubo una investigación para determinar responsabilidades por negligencias en construcciones. En el último año y medio, el objetivo de “reanudar la economía” ha llevado incluso a mayores facilidades para proyectos de construcción en Ciudad de México.
Todo este escenario desalentador está plasmado –pero no a través de las palabras- en “Undercover”, el nuevo libro de fotografía de Onnis Luque. Después del sismo del 2017, varios edificios dañados fueron cubiertos con mantos negros para prevenir el derrumbe de fragmentos. A través de las imágenes de Luque, se presenta una ciudad en la que pareciera que lo único que cambió fueron esos velos inmobiliarios. Las mantas en los edificios cumplen una doble función: como metáfora de lo opaco que es esta industria capaz de esconder todo tipo mañas a costa de la vida y seguridad; y por otro, como marca de la vergüenza que evidencia la cantidad de edificios que resultaron dañados.
Por supuesto que no puede afirmarse que todos los edificios en el libro tuvieron daños originados por corrupción de las constructoras, pero el largo inventario de Luque nos obliga a preguntarnos cuántas omisiones aún impunes se esconden en ellos. “Unvercover” presenta ese desolador paisaje para la reflexión y la denuncia. Queda como un testimonio de que las deudas siguen vigentes aunque algunos insistan en continuar como si nada hubiese ocurrido. Si bien la burocracia suele ser engorrosa y existe una clara necesidad de facilitar diversos trámites innecesarios, esto no puede ser utilizado como máscara para validar el deseo de una industria de naturaleza opaca que prefiere liberarse de cualquier tipo de control.